Un signo de contradicción
Jueves 24 de julio de 2008

Editorial de Giovanni Maria Vian, en L'Osservatore Romano, al celebrarse los 40 años de la Encíclica Humana Vitae, publicada el 25 de julio de 1968 por el Papa Pablo VI

Hace cuarenta años, el 25 de julio de 1968, Pablo VI firmaba la Humanae Vitae, la encíclica que condenaba la anticoncepción con métodos artificiales, el hedonismo y las políticas de planificación familiar, con frecuencia impuestas a los países pobres por los más ricos.

Apenas publicado, el 29 de julio, el texto generó una oposición sin precedentes al interior de la misma Iglesia Católica, al punto que el Papa decidió no utilizar más la forma solemne de la encíclica, muy probablemente para no exponer a inútiles desgastes la autoridad pontificia: "Raramente un texto de la historia reciente del Magisterio –escribe en 1995 el Cardenal Joseph Ratzinger– se ha convertido tanto en un signo de contradicción como esta encíclica que Pablo VI ha escrito a partir de una decisión profundamente dolorosa". Para explicar el disenso y las relaciones polémicas concurrieron múltiples factores, del clima cultural complejo de esos años a los enormes intereses económicos implicados.

Sin embargo, sobre este tema crucial el Papa Montini no cambió su actitud. Así, pocas semanas antes de su muerte –hablándole al Colegio Cardenalicio el 23 de junio de 1978– recordaba "luego de las confirmaciones venidas de la ciencia más seria", las decisiones tomadas entonces, en coherencia con el Vaticano II, para afirmar el principio del respeto de las leyes de la naturaleza y el de "una paternidad consciente y éticamente responsable". Y en el discurso por la fiesta de los santos Pedro y Pablo, explícitamente presentado como un balance del pontificado, el Papa Montini citó las encíclicas Populorum Progressio y Humanae Vitae como expresiones de la defensa de la vida humana que definieron elementos imprescindibles en el servicio a la verdad de la fe.

Definido de manera burlona como 'la encíclica de la píldora', el documento papal –en continuidad con el magisterio de Pío XI y sobre todo de Pío XII, reclamado a propósito también por la Gaudium et Spes– es coherente con las importantes novedades conciliares sobre el concepto de matrimonio, aunque esto fue sumergido por las polémicas.

Hoy, ante los inquietantes desarrollos de la ingeniería genética, la Humanae Vitae aparece lúcida y previsora cuando declara que "sino se quiere exponer al arbitrio de los hombres la misión de engendrar la vida, se deben reconocer necesariamente unos límites infranqueables a la posibilidad de dominio del hombre sobre su propio cuerpo y sus funciones; límites que a ningún hombre, privado o revestido de autoridad, es lícito quebrantar".

La tormenta levantada contra la encíclica de Pablo VI oscureció sobre todo la enseñanza sobre el matrimonio, descrito no como "efecto del caso o productos de la evolución de inconscientes fuerzas naturales", sino como instituido por Dios. Sacramento para los bautizados, el matrimonio es "ante todo – afirma con fuerza la Humanae Vitae – un amor plenamente humano, es decir, sensible y espiritual al mismo tiempo", como también "forma singular de amistad personal, con la cual los esposos comparten generosamente todo".

La elaboración del texto fue precedida por los trabajos de una comisión pontificia para el estudio de la población, la familia y la natalidad, que, como se sabe, en 1966 concluyó en mayoría y no sin contrastes – y esto es menos sabido – a favor de la licitud de la anticoncepción en el marco de una "paternidad responsable". Sin embargo Pablo VI no se sintió ligado a estas conclusiones, y por su decisión fue criticado y atacado. No se debe olvidar, por cierto, los consensos: en L'Osservatore Romano del 6 de septiembre de 1968 Jean Guitton definió la encíclica como concluida pero no cerrada, en cuando "se habla de la vía estrecha" muestra que "la vía abierta hacia el porvenir", mientras que el Cardenal jesuita Jean Daniélou subrayaba que el documento "nos ha hecho escuchar el carácter sagrado del amor humano", expresando "una revuelta contra la tecnocracia".

Auténtico signo de contradicción, la Humanae Vitae no es recordada con mucho gusto, ciertamente por su enseñanza exigente y contracorriente. Pero también porque no es útil para el juego recurrente que pone a los Papas uno contra otro, método tal vez útil desde el punto de vista historiográfico para delinear obvias diversidades, pero para ser rechazado cuando es usado instrumentalmente, como sucede con frecuencia sobre todo en el panorama mediático.

Apoyaron al Papa el Cardenal Karol Wojtyla –el Arzobispo de Cracovia que había tenido un rol importante en la comisión ampliada y que innovaría con su magisterio pontificio sobre el cuerpo y  sexualidad– y Joseph Ratzinger, otro purpurado ab eo creatus. A mostrar la vital continuidad de la propuesta cristiana también sobre el problema del control de los nacimientos, que ya el 23 de junio de 1964 el Papa definía como "extremadamente grave" porque "toca los sentimientos y los intereses más cercanos a la experiencia del hombre y la mujer".

 

Traducción: ACI Prensa

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