Discurso del Santo Padre a los voluntarios
Domingo 9 de septiembre de 2007

Dignísimo Señor Presidente Federal,
su Excelencia Señor Arzobispo Kothgasser,

queridos y dignísimos trabajadores y trabajadoras voluntario de los diversos organismos de ayuda en Austria,
muy dignos señoras y señores,

y sobretodo, ¡mis queridos amigos los jóvenes!

En este encuentro con vosotros hoy, al final de mi visita a Austria, me he alegrado de modo especial. Es muy hermoso encontrar personas que procuran darle un rostro al Mensaje del Evangelio en nuestra sociedad; ver personas, tanto mayores como más jóvenes, que dejan percibir de modo concreto su amor en la Iglesia y en la sociedad, el amor que como cristianos hemos conocido: ¡es el Amor de Dios, que nos hace reconocer al otro como prójimo, como hermana o hermano!

Me lleno de gratitud y admiración al contemplar el compromiso generoso y voluntario de tantas personas de diversas edades en este país; a todos aquellos que desempeñan una labor de manera honoraria en Austria, quiero tributarles mi respeto de manera especial.

A Usted, señor Presidente Federal y a Usted, querido Señor Arzobispo de Salzburgo como a todos vosotros, los representantes juveniles de los voluntarios en Austria, les agradezco de corazón por las amables palabras introductorias, que me han dirigido aquí.

Gracias a Dios muchas personas consideran un honor comprometerse en el servicio voluntario por amor a los demás a alguna liga, asociación o a responder a necesidades específicas que se refieren al bien común. Este tipo de compromiso es ante todo una ocasión para el crecimiento personal y para participación activa y responsable en la vida de la sociedad. La voluntad de asumir trabajo voluntario puede tener varias motivaciones. Con frecuencia nace simplemente del deseo de hacer algo con sentido y útil, y del deseo de nuevas experiencias. Los jóvenes de manera justa y natural también descubren en el trabajo voluntario una fuente de alegría, de experiencias positivas y de genuina camaradería al llevar adelante junto a otros un proyecto que valga la pena.

Con frecuencia estas ideas e iniciativas personales van unidas al amor práctico por el prójimo; lo individual así se vuelve parte de una más vasta comunidad de apoyo. Deseo expresar mi cordial gratitud  por la notable “cultura de voluntariado” que existe en Austria. Deseo agradecer a toda mujer y a todo hombre, a todos los jóvenes y a todos los niños –el trabajo voluntario llevado adelante por los niños resulta a veces impresionante; pensemos apenas en la actividad de los Sternsinger durante la época de navidad. Quiero expresar también mi gratitud por los esfuerzos, grandes o pequeños, que frecuentemente pasan inadvertidos. ¡Gracias y Vergelt’s Gott! (que Dios se los pague) por vuestra contribución en la construcción de una “civilización del amor” al servicio de todos y por la mejora de una nación. El amor al prójimo no es algo que pueda ser delegado; el Estado y el orden político, propiamente dedicados al alivio de los necesitados y a la provisión de servicios sociales, no puede tomar su lugar.

El amor al prójimo exige siempre un compromiso voluntario personal, y el Estado, por supuesto, debe proveer las condiciones que haga esto posible. Gracias a tal compromiso, la asistencia mantiene una dimensión humana y no se vuelve despersonalizada. Los voluntarios, como vosotros mismos, entonces, no son brechas dentro del tejido social, sino personas que en verdad contribuyen en el dar a la sociedad un rostro humano y cristiano.

Especialmente los jóvenes anhelan que sus habilidades y talentos sean “despertados y descubiertos”. Los voluntarios quieren que se les pida, quieren que les sea dicho: “te necesito”- “Tú puedes hacerlo”. ¡Cuánto bien nos hace escuchar palabras como esas! En su simplicidad humana, nos apuntan inadvertidamente hacia Dios que nos ha llamado a cada uno de nosotros a la existencia y nos ha dado una tarea personal, al Dios que nos necesita y que espera nuestra respuesta.

Jesús llamó a hombres y mujeres, y les dio la valentía necesaria para embarcarse en grandes empresas, una a la que por ellos mismos no se habrían atrevido a aspirar nunca. Permitirse a uno mismo ser llamado, tomar una decisión y luego encaminarse por una senda –sin hacerse la usual pregunta de si es útil o de algún provecho- esta actitud naturalmente dejará tras de si, huellas que hacen bien. Los santos nos han mostrado esa senda con sus vidas. Es un camino fascinante y entusiasmante, un camino de generosidad y hoy en día, un camino sumamente necesario. Decir “Sí” al voluntariado para ayudar a los demás es una decisión liberadora; que abre nuestros corazones a las necesidades de los demás, a las necesidades de la justicia,  a la defensa de la vida y a la protección de la creación. El trabajo voluntario se trata en verdad del corazón de la imagen cristiana de Dios y del hombre: amar a Dios y al prójimo.

Queridos voluntarios, damas y caballeros. El trabajo voluntario refleja gratitud por el amor que hemos recibido y el deseo de compartirlo con los demás.  En las palabras d Duns Scoto, Deus vult condiligentes – Dios quiere personas que amen junto con Él. Vista bajo esta luz, el servicio no remunerado tiene mucho que ver con la gracia de Dios. Una cultura que calcula el costo de todo, que ciñe las relaciones humanas dentro de una faja de derechos y deberes, es capaz de percibir, gracias a las innumerables personas que donan libremente su tiempo y su servicio a los demás, que la vida es un don inmerecido.

Por todas las muchas e inclusive contradictorias razones que motivan a las personas a ofrecer voluntariamente sus servicios, todas se encuentran basadas en última instancia en una profunda solidaridad que nace de la “gratuidad”. Fue como un don gratuito que recibimos la vida de nuestro Creador, fue como un don gratuito que fuimos liberados del sendero ciego del pecado y del mal, fue como un don gratuito que nos fue dado el Espíritu Santo con sus muchos dones. “El amor es libre; no se ejercita como un medio para conseguir otros fines”, “aquellos que están en situación de ayudar a otros percibirán que al hacerlo ellos mismos son ayudados; siendo capaces de ayudar a los demás no es un mérito o logro propio. Esta obligación es una gracia”. Por nuestro compromiso con el trabajo voluntario, comunicamos libremente lo que a su vez hemos recibido. Esta “lógica interna” de gratuidad va más allá de la estricta obligación moral.

Sin el trabajo voluntario, la sociedad y el bien común no podrían, no pueden y no podrán persistir. Una disponibilidad para estar al servicio de los demás es algo que sobrepasa el cálculo de inversión y retorno: hace volar las reglas del mercado económico. El valor de los seres humanos no puede ser juzgado puramente por criterios económicos. Sin voluntarios, entonces, ningún estado podría ser construido. El valor y progreso de una sociedad depende constantemente de las personas que hacen más de lo que es estrictamente su obligación.

¡Damas y caballeros! El trabajo voluntario es una servicio a la dignidad humana, en tanto que el hombre y la mujer han sido creados a imagen y semejanza de Dios. Como dice Ireneo de Lyón: “La gloria de Dios es el hombre viviente, y la vida del hombre es la visión de Dios”. Nicolás de Cusa, en su tratado sobre la visión de Dios desarrolla esta aproximación: “En tanto que el ojo está ahí donde se encuentra el amor, sé que me amas...Tu mirada, oh Señor, es amor...Colocando tu mirada sobre mi, Tú, el Dios escondido me haces capaz de darte un vistazo...tu amor otorga la vida....tu mirada es creadora”. La mirada de Dios – la mirada de Jesús nos llena del amor de Dios. Algunos modos de ver a los demás pueden ser insignificantes o hasta de desprecio. Hay miradas que revelan estima y expresan amor. Los voluntarios se importan con los demás; nos recuerdan la dignidad de todo ser humano y despiertan entusiasmo y esperanza. Los voluntarios son guardianes y abogados de los derechos humanos y de la dignidad humana.

La mirada de Jesús se relaciona con otra manera de ver a los demás. En el Evangelio las palabras: “lo vio y pasó de largo” son dichas del sacerdote y del levita que ven al hombre que yace medio muerto al lado del camino, y sin embargo no lo auxilian (Lc 10,31-2). Hay personas que ven pero hacen como que no ven, que se confrontan con las necesidades humanas y sin embargo permanecen indiferentes. Esto es parte de la frialdad de nuestro tiempo. En la mirada de los demás, y particularmente de la persona que necesita nuestra ayuda, experimentamos las exigencias concretas del amor cristiano. Jesucristo no nos enseña una mística de los “ojos cerrados” sino una de “conciencia”, una que consiste en una obligación absoluta de percibir las necesidades de los demás y de las situaciones que atañen a aquellos que el Evangelio nos muestra como prójimos. La mirada de Jesús, lo que “sus ojos” nos enseñan, nos conduce a la cercanía humana, a la solidaridad, a dar nuestro tiempo, compartir nuestros dones, e incluso nuestros bienes materiales. Por esta razón, “aquellos que trabajan por las organizaciones caritativas de la Iglesia deben distinguirse por el hecho de que no simplemente salen al encuentro de las necesidades del momento, sino que se dedican a si mismos a los demás con sentida preocupación...Este corazón ve donde el amor es necesario y actúa de acuerdo a ello”. Sí, “tengo que volverme alguien que ama, alguien cuyo corazón está abierto a ser movido por las necesidades del otro. Entonces descubro a mi prójimo o –mejor- soy descubierto por él”.

Finalmente, el mandamiento de amor a Dios y al prójimo (Mt 22,37-40; Lc10,27) nos recuerda que es a través de nuestro amor al prójimo que los cristianos honramos al propio Dios. “Lo que hiciste con uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hiciste” (Mt 25,40) Si el mismo Jesús está presente en el hombre y mujer concretos que encontramos, entonces el servicio no remunerado puede llevarnos a una experiencia de Dios. Compartir las situaciones humanas y las necesidades nos conduce a una “nueva” y significativa forma de estar juntos. En este sentido el trabajo voluntario puede ayudar a sacar a las personas de su aislamiento y hacerlos parte de una comunidad.

Para concluir, quisiera mencionar el poder de la oración y su importancia para todos los que están comprometidos en el trabajo caritativo. Rezar a Dios nos libera de ideologías o de un sentido de desesperanza en vistas a necesidades sin fin. “Aun en su incapacidad y limitación para entender el mundo a su alrededor, los cristianos continúan creyendo en la bondad y el amor de Dios’ (Tit 3,4). Sumergidos como todos en la complejidad dramática de los eventos históricos, permanecen inamoviblemente ciertos de que Dios es nuestro Padre y que nos ama, aun cuando su silencia permanezca incomprensible”.

¡Queridos miembros y voluntarios de las organizaciones caritativas de Austria, damas y caballeros!, Cuando las personas hacen más que su simple obligación en la vida profesional o en la familia –e inclusive hacer esto bien supone gran esfuerzo y mucho amor-, y cuando se comprometen a ayudar a otros, poniendo su precioso tiempo al servicio del hombre y su dignidad, se expanden sus corazones. Los voluntarios no entienden la palabra “prójimo” en su sentido literal, para ellos ella incluye a aquellos que están lejanos, que son amados por Dios, y a aquellos que, con nuestra ayuda, necesitan experimentar la obra de la redención llevada a cabo por Cristo. El otro, a quien el evangelio de Cristo llama de “prójimo” se convierte así en compañero privilegiado mientras enfrentamos las presiones y dificultades del mundo en que vivimos. Cualquiera que se tome en serio la “prioridad” de su prójimo vive y actúa de acuerdo al Evangelio y comparte la misión de la Iglesia, que siempre se dirige a la persona integral y quiere que todos experimenten el amor de Dios. La Iglesia apoya totalmente este servicio invalorable que vosotros ofrecéis. Estoy convencido de que los voluntarios de Austria continuarán siendo una fuente de grandes bendiciones y les aseguro mis oraciones. Sobre todos vosotros invoco la alegría del Señor que es nuestra fuerza (Neh 8,10). Que Dios en su bondad esté aún más cercano de vosotros y os guíe continuamente con el auxilio de su gracia.

Opus Oxoniense III d. 32 q.1 n.6.

Benedicto XVI, Deus caritas est, 31c

Ivi, 35.

Adversus haereses IV, 20, 7.

De visione Dei / Die Gottesschau, in: Philosophisch-Theologische Schriften, hg. und eingef. von Leo Gabriel, übersetzt von Dietlind und Wilhelm Dupré, Wien 1967, Bd. III, 105-111.

Benedetto XVI, Deus caritas est, 31a; 31b.

Joseph Ratzinger / Benedicto XVI, Gesù di Nazaret, Milano 2007, pag. 234.

Benedicto XVI, Deus caritas est, 38.


Traducción no oficial de ACI Prensa

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