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San José
La huída a Egipto (II) No dejemos de acompañar piadosamente a la Sagrada Familia durante tan largo y penoso viaje. Consideremos cuántas noches pasaron insomnes María y José, y a menudo sin abrigo. ¡Cuántas veces, atravesando un desierto árido fueron probados por el hambre y la sed, y se encontraron expuestos a los ataques de ladrones y fieras! ¡Cuántos sudores derramados en las marchas prolongadas! Compadezcamos los sufrimientos del tierno Niño, tan tempranamente expulsado de su patria, y no teniendo más cuna para descansar en la soledad que los brazos de la Virgen, o cuando, éstos caían, los de san José. Pedro de Natabilus relata que la Sagrada Familia fue asaltada por un bandido, pero a la vista de los rasgos celestes del Niño y de la Santísima Virgen, su crueldad se cambió en ternura, su ferocidad en compasión, y que en lugar de despojarlos, los condujo a su gruta, donde les dio los subsidios necesarios para proseguir su ruta. Ahí María lavó los pañales de su Hijo, y la mujer del bandido se sirvió del agua, así santificada, para hacer lociones a su propio hijo enfermo de lepra, quien se vio curado de inmediato. Llegado a la edad adulta, vivió como su padre del robo, hasta que prendido por los romanos fue crucificado al costado derecho de Cristo, bajo el nombre de Dimas, o buen ladrón. Otro hecho maravilloso es relatado como producido en el momento en que la Sagrada Familia llegaba a Heliópolis. A la entrada de la ciudad había un gran árbol, llamado Perseo, que por instigación del demonio estaba reservado como morada a una divinidad. Ahora bien, cuando la Santísima Virgen, con su Hijo en los brazos se aproximó al árbol, de donde huyó el demonio, inclinó sus ramas hasta la tierra en signo de homenaje a su Creador. Pero un acontecimiento de un alcance más general señaló la entrada del verdadero Dios hecho hombre en la tierra de los Faraones. Isaías había predicho “que el Señor iría a Egipto y que los ídolos serían arrancados delante de él”. Numerosos autores, tanto los sangrados comos los historiadores profanos, afirman que ese prodigio tuvo lugar con la llegada de la Sagrada Familia, como signo de la ruina de la idolatría, que debía conducir la predicación del Evangelio. San Atanasio dice a este propósito ¿Quién entre los justos o los reyes ha derribado los ídolos de Egipto? Abrahán vino, pero la idolatría subsistió. Moisés nació, sin embargo los Egipcios perseveraron en sus supersticiones. Fue necesario que Dios descendiese corporalmente para destruir en Egipto el culto a los ídolos. Se cuenta a este propósito que la Virgen, el Niño Jesús y san José, atravesando la ciudad de Hermópolis, penetraron en su famoso templo, que desde Abulema, contenía tantos ídolos que en ciertos días del año se derrumbaban cuando uno se acercaba a ellos. La presencia del verbo hecho carne bastó para arrojar los demonios a tierra y ponerlos en fuga. Paladio hace, igualmente, mención de este templo, quien lo visitó personalmente con sus compañeros, por causa de este hecho maravilloso, cuyo recuerdo había guardado una tradición constante. La permanencia de la Sagrada Familia en Egipto, relata el Evangelista, duró hasta la muerte de herodes, pero no dice en que ciudad vivió ni a qué ocupaciones se dedicó, ni cuánto tiempo permaneció en el exilio. Algunos autores piensan que José fijó su morada en una aldea que se encuentra a cuatro leguas de Heliópolis y a tres leguas del Cairo. El hombre de Dios considerando que Cristo no había querido nacer en la gran ciudad de Jerusalén, sino en la modesta villa de Belén, pensó, sin duda, que el Rey de los humildes preferiría fijar su domicilio en un centro de población de importancia secundaria, más que en el Cairo tumultuoso o en la opulenta Heliópolis, la “ciudad del sol”. ¿Los ejemplos de supereminente santidad y de perfección que esos idólatras tuvieron bajos sus ojos, durante muchos años en las persona de los tres augustos proscritos no les inspirarían admiración y respeto o tocaría los corazones de algunos para conducirlos a la fe? Oración Oh vigilantísimo guardián del Hijo de Dios hecho hombre, mi tierno padre san José, ¡cuánto no habrás sufrido viendo las penas del Hijo del Altísimo y cuántas fatigas no te impusiste para proveerle la subsistencia, sobre todo durante tu huída a Egipto! ¡Pero, contrariamente, qué dicha para ti tener siempre a tu lado al Hijo de Dios y ver derrumbarse a su legada los ídolos de Egipto! Por este dolor y esta dicha obtén para nosotros la gracia de tener siempre a distancia al tirano infernal, y sobre todo, por una pronta huída de las ocasiones peligrosas, ver hacer de nuestros corazones a todos los ídolos de los afectos terrestres. Enteramente consagrados al amor y al servicio de Jesús y de María, tratemos de no vivir sino para ellos y ofrecerles con alegría nuestro último suspiro. Ave María
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