El poemario El alma herida de la escritora y académica salvadoreña Carmen González Huguet ganó el 37° Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística, otorgado este mes de diciembre en Roma, en la Embajada de España ante la Santa Sede.

Carmen González es poeta, profesora y miembro de la Academia Salvadoreña de la Lengua. Ha publicado numerosos poemarios, además de cuentos y novelas, por los que ha sido premiada con otros galardones.

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El Embajador de El Salvador ante la Santa Sede, Manuel Roberto López, recogió el premio en su nombre.

En el fallo del jurado se destacó que "en los noventa sonetos que componen este libro, la autora introduce, sin concesiones a ningún facilismo retórico, versos auténticos, vibrantes, libres de ambages".

Se destaca que "el universo poético se nutre del material extraído de la propia vida: las búsquedas personales, las luchas interiores, la tensión hacia el horizonte que marca la esperanza, todo ello sazonado también de gratitud y de una actitud suplicante que nace de un verdadero fervor".

"Los poemas respiran paz y mística alegría, al mismo tiempo que crece la fe y la esperanza en la herida purgante de los momentos de ausencia tan traída y llevada en nuestra mejor literatura".

El jurado también otorgó una mención de honor al poemario Palabra del español Lucrecio Serrano Pedroche.

A continuación, algunos de los versos de Carmen González:

Qué soledad de ti si estás dormido.
Qué silencio en la noche pavoroso.
Yo me asomo al abismo misterioso
donde no hay luz, ni nombre, ni sonido.
Y no te encuentro, Dios. Pero en mi oído
me nombras y me llamas, silencioso,
y en todas tus criaturas, melodioso,
oigo tu canto del amor nacido.
Levántame del fondo del fracaso.
Anda conmigo en medio de la gente
hasta la triste hora del ocaso.
Llévame, río, de tu oscura fuente
a descansar contigo, paso a paso,
dulce, profunda, apasionadamente.
Espérame a la orilla de la tarde,
divino Amor, en esta cita ciega.
La lluvia envuelta en niebla fina llega
y se oculta en la ausencia el sol cobarde.
No me pidas, Amigo, que te aguarde
bajo este cielo que mi cuerpo anega.
¿Diluye acaso el fuego de la entrega
aquel que al centro del incendio arde?
Te espero aquí, Señor, siempre te espero.
Mas cuanto tardas. La emoción cautiva
mi pobre corazón de amor herido.
Los años pasan. De esperar me muero.
Llévame ya, Señor, contigo arriba,
y acógeme en tu cielo prometido.
 

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