Nican Mopohua
Éste
es el documento histórico en el que se relata
las Apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe
al Beato Juan Diego, indígena azteca, ocurridas
del 9 al 12 de diciembre de 1531.
Es un
escrito originalmente en lengua náhuatl "lingua
franca" en Mesoamérica, y todavía
en uso en varias regiones de México. A pesar
de que muchos documentos indígenas comienzan
con el Nican Mopohua, estas dos palabras iniciales
han permanecido por antonomasia para identificar
este relato. El título completo es: "Aquí
se cuenta se ordena como hace poco milagrosamente
se apareció la Perfecta Virgen Santa María,
Madre de Dios, nuestra Reina; allá en el
Tepeyac, de renombre Guadalupe".
Este relato
es la principal fuente de lo que sabemos sobre el
Mensaje de la Santísima Virgen al Beato Juan
Diego, a México y al Mundo. La copia más
antigua se halla en la Biblioteca Pública
de Nueva York Rare Books and Manuscripts Department.
The New York Public Library, Astor, Lenox and Tilden
Foundation.
El autor
del documento fue Don Antonio Valeriano (1520-1605),
sabio indígena y aventajado discípulo
de Fr. Bernardino de Sahún. Valeriano recibió
la historia por el mismo Juan Diego, quien murió
en 1548.
En cuanto
al argumento del documento: es la narración
de la evangelización de una cultura donde
la ayuda de Dios y de la Virgen fue evidente. Por
medio de un estilo correcto, digno y sólido
uno se da cuenta que esta evangelización
llegó hasta la más profunda raíz
de la cultura pre-hispánica, llevándose
a realizar la de dos pueblos irreconciliables.
En la
plenitud de los tiempos para América aparece
María Santísima portadora de Cristo.
Hay una identificación de lo esencial de
la Biblia: -Cristo, centro de la Historia- (Juan
3,14-16) con lo esencial del Nican Mopohua (vv.26-27)
y con lo esencial del mensaje glífico de
la Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe:
el Niño Sol que lleva en su vientre Santísimo.
Finalmente,
entre los protagonistas del relato están:
·
La Santísima Virgen que pide un templo para
manifestar a su Hijo.
· El Beato Juan Diego, vidente y confidente
de la Sma. Virgen.
· El Obispo Fr. Juan de Zumárraga
a cuya Autoridad se confía el asunto.
· El Tío del Beato Juan Diego, sanado
milagrosamente.
· Los criados del Obispo que siguen al Beato
Juan Diego.
· La ciudad entera que reconoce lo sobrenatural
de la imagen y entrega su corazón a Nuestra
Señora de Guadalupe.
Nican
Mopohua (Texto en Español)
Aquí
se narra se ordena, cómo hace poco, milagrosamente
se apareció la perfecta virgen santa maría
madre de dios, nuestra reina, allá en el
Tepeyac, de renombre Guadalupe.
Primero
se hizo ver de un indito, su nombre JuanDiego; y
después se apareció su Preciosa Imagen
delante del reciente obispo don fray Juan de Zumárraga.
(...)
Diez años
después de conquistada la ciudad de México,
cuando ya estaban depuestas las flechas, los escudos,
cuando por todas partes había paz en los
pueblos, así como brotó, ya verdece,
ya abre su corola la fe, el conocimiento de Aquél
por quien se vive: el verdadero Dios.
En aquella
sazón, el año 1531, a los pocos días
del mes de diciembre, sucedió que había
un indito, un pobre hombre del pueblo.
Su nombre era Juan Diego, según se dice,
vecino de Cuauhtitlan, y en las cosas de Dios, n
todo pertenecía a Tlatilolco.
Era sábado,
muy de madrugada, venía en pos de Dios y
de sus mandatos.
Y al llegar cerca del cerrito llamado Tepeyac ya
amanecía.
Oyó
cantar sobre el cerrito, como el canto de muchos
pájaros finos; al cesar sus voces, como que
les respondía el cerro, sobremanera suaves,
deleitosos, sus cantos sobrepujaban al del coyoltototl
y del tzinitzcan y al de otros pájaros finos.
Se detuvo
a ver Juan Diego. Se dijo: ¿Por ventura soy
digno, soy merecedor de lo que oigo? ¿Quizá
nomás lo estoy soñando? ¿Quizá
solamente lo veo como entre sueños?
¿Dónde
estoy? ¿Dónde me veo? ¿Acaso
allá donde dejaron dicho los antiguos nuestros
antepasados, nuestros abuelos: en la tierra de las
flores, en la tierra del maíz, de nuestra
carne, de nuestro sustento; acaso en la tierra celestial?
Hacia
allá estaba viendo, arriba del cerrillo,
del lado de donde sale el sol, de donde procedía
el precioso canto celestial.
Y cuando
cesó de pronto el canto, cuando dejó
de oírse, entonces oyó que lo llamaban,
de arriba del cerrillo, le decían: "JUANITO,
JUAN DIEGUITO".
Luego se atrevió a ir a donde lo llamaban;
ninguna turbación pasaba en su corazón
ni ninguna cosa lo alteraba, antes bien se sentía
alegre y contento por todo extremo; fue a subir
al cerrillo para ir a ver de dónde lo llamaban.
Y cuando llegó a la cumbre del cerrillo,
cuando lo vio una Doncella que allí estaba
de pie, lo llamó para que fuera cerca de
Ella.
Y cuando
llegó frente a Ella mucho admiró en
qué manera sobre toda ponderación
aventajaba su perfecta grandeza: su
vestido relucía como el sol, como que reverberaba,
y la piedra, el risco en el que estaba de pie, como
que lanzaba rayos; el resplandor de Ella como preciosas
piedra, como ajorca (todo lo más bello) parecía
la tierra como que relumbraba con los resplandores
del arco iris en la niebla.
Y los
mezquites y nopales y las demás hierbecillas
que allí se suelen dar, parecían como
esmeraldas. Como turquesa aparecía su follaje.
Y su tronco, sus espinas, sus aguates, relucían
como el oro.
En su
presencia se postró. Escuchó su aliento,
su palabra, que era extremadamente glorificadora,
sumamente afable, como de quien lo atría
y estimaba mucho.
Le dijo:-
"ESCUCHA, HIJO MÍO EL MENOR, JUANITO.
¿A DÓNDE TE DIRIGES?"
Y él
le contestó:_ "Mi Señora, Reina,
Muchachita mía, allá llegaré,
a tu casita de México Tlatilolco, a seguir
las cosas de Dios que nos dan que nos enseñan
quienes son las imágenes de Nuestro Señor:
nuestros sacerdotes"
En seguida, con esto dialoga con él, le descubre
su preciosa voluntad;
le dice:
"SÁBELO,
TEN POR CIERTO, HIJO MÍO EL MÁS PEQUEÑO,
QUE YO SOY LA PERFECTA SIEMPRE VIRGEN SANTA MARÍA,
MADRE DEL VERDADERÍSIMO DIOS POR QUIEN SE
VIVE, EL CREADOR DE LAS PERSONAS, EL DUEÑO
DE LA CERCANÍA Y DE LA INMEDIACIÓN,
EL DUEÑO DEL CIELO, EL DUEÑO DE LA
TIERRA, MUCHO DESEO QUE AQUÍ ME LEVANTEN
MI CASITA SAGRADA.
EN DONDE LO MOSTRARÉ, LO ENSALZARÉ
AL PONERLO DE MANIFIESTO:
LO DARÉ A LAS GENTES EN TODO MI AMOR PERSONAL,
EN MI MIRADA COMPASIVA, EN MI AUXILIO, EN MI SALVACIÓN:
PORQUE YO EN VERDAD SOY VUESTRA MADRE COMPASIVA,
TUYA Y DE TODOS LOS HOMBRES QUE EN ESTA TIERRA ESTÁIS
EN UNO,
Y DE LAS DEMÁS VARIADAS ESTIRPES DE HOMBRES,
MIS AMADORES, LOS QUE A MÍ CLAMEN, LOS QUE
ME BUSQUEN, LOS QUE CONFÍEN EN MÍ,
PORQUE ALLÍ LES ESCUCHARÉ SU LLANTO,
SU TRISTEZA, PARA REMEDIAR PARA CURAR TODAS SUS
DIFERENTES PENAS, SUS MISERIAS, SUS DOLORES.
Y PARA REALIZAR LO QUE PRETENDE MI COMPASIVA MIRADA
MISERICORDIOSA, ANDA AL PALACIO DEL OBISPO DE MEXICO,
Y LE DIRÁS QUE CÓMO YO TE ENVÍO,
PARA QUE LE DESCUBRAS CÓMO MUCHO DESEO QUE
AQUÍ ME PROVÉA DE UNA CASA, ME ERIJA
EN EL LLANO MI TEMPLO; TODO LE CONTARÁS,
CUANTO HAS VISTO Y ADMIRADO, Y LO QUE HAS OÍDO.
Y TEN POR SEGURO QUE MUCHO LO AGRADECERÉ
Y LO PAGARÉ,
QUE POR ELLO TE ENRIQUECERÉ, TE GLORIFICARÉ;
Y MUCHO DE ALLÍ MERECERÁS CON QUE
YO RETRIBUYA TU CANSANCIO, TU SERVICIO CON QUE VAS
A SOLICITAR EL ASUNTO AL QUE TE ENVÍO.
YA HAS OÍDO, HIJO MÍO EL MENOR, MI
ALIENTO MI PALABRA; ANDA, HAZ LO QUE ESTÉ
DE TU PARTE".
E inmediatamente
en su presencia se postró; le dijo:_ "Señora
mía, Niña, ya voy a realizar tu venerable
aliento, tu venerable palabra; por ahora de Ti me
aparto, yo, tu pobre indito".
Luego
vino a bajar para poner en obra su encomienda: vino
a encontrar la calzada, viene derecho a México.
Cuando
vino a llegar al interior de la ciudad, luego fue
derecho al palacio del obispo, que muy recientemente
había llegado, gobernante sacerdote; su nombre
era D. Fray Juan de Zumárraga, sacerdote
de San Francisco.
Y en cuanto llegó luego hace el intento de
verlo, les ruega a sus servidores, a sus ayudantes,
que vayan a decírselo; después de
pasado largo rato vinieron a llamarlo, cuando mandó
el señor obispo que entrara.
Y en cuanto
entró, luego ante él se arrodilló,
se postró, luego ya le descubre, le cuenta
el precioso aliento, la preciosa palabra de la Reina
del Cielo, su mensaje, y también le dice
todo lo que admiró lo que vio, lo que oyó.
Y habiendo escuchado toda su narración, su
mensaje, como que no mucho lo tuvo por cierto, le
respondió, le dijo: "Hijo mío,
otra vez vendrás, aun con calma te oiré,
bien aun desde el principio miraré, consideraré
la razón por la que has venido, tu voluntad,
tu deseo".
Salió;
venía triste porque no se realizó
de inmediato su encargo.
Luego se volvió, al terminar el día
, luego de allá se vino derecho a la cumbre
del cerrillo, y tuvo la dicha de encontrar a la
Reina del Cielo: allí cabalmente donde la
primera vez se le apareció, lo estaba esperando.
Y en cuanto
la vio, ante Ella se postró, se arrojó
por tierra, le dijo:
"Patroncita, Señora, Reina, Hija mía
la más pequeña, mi Muchachita, ya
fui a donde me mandaste a cumplir tu amable aliento,
tu amable palabra; aunque difícilmente entré
a donde es el lugar del gobernante sacerdote, lo
vi, ante él expuse tu aliento, tu palabra,
como me lo mandaste.
Me recibió
amablemente y lo escuchó perfectamente, pero,
por lo que me respondió, como que no lo entendió,
no lo tiene por cierto.
Me dijo:
"Otra vez vendrás; aun con calma te
escucharé, bien aun desde el principio veré
por lo que has venido, tu deseo, tu voluntad".
Bien en
ello miré, según me respondió,
que piensa que tu casa que quieres que te hagan
aquí, tal vez yo nada más lo invento,
o que tal vez no es de tus labios; mucho
te suplico, Señora mía; Reina, Muchachita
mía, que a alguno de los nobles, estimados,
que sea conocido, respetado, honrado, le encargues
que conduzca, que lleve tu amable aliento, tu amable
palabra para que le crean.
Porque
en verdad yo soy un hombre del campo, soy mecapal,
soy parihuela, soy cola, soy ala; yo mismo necesito
ser conducido, llevado a cuestas, no es lugar de
mi andar ni de mí detenerme allá a
donde me envías, Virgencita mía, Hija
mía menor, Señora, Niña; por
favor dispénsame: afligiré con pena
tu rostro, tu corazón; iré a caer
en tu enojo, en tu disgusto, Señora Dueña
mía".
Le respondió la perfecta Virgen, digna de
honra y veneración:
"ESCUCHA,
EL MÁS PEQUEÑO DE MIS HIJOS, TEN POR
CIERTO QUE NO SON ESCASOS MIS SERVIDORES, MIS MENSAJEROS,
A QUIENES ENCARGUÉ QUE LLEVEN MI ALIENTO
MI PALABRA, PARA QUE EFECTÚEN MI VOLUNTAD;
PERO ES MUY NECESARIO QUE TÚ, PERSONALMENTE,
VAYAS, RUEGUES, QUE POR TU INTERCESIÓN SE
REALICE, SE LLEVE A EFECTO MI QUERER, MI VOLUNTAD.
Y, MUCHO TE RUEGO, HIJO MÍO EL MENOR, Y CON
RIGOR TE MANDO, QUE OTRA VEZ VAYAS MAÑANA
A VER AL OBISPO.
Y DE MI PARTE HAZLE SABER, HAZLE OÍR MI QUERER,
MI VOLUNTAD, PARA QUE REALICE, HAGA MI TEMPLO QUE
LE PIDO.
Y BIEN, DE NUEVO DILE DE QUÉ MODO YO, PERSONALMENTE,
LA SIEMPRE VIRGEN SANTA MARÍA, YO, QUE SOY
LA MADRE DE DIOS, TE MANDO".
Juan Diego,
por su parte, le respondió, le dijo:_ "Señora
mía, Reina, Muchachita mía, que no
angustie yo con pena tu rostro, tu corazón;
con todo gusto iré a poner por obra tu aliento,
tu palabra; de ninguna manera lo dejaré de
hacer, ni estimo por molesto el camino.
Iré
a poner en obra tu voluntad, pero tal vez no seré
oído, y si fuere oído quizás
no seré creído.
Mañana
en la tarde, cuando se meta el sol, vendré
a devolver a tu palabra, a tu aliento, lo que me
responda el gobernante sacerdote.
Ya me
despido de Tí respetuosamente, Hija mía
la más pequeña, Jovencita, Señora,
Niña mía, descansa otro poquito.
Y luego se fue él a su casa a descansar..
Al día
siguiente, domingo, bien todavía en la nochecilla,
todo aún estaba oscuro, de allá salió,
de su casa, se vino derecho a Tlatilolco, vino a
saber lo que pertenece a Dios y a ser contado en
lista; luego para ver al señor obispo.
Y a eso de las diez fue cuando ya estuvo preparado:
se había oído misa y se había
nombrado lista y se había dispersado la multitud.
Y Juan Diego luego fue al palacio del señor
obispo.
Y en cuanto
llegó hizo toda la lucha por verlo, y con
mucho trabajo otra vez lo vió; a sus pies
se hincó, lloró, se puso triste al
hablarle, al descubrirle la palabra, el aliento
de la Reina del Cielo, que ojalá fuera creída
la embajada, la voluntad de la Perfecta Virgen,
de hacerle, de erigirle su casita sagrada, en donde
había dicho, en donde la quería.
Y el gobernante
obispo muchísimas cosas le preguntó,
le investigó, para poder cerciorarse, dónde
la había visto, cómo era Ella; todo
absolutamente se lo contó al señor
obispo.
Y aunque
todo absolutamente se lo declaró, y en cada
cosa vió, admiró que aparecía
con toda claridad que Ella era la Perfecta Virgen,
la Amable, Maravillosa Madre de Nuestro Salvador
Nuestro Señor Jesucristo,
sin embargo, no luego se realizó.
Dijo que
no sólo por su palabra, su petición
se haría, se realizaría lo que él
pedía, que era muy necesaria alguna otra
señal para poder ser creído cómo
a él lo enviaba la Reina del Cielo en persona.
Tan pronto
como lo oyó Juan Diego, le dijo al obispo:
"Señor gobernante, considera cuál
será la señal que pides, porque luego
iré a pedírsela a la Reina del Cielo
que me envió".
Y habiendo
visto el obispo que ratificaba, que en nada vacilaba
ni dudaba, luego lo despacha.
Y en cuanto
se viene, luego le manda a algunos de los de su
casa en los que tenía absoluta confianza,
que lo vinieran siguiendo, que bien lo observaran
a dónde iba, a aquién veía,
con quién hablaba.
Y así
se hizo. Y Juan Diego luego se vino derecho. Siguió
la calzada.
Y los que lo seguían, donde sale la barranca
cerca del Tepeyac, en el puente de madera lo vinieron
a perder. Y aunque por todas partes buscaron, ya
por ninguna lo vieron.
Y así
se volvieron. No sólo porque con ello se
fastidiaron grandemente, sino también porque
les impidió su intento, los hizo enojar.
Así le fueron a contar al señor obispo,
le metieron en la cabeza que no le creyera, le dijeron
cómo nomás le contaba mentiras, que
nada más inventaba lo que venía a
decirle, o que sólo soñaba o imaginaba
lo que le decía, lo que le pedía.
Y bien
así lo determinaron que si otra vez venía,
regresaba, allí lo agarrarían, y fuertemente
lo castigarían, para que ya no volviera a
decir mentiras ni a alborotar a la gente.
Entre
tanto, Juan Diego estaba con la Santísima
Virgen, diciéndole la respuesta que traía
del señor obispo; la que, oída por
la Señora, le dijo:
"BIEN
ESTÁ, HIJITO MÍO, VOLVERÁS
AQUÌ MAÑANA PARA QUE LLEVES AL OBISPO
LA SEÑAL QUE TE HA PEDIDO;
CON ESO TE CREERÁ Y ACERCA DE ESTO YA NO
DUDARÁ NI DE TI SOSPECHARÁ;
Y SÁBETE, HIJITO MÍO, QUE YO TE PAGARÉ
TU CUIDADO Y EL TRABAJO Y CANSANCIO QUE POR MI HAS
EMPRENDIDO;
EA, VETE AHORA; QUE MAÑANA AQUÍ TE
AGUARDO".
Y al día
siguiente, lunes, cuando debía llevar Juan
Diego alguna señal para ser creído,
ya no volvió.
Porque cuando fué a llegar a su casa, a un
su tío, de nombre Juan Bernardino, se le
había asentado la enfermedad, estaba muy
grave.
Aun fué a llamarle al médico, aún
hizo por él, pero ya no era tiempo, ya estaba
muy grave.
Y cuando anocheció, le rogó su tío
que cuando aún fuere de madrugada, cuando
aún estuviere oscuro, saliera hacia acá,
viniera a llamar a Tlatilolco algún sacerdote
para que fuera a confesarlo, para que fuera a prepararlo,
porque estaba seguro de que ya era el tiempo, ya
el lugar de morir, porque ya no se levantaría,
ya no se curaría.
Y el martes, siendo todavía mucho muy de
noche, de allá vino a salir, de su casa,
Juan Diego, a llamar el sacerdote a Tlatilolco,
y cuando ya acertó a llegar al lado del cerrito
terminación de la sierra, al pie, donde sale
el camino, de la parte en que el sol se mete, en
donde antes él saliera, dijo:
"Si me voy derecho por el camino, no vaya a
ser que me vea esta Señora y seguro, como
antes, me detendrá para que le lleve la señal
al gobernante eclesiástico como me lo mandó;
que primero nos deje nuestra tribulación;
que antes yo llame de prisa al sacerdote religioso,
mi tío no hace más que aguardarlo".
En seguida le dio la vuelta al cerro, subió
por enmedio y de ahí atravesando, hacia la
parte oriental fue a salir, para rápido ir
a llegar a México, para que no lo detuviera
la Reina del Cielo.
Piensa que por donde dio la vuelta no lo podrá
ver la que perfectamente a todas partes está
mirando.
La vio cómo vino a bajar de sobre el cerro,
y que de allí lo había estado mirando,
de donde antes lo veía.
Le vino a salir al encuentro a un lado del cerro,
le vino a atajar los paso; le dijo:
"¿QUÉ
PASA, EL MÁS PEQUEÑO DE MIS HIJOS?
¿A DÓNDE VAS, A DÓNDE TE DIRIGES?":
Y él,
¿tal vez un poco se apenó, o quizá
se avergonzó? ¿o tal vez de ello se
espantó, se puso temeroso?
En su presencia se postró, la saludó,
le dijo:
"Mi Jovencita, Hija mía la más
pequeña, Niña mía, ojalá
que estés contenta; ¿cómo amaneciste?
¿Acaso sientes bien tu amado cuerpecito,
Señora mía, Niña mía?
Con pena angustiaré tu rostro, tu corazón:
te hago saber, Muchachita mía, que está
muy grave un servidor tuyo, tío mío.
Una gran enfermedad se le ha asentado, seguro que
pronto va a morir de ella.
Y ahora iré de prisa a tu casita de México,
a llamar a alguno de los amados de Nuestro Señor,
de nuestros sacerdotes, para que vaya a confesarlo
y a prepararlo,
porque en realidad para ello nacimos, los que vinimos
a esperar el trabajo de nuestra muerte.
Más, si voy a llevarlo a efecto, luego aquí
otra vez volveré para ir a llevar tu aliento,
tu palabra, Señora, Jovencita mía.
Te ruego me perdones, ténme todavía
un poco de paciencia, porque con ello no te engaño,
Hija mía la menor, Niña mía,
mañana sin falta vendré a toda prisa".
En cuanto oyó las razones de Juan Diego,
le respondió la Piadosa Perfecta Virgen:
"ESCUCHA,
PÓNLO EN TU CORAZÓN, HIJO MÍO
EL MENOR, QUE NO ES NADA LO QUE TE ESPANTÓ,
LO QUE TE AFLIGIÓ, QUE NO SE PERTURBE TU
ROSTRO, TU CORAZÓN; NO TEMAS ESTA ENFERMEDAD
NI NINGUNA OTRA ENFERMEDAD, NI COSA PUNZANTE, AFLICTIVA.
¿NO ESTOY AQUI, YO, QUE SOY TU MADRE? ¿NO
ESTÁS BAJO MI SOMBRA Y RESGUARDO? ¿NO
SOY, YO LA FUENTE DE TU ALEGRÍA? ¿NO
ESTÁS EN EL HUECO DE MI MANTO, EN EL CRUCE
DE MIS BRAZOS? ¿TIENES NECESIDAD DE ALGUNA
OTRA COSA?.
QUE NINGUNA OTRA COSA TE AFLIJA, TE PERTURBE; QUE
NOTE APRIETE CON PENA LA ENFERMEDAD DE TU TÍO,
PORQUE DE ELLA NO MORIRÁ POR AHORA. TEN POR
CIERTO QUE YA ESTÁ BUENO"
(Y luego
en aquel mismo momento sanó su tío,
como después se supo):
Y Juan Diego, cuando oyó la amable palabra,
el amable aliento de la Reina del Cielo, muchísimo
con ello se consoló, bien con ello se apaciguó
su corazón,
y le suplicó que inmediatamente lo mandara
a ver al gobernador obispo, a llevarle algo de señal,
de comprobación, para que creyera
la Reina Celestial luego le mandó que subiera
a la cumbra del cerrillo, en donde antes la veía;
Le dijo:
"SUBE, HIJO MÍO EL MENOR, A LA CUMBRE
DEL CERRILLO, A DONDE ME VISTE Y TE DI ÓRDENES
ALLÍ VERÁS QUE HAY VARIADAS FLORES:
CÓRTALAS, REÚNELAS, PONLAS TODAS JUNTAS;
LUEGO, BAJA AQUÍ; TRÁELAS AQUÍ,
A MI PRESENCIA.
Y Juan
Diego luego subió al cerrillo,
y cuando llegó a la cumbre, mucho admiró
cuantas había florecidas, abiertas sus corolas,
flores las más variadas, bellas y hermosas,
cuando todavía no era su tiempo:
porque de veras que en aquella sazón arreciaba
el hielo;
estaban difundiendo un olor suavísimo; como
perlas preciosas, como llenas de rocío nocturno.
Luego comenzó a cortarlas,, todas las juntó,
las puso en el hueco de su tilma.
Por cierto que en la cumbre del cerrito no era lugar
en que se dieran ningunas flores, sólo abundan
los riscos, abrojos, espinas; nopales, mezquites,
y si acaso algunas hierbecillas se solían
dar, entonces era el mes de diciembre, en que todo
lo come, lo destruye el hielo.
Y en seguida vino a bajar, vino a traerla a la Niña
Celestial las diferentes flores que había
ido a cortar,
y cuando las vio, con sus venerables manos las tomó;
luego otra vez se las vino a poner todas juntas
en el hueco de su ayate, le dijo:
"MI
HIJITO MENOR, ESTAS DIVERSAS FLORES SON LA PRUEBA,
LA SEÑAL QUE LLEVARÁS AL OBISPO;
DE MI PARTE LE DIRÁS QUE VEA EN ELLAS MI
DESEO, Y QUE POR ELLO REALICE MI QUERER, MI VOLUNTAD.
Y TÚ..., TÚ QUE ERES MI MENSAJERO....,
EN TI ABSOLUTAMENTE SE DEPOSITA LA CONFIANZA;
Y MUCHO TE MANDO, CON RIGOR QUE NADA MÁS
A SOLAS EN LA PRESENCIA DEL OBISPO EXTIENDAS TU
AYATE, Y LE ENSEÑES LO QUE LLEVAS.
Y LE CONTARÁS TODO PUNTUALMENTE LE DIRÁS
QUE TE MANDÉ QUE SUBIERAS A LA CUMBRE DEL
CERRITO A CORTAR FLORES, Y CADA COSA QUE VISTE Y
ADMIRASTE,
PARA QUE PUEDAS CONVENCER AL GOBERNANTE SACERDOTE,
PARA QUE LUEGO PONGA LO QUE ESTÁ DE SU PARTE
PARA QUE SE HAGA, SE LEVANTE MI TEMPLO QUE LE HE
PEDIDO".
Y en cuanto
le dio su mandato la Celestial Reina, vino a tomar
la calzada, viene derecho a México, ya viene
contento.
Ya así viene sosegado su corazón,
porque vendrá a salir bien, lo llevará
perfectamente.
Mucho viene cuidando lo que está en el hueco
de su vestidura, no vaya a ser que algo tire;
viene disfrutando del aroma de las diversas preciosas
flores.
Cuando vino a llegar al palacio del obispo, lo fueron
a encontrar el portero y los demás servidores
del sacerdote gobernante,
y les suplicó que le dijeran cómo
deseaba verlo, pero ninguno quiso, fingían
que no le entendían, o tal vez porque aún
estaba muy oscuro,
o tal vez porque ya lo conocían que nomás
los molestaba, los importunaba,
y ya les habían contado sus compañeros,
los que lo fueron a perder de vista cuando lo fueron
siguiendo
Durante muchísimo rato estuvo esperando la
razón.
Y cuando vieron que por muchísimo rato estuvo
allí, de pie, cabizbajo, sin hacer nada,
por si era llamado, y como que algo traía,
lo llevaba en el hueco de su tilma; luego pues,
se le acercaron para ver qué traía
y desengañarse.
Y cuando vio Juan Diego que de ningún modo
podía ocultarles lo que llevaba y que por
eso lo molestarían, lo empujarían
o tal vez lo aporrearían, un poquito les
vino a mostrar que eran flores.
Y cuando vieron que todas eran finas, variadas flores
y que no era tiempo entonces de que se dieran, las
admiraron muy mucho, lo frescas que estaban, lo
abiertas que tenían sus corolas, lo bien
que olían, lo bien que parecían
Y quisieron coger y sacar unas cuantas;
tres veces sucedió que se atrevieron a cogerlas,
pero de ningún modo pudieron hacerlo,
porque cuando hacían el intento ya no podían
ver las flores, sino que, a modo de pintadas, o
bordadas, o cosidas en la tilma las veían.
Inmediatamante fueron a decirle al gobernante obispo
lo que habían visto,
cómo deseaba verlo el indito que otras veces
había venido, y que ya hacía muchísimo
rato que estaba allí aguardando el permiso,
porque quería verlo.
Y el gobernante obispo, en cuando lo oyó,
dió en la cuenta de que aquello era la prueba
para convencerlo, para poner en obra lo que solicitaba
el hombrecito.
Enseguida dio orden de que pasara a verlo.
Y habiendo entrado, en su presencia se postró,
como ya antes lo había hecho.
Y de nuevo le contó lo que había visto,
admirado, y su mensaje.
Le dijo:_"Señor mío, gobernante,
ya hice, ya llevé a cabo según me
mandaste;
así fui a decirle a la Señora mi Ama,
la Niña Celestial, Santa María, la
Amada Madre de Dios, que pedías una prueba
para poder creerme, para que le hicieras su casita
sagrada, en donde te la pedía que la levantaras;
y también le dije que te había dado
mi palabra de venir a traerte alguna señal,
alguna prueba de su voluntad, como me lo encargaste.
Y escuchó bien tu aliento, tu palabra, y
recibió con agrado tu petición de
la señal, de la prueba, para que se haga,
se verifique su amada voluntad.
Y ahora, cuando era todavía de noche, me
mandó para que otra vez viniera a verte;
y le pedí la prueba para ser creído,
según había dicho que me la daría,
e inmediatamente lo cumplió.
Y me mandó a la cumbre del cerrito en donde
antes yo la había visto, para que allí
cortara diversas rosas de Castilla.
Y cuando las fui a cortar, se las fui allevar allá
abajo;
y con sus santas manos las tomó,
de nuevo en el hueco de mi ayate las vino a colocar,
para que te las viniera a traer, para que a ti personalmente
te las diera.
Aunque bien sabía yo que no es lugar donde
se den flores la cumbre del cerrito, porque sólo
hay abundancia de riscos, abrojos, huizaches, nopales,
mezquites, no por ello dudé, no por ello
vacilé.
Cuando fui a llegar a la cumbre del cerrito miré
que ya era el paraíso.
Allí estaban ya perfectas todas las diversas
flores preciosas, de lo más fino que hay,
llenas de rocío, esplendorosas, de modo que
luego las fui a cortar;
y me dijo que de su parte te las diera, y que ya
así yo probaría, que vieras la señal
que le pedías para realizar su amada voluntad,
y para que aparezca que es verdad mi palabra, mi
mensaje,,
Aquí las tienes, hazme favor de recibirlas."
Y luego extendió su blanca tilma , en cuyo
hueco había colocado las flores.
Y así como cayeron al suelo todas las variadas
flores preciosas,
luego allí se convirtió en señal,
se apareció de repente la Amada Imagen de
la Perfecta Virgen Santa María, Madre de
Dios, en la forma y figura en que ahora está,
en donde ahora es conservada en su amada casita,
en su sagrada casita en el Tepeyac, que se llama
Guadalupe.
Y en cuanto la vio el obispo gobernante y todos
los que allí estaban, se arrodillaron, mucho
la admiraron,
se pusieron de pie para verla, se entristecieron,
se afligieron, suspenso el corazón, el pensamiento.....
Y el obispo gobernante con llanto, con tristeza,
le rogó, le pidió perdón por
no luego haber realizado su voluntad, su venerable
aliento, su venerable palabra,
y cuando se puso de pie, desató del cuello
de donde estaba atada, la vestidura, la tilma de
Juan Diego en la que se apareció, en donde
se convirtió en señal la Reina Celestial,
Y luego la llevó; allá la fue a colocar
a su oratorio.
Y todavía allí pasó un día
Juan Diego en la casa del obispo, aún lo
detuvo.
Y al día siguiente le dijo:_"Anda, vamos
a que muestres dónde es la voluntad de la
Reina del Cielo que le erijan su templo.
De inmediato se convidó gente para hacerlo,
levantarlo,
Y Juan Diego, en cuanto mostró en dónde
había mandado la Señora del Cielo
que se erigiera su casita sagrada, luego pidió
permiso:
quería ir a su casa para ir a ver a su tío
Juan Bernardino, que estaba muy grave cuando lo
dejó para ir a llamar a un sacerdote a Tlatilolco
para que lo confesara y lo dispusiera, de quien
le había dicho la Reina del Cielo que ya
había sanado.
Pero no lo dejaron ir solo, sino que lo acompañaron
a su casa.
Y al llegar vieron a su tío que ya estaba
sano, absolutamente nada le dolía.
Y él, por su parte, mucho admiró la
forma en que su sobrino era acompañado y
muy honrado;
le preguntó a su sobrino por qué así
sucedía, el que mucho le honraran;
Y él le dijo cómo cuando lo dejó
para ir a llamarle un sacerdote para que lo confesara,
lo dispusiera, allá en el Tepeyac se le apareció
la Señora del Cielo;
y lo mandó a México ver al gobernante
obispo, para que allí le hicera una casa
en el Tepeyac.
Y le dijo que no se afligiera, que ya su tío
estaba contento, y con ello mucho se consoló.
Le dijo su tío que era cierto, que en aquel
preciso momento lo sanó,
y la vió exactamente en la misma forma en
que se le había aparecido a su sobrino,
le dijo cómo a él también lo
había enviado a México a ver al obispo;
y que también, cuando fuera a verlo, que
todo absolutamente le descubriera, le platicara
lo que había visto
y la manera maravillosa en que lo había sanado,
y que bien así la llamaría bien así
se nombraría; LA PERFECTA VIRGEN SANTA MARIA
DE GUADALUPE, su Amada Imagen.
Y luego trajeron a Juan Bernardino a la presencia
del gobernante obispo, lo trajeron a hablar con
él a dar testimonio,
y junto con su sobrino Juan Diego, los hospedó
en su casa el obispo unos cuantos días,
en tanto que se levantó la casita sagrada
de la Niña Reina allá en el Tepeyac,;
donde se hizo ver de Juan Diego.
Y el señor obispo trasladó a la Iglesia
Mayor la amada Imagen de la Amada Niña Celestial.
La vino a sacar de su palacio, de su oratorio en
donde estaba, para que todos la vieran la admiraran,
su amada Imagen.
Y absolutamente toda esta ciudad, sin faltar nadie,
se estremeció cuando vino a ver a admirar
su preciosa Imagen.
Venían a reconocer su carácter divino.
Venían a presentarle sus plegarias.
Muchos admiraron en qué milagrosa manera
se había aparecido,
puesto que absolutamente ningún hombre de
la tierra pintó su amada Imagen.