La Iglesia y la
Defensa de la Institución Familiar
Cardenal
Alfonso López Trujillo
Presidente del Pontificio Consejo para la Familia
El Señor nos ofrece,
nuevamente la amplia oportunidad de reflexión y
profundización en el Congreso que iniciamos.
En el primer congreso,
el de Roma, que coincidió con el año Internacional
de la Familia, el tema analizado fue: "La Familia
Corazón de la Civilización del Amor" a la luz
de esta expresión, rica en contenidos de auténtico
humanismo recogimos los frutos de la reflexión en
los campos de la teología y de la pastoral, y asumimos
una serie de compromisos orientados a poner en su
lugar la función humanizadora de la familia, para
hacer nacer una nueva sociedad de genuino rostro
humano; en donde las personas se encuentran y reconocen
como tales, según su dignidad de imágenes de Dios;
una sociedad, a partir de la primera y fundamental
comunidad, la de la familia.
Sólo en una civilización
animada y estructurada en el amor, en donde los
seres humanos cuentan como personas, abiertas por
tanto a la comunidad responsable con los demás,
y no como "cosas" que se manipulan a los
cuales los engranajes sociales imponen como una
conciencia reñida con la realidad; es ser único
e irrepetible, amado por Dios, con un amor en el
que reside la misma clave de su grandeza, un amor
que crea y recrea, que llama a la existencia en
el proyecto divino, original, en el orden de la
creación, y que en el drama de la libertad traicionada,
sustraída de la verdad y de la mirada amorosa de
Dios. es un amor que redime y que reconcilia. En
la dimensión del hogar se viven los momentos más
trascendentales y significativos de la existencia
humana. No es el hogar de lo secundario e inexpresivo,
de la rutina que aprisiona como una cadena en lo
que parece pequeño y sin relieve adquiere las dimensiones
impresionantes del amor que construye y libera:
es el lugar habitual en donde con el fuego del amor
se forja en una opción fundamental, con una libertad
empeñada, día a día la existencia, la de los padres
y la de los hijos, y se forja como familia la sociedad
y la entera humanidad como familia de Dios.
El primer Encuentro
Mundial de las Familias con el Papa, precedido por
el Congreso Teológico-Pastoral ha servido mucho,
sin duda para una respuesta renovada que preserve
o rescate la sociedad de la sordidez de lo pragmático,
el juego de varios intereses que estrechan los confines
y sofocan los espíritus. Una civilización de amor
permiten respirar, alzar la mirada, levantar los
corazones, es el corazón que irriga la sangre nueva
en el corazón de la humanidad.
En
ese ambiente, en medio de insoslayables batallas
estábamos entonces a las puertas de la Conferencia
Internacional del Cairo sobre Población y Desarrollo,
con proyectos que configuraban un "estilo de
vida" que el Santo Padre oportuna y proféticamente
denunció. El Sucesor de Pedro lanzó al mundo, en
la Plaza de San Pedro su mensaje enérgico y estimulante,
en torno de la familia, "alegría y esperanza".
Fue también cuando su intuición de Pastor Universal,
experimentando en la causa de la familia y de la
vida, señaló la importancia de la continuidad de
estos Encuentros Mundiales, no diría ya precedidos,
sino integrado por estos Congresos, como ocasión
privilegiada de poner en común preocupaciones, enfoques,
estudio en la más amplia dimensión. El interés que
suscitan es evidente: el número de participantes
duplica ampliamente el Congreso de Roma.
EL TEMA DEL CONGRESO
El Santo Padre, quien
convocó el Encuentro Mundial de Río de Janeiro,
cuya iglesia nos acoge con tanta fraternidad señaló
el tema que es también el del presente Congreso:
"La Familia: don y compromiso, esperanza
de la humanidad", tras de estudiar una
gama de propuestas que fluyeron desde diversas partes
del mundo. El tema señalado recoge, expresivamente
varios enfoques propuestos y le da la impronta de
una dinámica continuidad que estimula la imaginación
y ahonda la identidad misma de la familia , fundada
sobre el matrimonio. La relevancia, la singularidad
y la grandeza del Don de Dios, que está a la raíz
del consentimiento, en la hermosa aventura delante
del Señor, de la alianza, de un amor con densidad
de totalidad en un compromiso de fidelidad que
el tiempo ahonda, no deteriorado, no parcelado,
fragmentado o empequeñecido, como ocurre en las
diversas formas de un amor traicionado, que destruye
existencias y atenta contra el tejido social.
Como, por invitación
de los colaboradores en el Pontifico Consejo para
la familia, preparé un sencillo folleto, a manera
de opúsculo, que cada uno de ustedes recibió en
sus carpetas, con algunas consideraciones sobre
el tema, no pretendería ahora, ni siquiera, introducir
y menos desarrollar una reflexión, que sobre diversos
aspectos ha sido encomendada a ponentes de elevada
competencia, tanto en el Plenario como en los Grupos
Lingüísticos.
Quisiera
limitarme a hilvanar algunas preocupaciones.
Por una auténtica antropología.
Lo que está en juego
hoy no es sólo un aspecto u otro del matrimonio,
de la familia es su identidad, su ser profundo,
su razón de ser, su verdad. La Iglesia sabe
que, en última instancia, estando, por toda clase
de abusos e interpelaciones, como en tela de juicio
el proyecto de Dios, está en peligro el hombre,
la humanidad, su futuro. Desertar en esta causa
es empobrecer al hombre y robarle su esperanza.
En los últimos años
se ha hecho evidente que junto con el anuncio gozoso
y colmado de esperanza del Evangelio de la familia
y de la vida, es preciso conocer las raíces de los
ataques fuertes y sistemáticos que estos bienes
fundamentales reciben, bajo la forma de una conjura
global y sistemática. Así será dable estructurar
mejor su necesaria o identificar los puntos medulares
de esta batalla histórica que compromete a la Iglesia
y a la sociedad entera, ya no se trata de bienes
sobre los cuales la Iglesia pretende exhibir títulos
exclusivos de propiedad.
Tratándose de algo
que es sagrado patrimonio de la humanidad, sin duda
la mejor defensa no consiste en replegarse como
en una especie de fortaleza con la nostalgia de
tiempos mejores olvidando quizás que ha habido también
logros, transformaciones y cambios saludables; sino
en hacer patente, en testimoniar en un anuncio,
en una proclamación convencida, cómo en los polos
de la vida y de la familia se concentra el caudal
de la voluntad amorosa del Señor Dios que derrama
toda clase de bienes sobre la humanidad y quiere
su realización, enriquecido en su humanidad que
lleva el camino de su plenitud.
El empeño cautivante
de la nueva Evangelización, que nos compromete integralmente,
su defensa ideal es revelar el misterio revelador
y formidable de que son portadores la familia y
la vida es necesario introducir, proponiendo de
nuevo su capacidad de humanizar y dignificar que
tiene todo lo que en el olvido y en la confusión
ha recibido en el ámbito cultural un sensible deterioro,
tanto más nocivo cuanto que semejante retroceso
con profundas heridas en el ser del hombre, en el
tejido social, se hacía invocando discutibles conquistas
y avances mientras quedaban en el camino las ruinas
provocadas.
Seguramente ustedes,
activamente comprometidas en esta lucha, en tantas
naciones y campos como nosotros en el Pontificio
Consejo para la Familia, tenemos una impresión semejante:
lo que está en juego es la visión del hombre, la
antropología. Es esta verdad del hombre lo que es
preciso poner en la misma realidad de la familia
fuente de la vida. Es una antropología genuina y
coherente, para lo cual el magisterio de Juan Pablo
II ofrece un material formidable, en donde se dan
cita armoniosa la razón, la humana sabiduría y la
fe. Una adecuada comprensión antropológica ha de
ser puesta como fundamento en los distintos aspectos
que el tema de nuestro congreso entraña.
Permitidme recordar
algunos de los elementos de esta verdad sobre el
hombre, para ponerlos en convergencia con el anuncio
y la defensa de la familia, Iglesia doméstica y
santuario de la vida.
Quisiera hacer referencia
a la Gaudium et Spes en el No. 31, en un
texto que tiene especial valor en los umbrales del
Tercer milenio "se puede pensar con toda razón
que el porvenir de la humanidad está en manos de
quienes sepan dar a las generaciones venideras
razones para vivir y razones para esperar".
Estas razones están indisolublemente vinculadas
con la verdad del hombre (cfr. G. S. n.31)
La persona humana en
su dignidad de ser única e irrepetible, nos recuerda
el Concilio "es la única creatura terrestre
a la que Dios ha amado por si misma" ( G.S.n.
24).
Con el primado de la
persona humana, piedra angular del orden social,
que es conquista preciosa de la humana sabiduría
profundizada y enriquecida por la fe; nos hallamos
en el núcleo mismo de una antropología, de una verdad
del hombre coherente e integral . En virtud del
ser social del hombre, abierto a los demás en relación
con la comunidad hay una necesaria interacción que
así caracteriza el concilio: "la índole social
del hombre demuestra que el desarrollo de la persona
humana y el crecimiento de la propia sociedad están
mutuamente condicionados. Porque el principio, el
sujeto y el fin de todas las instituciones sociales
es y debe ser la persona humana"(G.S. n. 25).
Con una buena antropología hay que construir ese
"orden social" que es menester "desarrollarlo
a diario, fundarlo en la verdad, edificarlo sobre
la justicia, vivificarlo por el amor. Para cumplir
estos objetivos- agrega el concilio- hay que proceder
a una renovación de los espíritus, a profundas reformas
de la sociedad" (G. S. n.26).
El hombre, ha dicho
una vez Nietzche, se desliza del centro hacia la
x. Se aleja de su propio lugar, hacia un lugar incierto,
una incógnita. (citado por Pier Aldo Rovatti, en
la obra, en la colaboración, II Pensiero Debole-
A cura de G. VATTIMO Feltinelli, pag. 29) y siguiendo
este preámbulo de pesada duda, comenta un autor:
"Podemos ensayar,
indicar, describir, contar, esta incógnita?... El
hombre que se aleja es el hombre del completo desencanto,
de la ironía negativa que ahora ha aprendido a 'incassare
tutto', (a asimilar y aceptar todo que sabe con
un gesto de los ojos aceptar irónicamente todo nihilismo
(Ibid.). Podrá ser el hombre meramente una incógnita
para sí mismo y para los demás?
Es posible acceder
a una adecuada comprensión del misterio del hombre,
desde Dios. Él es la clave, como su creador de su
identidad, de su vocación, de su misión en la tierra
que se abre a la eternidad. Porque Dios es la fuente
de la vida, ésta es sagrada. Sólo Dios puede aducir
títulos plenos que pueda decirse que Él es su dueño
y que la criatura humana es pertenencia suya. Creer
o no en Dios tiene graves consecuencias a la hora
de ponderar todo lo que representa la dignidad de
hombre. La verdad del hombre adquiere toda su luminosa
dimensión a la luz de la verdad de Dios. Ésta relación
es realmente clave para su comprensión en el horizonte
filosófico y adquiere una profundidad mayor en el
universo teológico, en el mundo de la fe. Escribe
el Santo Padre: "La íntima relación con Dios
en el Espíritu santo hace que el hombre se comprenda
en modo nuevo a sí mismo, la propia humanidad (...),
y siempre mejor se encuentre a través de un sincero
don de sí. Se puede decir que en estas palabras
(...) se resume toda la antropología cristiana"
(Encíclica Dominum et Vivificatem, no. 58-59).
La sabiduría humana, con las conquistas logradas
por la razón, adquieren nuevas dimensiones a la
luz de la fe: "La fe todo lo ilumina con nueva
luz y manifiesta el plan divino sobre la entera
vocación del hombre".
Permitidme insistir
en que en estos principios se juega mucho del futuro,
en referencia a la Verdad del Hombre, a su antropología.
Muchas veces se siente
el vacío de esta verdad o la asunción de antropologías
pobres y recortadas. Siempre se trabaja con alguna
noción o concepción de lo que es el hombre. Una
cierta noción del hombre genera, a su turno una
mirada de pesimismo y de desesperanza hacia el futuro.
El hombre que desconfía de lo que puede hacer, como
arquitecto de su propio destino. El hombre concentrado
sobre él mismo, con una mirada miope, que roba la
grandeza y la dignidad eminente del ser humano:
IMAGEN DE DIOS. Dios ama al hombre, como imagen
suya. Lo ha creado así, con sus manos amorosas,
y lo ama por él mismo, como PERSONA.
la relación del hombre
con Dios se concreta en la relación del hombre con
Cristo: "En realidad el misterio del hombre
sólo se esclarece en el misterio del hombre encarnado.
(...) Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación
del misterio del Padre y de su amor manifiesta plenamente
el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad
de su vocación (...). El Hijo de Dios en su encarnación
se ha unido, en cierto modo, con todo el hombre".
(G.S. No. 22)
Esta verdad sobre el
hombre, a la luz del misterio de Cristo, hace que
la vida del hombre sea un "evangelio",
una buena nueva que la Iglesia proclama con gozo.
Es una buena noticia el valor incomparable de la
persona humana: "El Evangelio del amor de Dios
al hombre, el Evangelio de la dignidad de la persona
y el Evangelio de la vida son un único e indivisible
Evangelio"(Encíclica Evagelium Vitae
No.2).
La Iglesia es portadora
de este Evangelio y es a la vez su tutela: "La
Iglesia que por razón de su misión y de su competencia
no se confunde en modo alguno con la comunidad política
ni está ligada a sistema político alguno, es a la
vez signo y salvaguarda del carácter trascendente
de la persona humana" (G.S. No.76).
Cuando se excluye a
Dios el horizonte de la humanidad, cuando se pierde
su sentido, la vida humana, en su misterio sagrado,
por su fuente y por su destino, amenaza con eclipsarse.
Enseña el Papa: "Encerrado en el estrecho horizonte
de su maternidad, se reduce éste a una cosa"
y ya no se percibe el carácter trascendente de su
"existir como hombre". No considera ya
la vida como un don espléndido de Dios, una realidad
"sagrada" confiada a su responsabilidad
y, por tanto, a su custodia amorosa, a su "veneración".
La vida llega a ser simplemente "una cosa"
que el hombre reivindica como su propiedad exclusiva
totalmente dominable y manipulable". (E.V.
No.22). esta debiera ser la pista objetiva y seria
para hablar de la CALIDAD DE VIDA. Con una visión
de profundidad metafísica y ética, que sustraiga
la sacralidad de la vida humana de un tratamiento
como de mercancía y quede aprisionada la vida humana
en una mirada miope, reducida y reductora, que empequeñece,
en una perspectiva meramente pragmática y arbitraria.
la democracia jamás puede evadir, sin serruchar
su propio piso de las exigencias de la ética.
Creo que la batalla
decisiva se libra en términos de la verdad del hombre.
No sólo, obviamente, en el campo de la filosofía,
sino del mensaje cristiano a la luz de la vida.
Contra el recíproco
otorgarse, pleno y definitivo, en la seriedad envolvente
y dignificante de un amor que libera y que realiza,
se agolpan no sólo los embates desde fuera, en la
conjura en curso, irresponsable y suicida contra
la familia y contra la vida, polos, dice Juan Pablo
II, inseparables. Esos atentados "desde afuera"
se vuelven invasión impetuosa allí donde la verdad
de un amor fiel, responsable, estable, es minado
socialmente, en los Parlamentos, en los Foros Mundiales,
en una opinión pública adormecida. Son los desastres
provocados por el olvido de la verdad del hombre
y del sentido del amor que se hace una sola carne.
Lo peligroso estaría especialmente en las grietas
que posiciones de ese estilo, que se vuelven "exigencias"
de una "libertad" (que es apenas caricatura)
en nombre del derecho a una felicidad en una amor
amputado en su integridad y su grandeza, se infiltrarán
dentro de las familias como una tentación que susurrará
que el proyecto de Dios es "un ideal"
imposible.
Se ha llegado hasta
a sustraer su realidad de Bien. Hay que defender
esta categoría del Bien que es y produce la familia.
Sería altamente nocivo
que se introdujera en el campo pastoral una separación
entre Familia y vida, que carecería de apoyo doctrinal
y probaría la vida de su lugar natural.
Lo serio y desastroso
de tal invasión, infiltración e impacto, es que
se constituye una "verdad alternativa"
del hombre y de la mujer, con códigos morales gelatinosos.
Hay, con perfiles de una nueva cultura, una condescendencia
creciente a planteamientos y comportamientos en
donde la mística, la espiritualidad del matrimonio
es obstaculizada o negada.
La familia: don
y compromiso no es sólo anuncio, defensa, sino
que ha de conducir a una verdadera espiritualidad,
de bastas y amplias proyecciones. No es una espiritualidad
que se cierre sobre la pareja, en egoísmos envilecedores,
que la sustraen de su ineludible responsabilidad
con los hijos y frente a la sociedad. Nunca como
hoy se trata de una espiritualidad, que nutrida
de la Palabra de Dios, de energías para hablar o
gritar en alto, con coraje, con la doctrina y con
la vida, en un testimonio integral, en el impulso
de un evangelio que se proclama.
Es preciso infundir
y difundir una mística que atraiga, contagie y dinamice.
Contamos con los documentos extraordinarios del
Magisterio especialmente de Juan Pablo II. Surge
en todas partes, la conciencia de esta absoluta
prioridad. Se reconoce más y más, "una centralidad"
pastoral de la familia y la ida y su causa definirá
el rostro de la Iglesia en el futuro, como también
el de la humanidad.
Es el momento pues
de lanzarnos confiados a la conquista de nuevos
espacios desde la capacidad propulsiva de los hogares
con un mensaje que genera esperanza.
Se trata de defender
la esperanza tutelando la dignidad del hombre en
el recinto sagrado del hogar. Las familias, siguiendo
la expresión del Concilio, experimentan "una
irrefrenable sed de dignidad" en
la seriedad y hondura de su amor que se abre al
don de la vida. Chesterton, con su delicioso humor,
contra las corrientes superficiales que erosiones
la familia en las múltiples formas del amor traicionado,
expresaba que el matrimonio es el único lugar donde
el amor es serio. Y le sobra razón: sólo un amor
total, de entrega exclusiva y fiel, responsable
y estable adquiere los contornos de seriedad. Sólo
un amor así construye y libera a la pareja, a los
hijos y a la misma sociedad. Cuando el amor se estrecha
en los límites asfixiantes del egoísmo y no es empresa
común hacia el don del Dios de la vida nueva, se
empobrece y no adquiere ni siquiera las dimensiones
de una auténtica significación unitiva.
Defender la familia
es defender la dignidad del hombre y de la mujer
en la seriedad liberadora del amor. Esa defensa
se vuelve un mensaje en la sociedad para convencerla
de la insensatez de intercambiar los quilates de
este amor serio, estable, que merece ser jurado
con contornos de eternidad, y otras formas de unión,
falsamente apelados de uniones consensuales libres
(no se ve cuál sea el valor y el sentido de una
tal libertad), o de las uniones "de hecho"
o de otras imposibles uniones que no pueden alegar
la categoría genuina de un derecho. En el diálogo
indispensable con los gobernantes, los políticos
y los legisladores la concepción del matrimonio
natural, en convergencia con una sana y genuina
antropología es una urgencia primaria, tarea difícil
para la cual mucho puede aportar el concurso de
las distintas religiones y muy particularmente,
un diálogo ecuménico sobre estas materias. Las Iglesias
Cristianas tienen que dejarse interpelar por el
Señor, para interpelar y guiar a la humanidad con
una verdadera conciencia crítica.
La
defensa de la familia requiere una profunda unidad
doctrinal y pastoral en la cual la obediencia de
la fe es condición indispensable para la misma capacidad
de un anuncio universal, no entorpecido por el juego
de las opiniones imposibles de conciliar con la
verdad que viene de Dios y que el mundo necesita,
sin alteraciones ni acomodaciones.
Lugar
precioso y decisivo en la esperanza que hay que
suscitar es la mujer cuya misión en el corazón de
la familia (que caprichosamente presenten algunos
feminismos exacerbados como una servidumbre) que
no puede quedar relegada o marginada en nombre de
otras funciones (nobles y necesarias ciertamente)
en la sociedad, en el mundo profesional o en la
política. Y cómo permitir que se eclipse su misión
como esposa, como madre, como hija, como hermanas,
de acuerdo con lo que el Santo Padre desarrolló
en su carta a la mujer, en los preámbulos de las
conferencias de Pekín.
Una
particular importancia, que reviste caracteres de
alarmante urgencia es todo lo que se refiere a la
niñez, a sus derechos, a su futuro.
Aquí, en Río de Janeiro,
realizamos hace unos años el Encuentro Mundial sobre
los Niños de la Calle, Os Meninos da rua.
Entonces pudimos apreciar la dimensión de una catástrofe
que no se reducía propiamente a los países pobres.
También en las naciones ricas los hijos, por falta
de un amor que proteja, son literalmente lanzados
a la calle. Son, como lo apuntaría el Santo Padre,
"huérfanos con padres vivos". Los niños
tienen el derecho a ser acogidos en un hogar estable,
a ser educados en un ambiente de amor y de ternura.
No brindarles la protección debida y la educación
integral a la que tienen derecho es atentar contra
su futuro. Con sobrada razón Santo Tomás habla de
un ÚTERO ESPIRITUAL. Es precisamente eso la familia,
para quienes constituyen "el don más precioso".
(S.Th. 11-11, 10-22).
Por desgracia son los
niños las víctimas de la irresponsabilidad de los
mayores. hace falta que la Convención de Naciones
Unidas, en torno de los derechos de los Niños, no
sometidos a los retoques con peligrosos silencios
y vacíos se incorpore a las legislaciones y que
los códigos de protección de la infancia orienten
los esfuerzos para asegurar lo más noble, tierno
e inocente que una sociedad puede ostentar.
Los adultos suelen
hablar de defender sus fueros. Buscan, a costa de
todo, a costa de los hijos, alcanzar su propia felicidad,
como en la plaga del divorcio, arruinando la misma
posibilidad de un desarrollo humano, armónico e
integral en quienes deben ser reconocidos y respetados
como fruto de su amor, como persona, como un bien
de interés superior.
El gran objetivo, para
el inmediato futuro, no dudaría en ponerlo precisamente
en los derechos de la niñez. Hace falta además,
promover una verdadera pastoral de la niñez, de
tal manera que no resulten olvidados o relegados.
El útero integral,
sobre todo en la sociedad de hoy debe extenderse
para cubrir también la adolescencia. Sustraer los
jóvenes de las familias ocasiona una turbación pastoral
y un desconocimiento, de hecho, de que también ellos
son integrantes de la comunidad familiar, de ese
SUJETO INTEGRAL QUE ES LA FAMILIA.
Uno
de los objetivos de este Congreso, en relación con
los Movimientos para la Familia y Para la Vida,
en pleno y franco crecimiento, debería ser la incorporación
de la juventud para el fortalecimiento de los mismos
Movimientos con nuevas energías. Algo se iniciará,
más en forma, en estos días. La presencia de un
grupo de jóvenes permitirá que asumamos en serio
una proyección de integración de la juventud en
esta lucha, país por país, continente por continente.
Y cabe esperar que, en el año jubilar, en Roma,
podamos dar positiva cuenta de lo que nos proponemos
lograr.
Del Pesimismo a la Esperanza
Hoy se comprueba que
un optimismo sin raíces ha pasado: El hombre, embriagado
en su propio poder, encantado por el progreso de
la técnica, pensaba tener en sus manos el sentido
de la humanidad y ser su árbitro. Se esperaba un
progreso sin límites. Todos los secretos de la naturaleza
-así soñaban- podrían arrancar con su inteligencia,
hasta volver al ser humano transparente a su mirada.
Los códigos éticos deberían girar en torno de su
libertad, de la cual, sin embargo, habría perdido
la brújula.
Todo, la familia y
la vida, quedaba sometido a los dictados de una
conciencia perturbada, inmadura, caprichosa, cuyo
profundo recinto ya no percibía la voz de Dios sino
la de los ídolos por él forzados convertidos, sin
darse cuenta de sus propios tiranos. Una postura
risueña y repleta de confianza en sus propias energías,
muy típica de la llamada modernidad, en la que el
proyecto sobre la familia y la vida eran arrancados
de las manos de Dios para sustituirlo con proyectos
acomodados a su mirada confusa y miope, se ha venido
transformando en el desengaño, en una mueca amarga
que abre las compuertas al pesimismo. Se va dando
cuenta la criatura que el poder de sus manipulaciones
nada construye duradero y permanente sino que genera
irrespeto y destrucción. Se habla del "pensamiento
débil" porque se habría eclipsado del todo
el sol de la metafísica, o que la verdad habría
perdido su esplendor, su firmeza y estabilidad simplemente
porque no existiría.
El llamado "pensamiento
débil" o "la débil metafísica" no
conduce a la realización del hombre sino a su derrota
porque debilita su ser, su conciencia, en nombre
de una falsa concepción de secularización y a la
postre lo lleva a una rendición frente al sentido
de la vida que lo envilece.
Ya Baudelaire habló
de un "envilecimiento de los espíritus"
y Elliot imagina (ochenta años después la humanidad
como en un funeral...). El premio Nobel de Literatura
Octavio Paz, incisivo espectador de estos fenómenos
de descomposición, desenmascara esta actitud de
desgaste y frustración. En términos de humanidad
los pronósticos halagüeños van abriendo paso a profundas
inquietudes para las cuales no descubren una fácil
salida. A la raíz de esta confusión, de la enfermedad
del espíritu, porque, como indicaba Romano Guardini,
no se alimenta con el pan de la verdad, se halla
un vacío que interpela el poder peligroso y traicionero
del hombre. He leído recientemente esta apreciación
de un conocido filósofo italiano:
"(...)
en la concepción del ser como objeto mensurable
y manipulable se encuentran las bases para el mundo
que Adorno llamará de "la organización total"
en la cual fatalmente también el sujeto humano tenderá
a ser puro material, parte del general engranaje
de la producción y el consumo" (Gianni VATTIMO,
Credere di Credere Garzanti, 1996. pág.21).
La
lucidez al señalar la tendencia en este fenómeno
de deshumanización ya percibido por otros, en esta
derrota del hombre que no ve la luz porque se sacó
los ojos, de suyo podía dar paso la búsqueda de
otras salidas, mas allá de la miseria que el hombre
provoca y de su propio vacío. El camino debería
descubrir la verdad, y volverse un clamor hacia
Dios. Observa VATTIMO que, "encontrando naturalmente
mucho material para la propia reflexión tantos clamorosos
"falliment" (que son derrotas)
de la razón moderna: Auschwitz de un lado, y la
destrucción del colonialismo eurocéntrico, por otro,
que han hecho insostenible la ideología del progreso;
y hoy con tantas contradicciones de la ciencia técnica,
de la devastación ecológica en los muy nuevos problemas
de la bioética, parece que debe hacer reconocer
a todos que ahora "que sólo un Dios puede
salvarnos", como dice Heidegger (op. cit,
pág. 85). El diagnóstico completo del fenómeno,
parece poner fin a la confusión abriéndose a Dios.
No es propiamente este camino de liberación lo que
algunos proponen, con el retorno a un pensamiento
moderno en donde el secreto del hombre no sea esquivo.
El
rescate del hombre tiene que ver con su verdad,
con su antropología, para que no se desvanezca y
reduzca a "puro material" de la "organización
total", a instrumento, o cosa.
Hemos
hecho una rápida peregrinación sobre algunos puntos
de especial preocupación , varios de los cuales
serán tratados más fondo en este Congreso.
La
defensa de la verdad de la familia requiere especial
vigor y capacidad de navegar contra la corriente
. Estamos eso si seguros de que esta noble causa
lo merece todo, sacrificios, incomprensiones, desvelos
y que será el Señor de la Vida quien ira suscitando,
con el activo concurso de todos , un empeño renovado
por el hombre nuevo que es preciso hacer nacer .
El Señor no abandona la corona de su creación .
No abandona a las familias, en cuyo corazón está
presente, con todas las energías del Resucitado,
del Señor de la familia que en las bodas de Caná
con su capacidad transformadora, marcó el inicio
mismo de su ministerio salvífico. El Señor de la
Vida que es la fuente misma del amor. El hombre
peregrina hacia su plenitud, crece según una imagen
que es Cristo, desde el hogar, hasta el del cielo
cuando pueda ver a Dios cara a cara.