Una quincena por la Libertad

El 21 de junio, vísperas del la fiesta de los Santos John Fisher y Tomás Moro, comenzamos un periodo de oración, sacrificio y testimonio público por la causa de la libertad religiosa. Yo me uno a mis hermanos en la Conferencia de Obispos Católicos de E.U. en el llamado a esta “Quincena por la libertad”, la cual terminará el 4 de julio, fiesta de la independencia de nuestro país.

La libertad religiosa es una libertad preciosa. Tristemente, también es una libertad rara. Tres de cada cuatro personas en el mundo viven en un país donde el gobierno no protege su derecho para dar culto y servir al Dios en el que creen.

Los cristianos son la gente más perseguida en el mundo. En algunos lugares, ellos arriesgan su vida cada vez que van a Misa. Por eso, en esta quincena, recordemos orar por nuestros hermanos y hermanas católicos en lugares como Irak, Pakistán, Vietnam, Nigeria, China y Cuba.

Este contexto global pone nuestro actual conflicto con el gobierno de los Estados Unidos en perspectiva. Pero es importante recordar: precisamente porqué los creyentes aquí no son castigados con violencia y son libres de ir a la iglesia, eso no significa que la libertad religiosa no esté en peligro.

Para los fundadores de nuestro país, -y para cada generación de norteamericanos hasta ahora- la libertad religiosa ha significado mucho más que la libertad de culto.

La libertad religiosa siempre ha significado libertad para establecer instituciones que nos ayuden a vivir nuestra fe y a llevar adelante nuestros deberes religiosos. La libertad religiosa siempre ha significado la libertad para expresar nuestra fe y valores en debates políticos y la libertad para tratar de persuadir a otros para que compartan nuestras convicciones.

En años recientes, este sentido de libertad religiosa, protección de conciencia y la función público de la religión, han sido deteriorados bajo constante presión de elementos anti-cristianos y secularizados en la sociedad norteamericana.

El gobierno, en todos los niveles, está incrementando el empuje de agencias de la Iglesia para ir en contra de su creencia. La fe y los valores cristianos están más y más representados –en los medios de comunicación, en las cortes, aún en comentarios de altos oficiales del gobierno- como una forma de prejuicio.

En nuestra sociedad diversa, pluralista, algunas veces parece que el cristianismo está llegando a ser el único estilo de vida que no se puede tolerar que tenga un papel en nuestra vida pública.

Esas mismas presiones secularizadas y anticristianas están trabajando en nuestros conflictos actuales. Nadie puede reclamar creíblemente que este conflicto con el gobierno es sobre el acceso al aborto y el control de la natalidad. Porque, desafortunadamente, ambos están ampliamente disponibles y asequibles a cualquiera que quiera obtenerlos en este país, a menudo subsidiados por gobiernos estatales y federales.

Necesitamos ver esto claramente: Nuestro presente conflicto es parte de una lucha cultural más larga para volver a definir Norteamérica puramente como una sociedad secular — en la cual no hay una función pública para las instituciones religiosas, excepto si ellas sirven a los propósitos del gobierno.

Esta lucha ya lleva un largo tiempo. Lo que  es nuevo es que nuestro gobierno — que tiene el deber de proteger la libertad religiosa — ahora toma partidos en contra de la libertad de la Iglesia.

Nuestro gobierno ahora está usando todo el peso de sus poderes para tratar de dictar los términos bajo los cuales a la Iglesia y a los creyentes católicos les será permitido participar en nuestra sociedad.

Quizá por primera vez en nuestra historia, nuestro gobierno está actuando como si los derechos humanos no vinieran de la mano de Dios, sino como si fueran “beneficios” que el gobierno puede dar, definir y quitar.

Yo he tenido gente de muy buena intención, que me pregunta: ¿Por qué esto es tan importante? ¿Por qué la Iglesia no puede solamente comprometerse y proporcionar seguro de control de la natalidad para nuestros empleados? Ellos me dicen que se lograría un mayor bien si la Iglesia pudiera continuar sirviendo a los pobres en sus hospitales, escuelas y caridades.

Pero los católicos no sirven a los pobres para complacer a nuestro gobierno. Nosotros servimos a los pobres porque estamos obligados por el amor de Cristo. Este mismo amor por Cristo nos obliga a dar testimonio de que la vida, el matrimonio y la familia son sagrados y que es inmoral prevenir el nacimiento de niños.

El “compromiso” que se nos está ofreciendo, es detenernos de amar a Cristo y de ser cristianos. Esta es la tentación de servir al gobierno y no a Dios.

Así que, ¿Qué debemos hacer? Nosotros hacemos lo que la Iglesia y los cristianos han hecho siempre.

Nosotros amamos a nuestros enemigos y oramos por los que nos persiguen. Vivimos nuestra fe con la libertad de los hijos de Dios, con un amor que sana e inspira a otros. Hablamos al mundo de la Buena Nueva de que Dios esta vivo y de que Él nos llama a un gran destino de amor. Nosotros trabajamos para crear una sociedad de mutuo compartir,  de reconciliación y amor, arraigados en la santidad de la persona humana y la familia.

De modo que oremos esta semana unos por otros y por nuestro país.

Y que María Inmaculada, la patrona de los Estados Unidos, nos de el valor para defender la libertad de la Iglesia y nuestra libertad de conciencia.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)