Navidad en el Año de la Fe

Cada Navidad es una oportunidad de un nuevo comienzo. La jornada de Adviento nos lleva al pesebre en Belén y al encuentro con el Niño que hace todas las cosas nuevas.

En esta maravillosa temporada, en medio de todas las fiestas y compartiendo con nuestras familias y seres queridos, cada uno de nosotros debe hacer tiempo para reflexionar, de una manera profundamente personal, lo que Cristo significa para nosotros.

Cada uno de nosotros necesita preguntarse: ¿Quién es este Niño que encontramos durmiendo en los brazos de su madre? ¿Qué diferencia hace su venida en mi vida?

Esas son preguntas esenciales del Año de la Fe proclamado por nuestro Santo Padre el Papa Benedicto XVI. Porque Jesús viene en Navidad para nacer de nuevo en cada corazón humano, la Fe en Él es lo que nos da nuevo nacimiento.

Así el Año de la Fe presenta una pregunta personal a cada uno de nosotros:

¿Jesús está naciendo en nuestros corazones o no?

“A todos los que lo recibieron, que creyeron en su nombre, Él les da el poder de llegar a ser hijos de Dios” nos dice San Juan al comienzo de su Evangelio.

El Niño que buscamos en el pesebre en Belén, es un espejo en el cual encontramos nuestro propio reflejo. Quien es este Niño, es lo que nosotros vamos a ser. Esta es la única lección que espero que todos saquemos de este Año de la Fe.

Dios en su amor, baja a nosotros en Navidad para mostrarnos una nueva senda para nuestra vida. La senda de la fe. La senda que podemos caminar como hijos e hijas, llevados de la mano de nuestro Padre.

Los Evangelios nos dicen que en su naturaleza humana, el Niño Jesús crecía en sabiduría y gracia.

Y nosotros necesitamos crecer también como hijos de Dios. En sus escritos sobre la vida espiritual San Pablo a menudo habló sobre nuestra necesidad de crecer en nuestro conocimiento del Hijo de Dios, hasta que alcancemos “adultez madura” en nuestra fe.

En otras palabras, nuestra jornada de fe tiene el sentido de hacernos crecer como hijos de Dios.

Nosotros crecemos como hijos de Dios siguiendo el patrón de vida que Jesús nos mostró. Por eso es tan importante para nosotros tener un conocimiento personal profundo de los Evangelios. Quisiera enfatizar esto suficientemente fuerte. Es tiempo para todos los católicos de hacer de las palabras de Jesús y de los caracteres e historias de los Evangelios, una parte profunda, integral de nuestras vidas.

Los Evangelios nos dicen que María “guardaba” las palabras y eventos de la vida de su Hijo, y los “ponderaba” en su corazón. Ella se comprometió con la divina Palabra con oración y preguntas. Ella preguntó al ángel Gabriel “¿Cómo puede ser esto?” Ella preguntó a Jesús, “¿Por qué nos has tratado así?”

Jesús dijo que María fue bendecida porque ella escuchó la Palabra y la siguió. Ella dijo a otros que hicieran lo mismo. En Cana, ella dijo a los sirvientes de la boda, “Hagan lo que Él les diga”.

Nosotros necesitamos comprometernos con Jesucristo y su Evangelio de la misma manera. Con reverencia y oración. Con razón y fe. Necesitamos cuestionar la Palabra preguntando siempre: ¿Qué me está diciendo esta Palabra “a mi”? ¿Qué quiere Jesús de mi vida?

La Iglesia asigna a cada día del año la lectura de un Evangelio. Aún si no podemos hacer de esto un hábito diario, encontramos que vamos caminando con Jesús en nuestra vida diaria. Sus palabras se convierten en el lenguaje de nuestro corazón. Sus enseñanzas y actitudes comienzan a guiar nuestro acceso a las cosas. Nosotros comenzamos a ver el mundo a través de sus ojos.

Leyendo los evangelios diariamente, comenzamos a vivir como Jesús lo hizo: conscientes de que siempre estamos en la presencia de nuestro Padre amoroso; hablando con Él todo el día en oración, escuchando su palabra en nuestros corazones, esforzándonos por vivir sus mandamientos. Como Jesús hizo, nos ofrecemos a nosotros mismos en el servicio del plan de Dios, sirviéndole a Él en la gente que nos rodea, especialmente los pobres y los humildes.

De esta manera, realmente comenzamos a vivir como hijos de Dios. Esta es la meta de nuestras vidas, Y esta es la “razón de esta temporada”.
Así en esta Navidad en el Año de la Fe, oremos unos por otros. Que todos podamos hacer un nuevo comienzo. Que en este año que viene, todos nos esforcemos, con su gracia, para convertirnos en los hijos e hijas de Dios que nosotros queremos ser.

¡Yo les deseo a sus familias una muy santa Navidad!

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)