Un tiempo de María

El Adviento es siempre un época de María.

El 8 de diciembre celebramos el día santo de su Inmaculada Concepción y cuatro días después la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe.

Como muchos de ustedes saben, las apariciones de la Virgen a San Juan Diego en realidad comenzó el 9 de diciembre de 1531. En aquellos días, que era el día en que la Iglesia española celebraba la Inmaculada Concepción.

En mi mente, hay una profunda conexión entre esos dos días de fiesta.

En el plan de salvación de Dios, María fue concebida sin pecado original para anunciar al mundo la “nueva creación” en la venida de Jesús. Muchos siglos más tarde, en la aparición en el Tepeyac, Dios envió a María a anunciar la venida de Jesús al “nuevo mundo” de las Américas.

En cada caso, María es el “señal” que nuestro Padre envía para traernos a Su
Hijo.
En este Año de la Fe, estamos comenzando una nueva tradición en nuestra Catedral. Vamos a celebrar la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe con las tradicionales Mañanitas. Este es un festival por la noche de canciones y culto que conducen a la Misa de medianoche, que yo ofreceré en el día de la fiesta, el 12 de diciembre.

Esta gran celebración del Adviento es apropiada para nosotros ahora, ya que nuestra nueva capilla a la Virgen contiene la preciosa reliquia de la tilma original de San Juan Diego, que lleva la imagen milagrosa de Nuestra Señora. Esta es la única reliquia fuera de la Ciudad de México, ya que la tilma original reside en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe.

Hay más información en mi página de Facebook. Yo espero que muchos de ustedes puedan hacer esta celebración parte de sus devociones en este tiempo santo.

Y en este “temporada de María” durante este Adviento en el Año de la Fe – espero que todos nos dirigimos a María de una nueva manera.

Santo Tomás de Aquino acostumbraba decir que además de Dios nuestro Padre, María es la única que puede llamar a Jesús con todo derecho “Hijo”. Ya que ella es la madre de Jesús, nadie puede ayudarnos mejor que María para crecer en nuestra conciencia de que somos hijos de Dios.

De hecho, en sus últimas palabras en la cruz, Jesús nos dijo “Ahí tienes a tu madre”.

Él dijo esas palabras a San Juan. Y “Desde aquella hora el discípulo la llevó a su casa”, nos dice el Evangelio. (Juan 19, 27).

Cada uno de nosotros tiene que hacer lo mismo. Tenemos que llevar a María a nuestras casas, a nuestras vidas. Hay que amarla y aprender de ella como nuestra madre. Ella fue una perfecta hija de Dios, así nosotros podemos aprender de ella cómo actuar como hijos e hijas de Dios.

Una cosa que notamos es que su vida está llena de silencio y ocultamiento. Todos los eventos en su vida acerca de los que leemos –la Anunciación, la Visitación y los demás- todos están “fuera del radar”. Ellos fueron silenciosos. Ocultos. Nadie estuvo ahí para verlos o grabarlos.

Esta es una lección para nosotros. Casi todos llevamos vidas silenciosas. El bien que hacemos solo será visto y conocido por los pequeños círculos de las personas más cercana a nosotros – en nuestras familias y vecindarios, en los lugares donde trabajamos.

Al igual que María, podemos vivir como hijos de Dios – llenando nuestros días con actos tranquilos de fidelidad. Cumpliendo nuestros deberes diarios con amor y cuidado por los demás. Compartiendo nuestra alegría y amor a Jesús de una manera sencilla y natural.

Así es como un hijo de Dios vive. Y esta es la expresión más básica de la “nueva evangelización”. Esto significa compartir a Jesucristo de persona a persona; un corazón hablando a otro corazón en amor.

La meta de nuestra vida es llegar a ser más y más como Jesús. Así precisamente como lo hizo Jesús, nosotros tenemos que aprender de nuestra madre María lo que significa ser un hijo de Dios. Eso quiere decir que tenemos que relacionarnos con ella más y más como una madre.

Una de las cosas prácticas que podemos hacer – Tratar de pasar tiempo cada día pensando en la Santísima Virgen María – tal vez mirando una imagen de ella. Hablándole como su hijo. Contándole todo lo que tienes en mente. Pidiéndole que nos ayude a crecer como un hijo de Dios.

Mantengámonos en oración unos con otros. Y pidamos a nuestra Santísima Madre María que nos ayude a ser verdaderos devotos de ella, de modo que podamos aprender a amar a nuestro Padre como Jesús lo amó, como verdaderos hijos de Dios.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)