Adviento en el Año de la Fe

Este domingo comenzamos un Adviento especial – Adviento en el Año de la Fe.

Todo este año debe ser un tiempo para preguntar sobre la calidad y la fuerza de nuestra fe.

Vivimos en una sociedad que ha perdido su concepto de naturaleza humana. La gente ya no vive con un sentido de que hay una sola respuesta a las preguntas de  dónde venimos y para qué estamos aquí.

Nos alienta en muchos aspectos a “compartamentalizar” nuestras vidas. Se nos anima a definir nuestras personalidades en diferentes maneras, de acuerdo a los productos que compramos; los espectáculos que vemos; los equipos que apoyamos; nuestros partidos políticos; nuestra herencia étnica; o muchos otros estilos de vida e “identidades”.

Nuestra fe en Jesucristo nunca puede ser solamente un “compartimento” de nuestra vida. La fe no es un estilo de vida “complementario”, algo que “nos ponemos” los domingos y luego lo regresamos al clóset para el resto de la semana.

Nuestra fe en Jesucristo debe ser la luz que llena toda nuestra vida, todos nuestros corazones y mentes y fuerza. Nuestra fe debe ser transformadora. Debe ser vivida con un sentido de gratitud, porque la fe es un regalo de Dios. Debe ser vivida en relaciones de amor; amor a Dios y amor al prójimo. Y nuestra fe en Jesucristo nos debe involucrar profundamente en su Iglesia – la familia de Dios que Él está construyendo en la historia y en la sociedad.

El fundamento de nuestra fe es darnos cuenta de que pertenecemos a la familia de Dios – de que somos hijos e hijas de Dios, que es nuestro Padre.

Este es el resumen y la esencia de las “buenas nuevas” que Jesucristo nos ha revelado. San Juan lo dijo muy bien. “Mirad qué amor el Padre nos ha dado, para que seamos llamados hijos de Dios. Y así somos nosotros! (1 Juan 3:1).

¡Eso somos! Esta es nuestra verdadera identidad. Nosotros somos hijos de Dios.

El Adviento es un tiempo de espera. Pero, ¿qué estamos esperando? Estamos esperando a un Niño. Estamos esperando al Hijo de Dios.

Toda nuestra religión puede entenderse en esta filial y familiar “clave”. Como cristianos, somos un pueblo que cree que en un momento determinado de la historia, el Dios vivo nos envió a su amado único Hijo.

Su Hijo fue concebido y nacido en el vientre de una mujer y criado en una familia humana. Y Jesús vino a proclamar entre nosotros las buenas noticias de nuestra propia filiación divina – la buena noticia de que Dios es nuestro Padre.

Cuando Jesús fue bautizado, Dios expresó estas palabras: “¡Este es mi Hijo amado!”. Y nosotros creemos que cuando fuimos bautizados, Dios dijo exactamente lo mismo de nosotros. En este Año de la Fe tenemos que  hacer del Adviento un tiempo para profundizar nuestro sentido de identidad como hijos e hijas de Dios. ¡Eso somos!

Tenemos que hacer de este Adviento un tiempo para una nueva conversión. La conversión es ante todo una conversión a Jesucristo. En Él vemos la perfección de la naturaleza humana. Vemos como se ve un verdadero hijo de Dios. La conversión significa aceptar los dones de la gracia que Dios nos da en su Palabra, y en los Sacramentos, esforzándonos cada día para ser más como Jesús.

He aquí una sugerencia práctica para profundizar nuestro sentido de la filiación divina durante este Adviento.

Traten de meditar con frecuencia sobre las escenas de Navidad en los Evangelios. Pidan a nuestro Padre celestial ayuda para que ustedes vean y experimenten realmente a Jesús como Hijo de Dios. Traten verdaderamente de ponerse en las escenas del Evangelio.

Imaginen que ustedes son uno de aquellos que han llegado hasta el pesebre a ver al Niño con su Madre María y San José. Imaginen la escena completa en Belén. Siéntanse ustedes mismos cargando al Niño Jesús y sosteniéndolo en sus brazos. Véanse ustedes mismos mirando hacia abajo este pequeño rostro y sonriéndole y hablándole con amor. Digan al Niño todo lo que está en su corazón.

Vamos a mantenernos unos a otros en oración en este Adviento. Vamos a tratar de orar realmente el uno con el otro como hermanas y  hermanos en una familia de Dios. Qué hermoso sería si todos los días cada uno de nosotros tratara de orar por la persona en nuestra familia arquidiocesana que necesita más ayuda de Dios.

Y hablemos con María, como nuestra verdadera Madre. Vamos a pedirle que nos ayude a ver con más claridad el rostro de su Hijo durante este Adviento, de modo que podamos ver nuestra verdadera identidad como hijos de Dios.

*La columna de opinión de Mons. José Gomez está disponible para ser utilizada gratuitamente en versión electrónica, impresa o verbal. Sólo es necesario citar la autoría (Mons. José Gomez) y el distribuidor (ACI Prensa)