Jornada
Mundial de la Juventud: De Toronto a Colonia
El
mundo de los jóvenes: ¿quiénes son? ¿Qué buscan?
Roma, 10-13
de abril 2003
P. Tony Anatrella
Psicoanalista, Especialista en Psiquiatría Social
Introducción
Se me ha pedido trazar
el perfil de los jóvenes de hoy desde un punto de vista sociológico y psicológico,
subrayando cómo los jóvenes pueden ser influidos por movimientos ideológicos
y cómo se ponen en contacto con la Iglesia. Esta es una tarea vasta y ambiciosa
que intentaré respetar respondiendo de manera sintética.
Hablaré de los jóvenes
a partir de mi experiencia psicoanalítica y psiquiátrica del mundo occidental.
Hay que estar muy atentos cuando se habla de los jóvenes para no caer en la
generalización: por lo tanto, en base a vuestros orígenes culturales os ruego
me confirméis o complementéis cuanto diré. Aún se pueden constatar trazos
comunes en la psicología y en la sociología de los jóvenes del mundo entero.
El peso del modelo económico del liberalismo, de la globalización, de los
cambios en la pareja y la familia, de las representaciones de la sexualidad,
del impacto de la música, de la televisión, del cine y de Internet influyen
y unifican considerablemente la mentalidad juvenil de casi todos los países.
Los jóvenes manifiestan
una variada fragilidad aunque permanezcan abiertos, disponibles y generosos.
Ya no pesan sobre ellos ideologías como en las generaciones precedentes. Aspiran
a relaciones auténticas y están en búsqueda de la verdad, pero al no encontrarlas
en la realidad, esperan encontrarlas en su propio interior. Tal actitud los
predispone a replegarse dentro de sus propias sensaciones y del individualismo,
poniendo a su disposición el vínculo social y el sentido del interés general.
Aunque el contexto social no les ayuda a desarrollar una verdadera y propia
dimensión espiritual, están dispuestos a comprometerse con algunas causas
más grandes que las suyas.
1. ¿Quiénes son?
Los jóvenes que aquí nos
interesan son aquéllos entre los 18 y 30 años, es decir, se encuentran en
la edad post-adolescente y quieren hacerse psicológicamente autónomos buscando
al mismo tiempo afirmar el propio yo. Para ser más precisos, cada uno de ellos
necesita poder ser él mismo y renunciar a la educación recibida y a las presiones
sociales. Los jóvenes en cuestión pueden estar bastante insertos en el campo
del estudio o en una actividad profesional, mientras algunos pueden encontrarse
en situaciones profesionales o personales bastante precarias: desocupación,
inestabilidad psicológica, comportamientos disgregados y numerosos problemas
de la vida. A menudo expresan el deseo de tener fe en sí mismos, quieren liberarse
de las dudas respecto a la existencia y de los miedos ligados a la idea de
un compromiso afectivo. A veces piden ayuda a sus padres, a pesar de experimentar
una cierta incomodidad en el trato con ellos. La mayor parte de ellos sigue
viviendo con sus padres[1], mientras otros, a pesar de vivir solos, aún son
dependientes. A menudo tienen necesidad de ser apoyados cuando se encuentran
confrontados con la realidad, para poderse aceptar, para aceptar la vida y
comenzar a actuar[2] en la realidad.
Igualmente están en búsqueda
de las razones para la vida sobre las que construir la existencia: la mayoría
está lejos de preocupaciones religiosas y a menudo reconoce no haber sido
sensibilizada ni educada en este campo. Aún les impresiona a estos jóvenes
el fenómeno sectario, el terrorismo y la guerra, que les da una visión inquietante
y conflictiva de la religión, en particular el Islam. La religión los atrae
y al mismo tiempo los inquieta, sobre todo cuando es presentada como fuente
de conflictos en el mundo, cosa que es un error de interpretación, porque
los conflictos en cuestión son de origen político y económico. Debemos aprender
siempre a vivir los unos con los otros. Por último, su conocimiento de la
fe cristiana y de la Iglesia queda ligada a un cliché y a la reconstrucción
intelectual que circulan en las representaciones sociales, en la ciencia ficción
de la televisión y del cine.
En una sociedad que, por
diversas razones, cultiva la duda y el cinismo, el miedo y la impotencia,
la inmadurez y el infantilismo, los jóvenes tienden a asirse a modalidades
de gratificaciones primarias y tienen dificultad en madurar, entendiendo por
madurez la personalidad que ha completado la organización de las funciones
basilares de la vida psíquica y que por lo tanto es capaz de diferenciar la
propia vida interior del mundo externo. Muchos jóvenes, que aún permanecen
en una psicología de fusión, tienen dificultad en realizar esta diferenciación;
aquello que sienten e imaginan, a menudo es sustituido por los hechos y la
realidad del mundo externo. Este fenómeno es ampliado y alimentado por la
psicología mediática, que inerva hoy los ánimos y el universo virtual, creado
por videojuegos y el Internet. Todo esto los predispone a vivir en lo imaginario
y en un mundo virtual, sin contacto con la realidad la que no han aprendido
a conocer y que los delude y deprime. Tienen un acercamiento lúdico a la vida,
con la necesidad de ir de juerga, sobre todo los fines de semana, sin saber
bien por qué; pero de este modo buscan ambientes totalizantes y sensaciones
que les dan la impresión de que existen. Queda aún por verificar si estas
experiencias crean o no relaciones verdaderas y contribuyen al enriquecimiento
afectivo e intelectual de su personalidad. Finalmente, son ambivalentes porque
quieren encontrar el modo tanto de entrar en la realidad como de huir de ella.
Los jóvenes de hoy son
como las generaciones precedentes: capaces de ser generosos, solidarios y
comprometidos con causas que los movilizan, pero tienen menos referencias
sociales y sentido de pertenencia que sus predecesores. Son individualistas,
quieren hacer su propia elección sin tener en cuenta el conjunto de los valores,
de las ideas o de las leyes comunes. Toman sus puntos de referencia de donde
sea para después experimentarlos en su modo de vivir. Tienden con facilidad
al igualitarismo y a la tolerancia, embebidos de la moda y de los mensajes
impuestos por los modos mediáticos, que de hecho les sirve de norma en la
cual se basan. Corren el peligro de caer en el conformismo de las modas, como
las esponjas que se dejan impregnar, en vez de construir su libertad partiendo
de las razones para vivir y amar, hecho que explica su fragilidad afectiva
y la duda sobre ellos mismos en la que se debaten.
Su vida afectiva está
marcada por muchas dudas, comenzando por aquéllas sobre la identidad, el sexo,
la familia. A veces experimentan una gran confusión respecto a los sentimientos
y no saben distinguir entre una atracción a nivel de amistad y una tendencia
homosexual. La coeducación, en la que han vivido desde la infancia, puede
complicar en el momento de la post-adolescencia la relación entre hombre y
mujer. Por último, el considerable aumento de los divorcios no favorece la
fe en el otro ni en el futuro.
Estas personalidades son
el resultado de una educación, de una escolarización, y a veces de una catequesis
que no forman suficientemente la inteligencia. Han sido acostumbradas a vivir
constantemente a nivel afectivo y sensorial, en detrimento de la razón en
cuanto a conocimiento, memoria y reflexión. Se mantienen cerca de todo tipo
de sensaciones, como las que han probado a través de la droga. En vez de decir:
"Pienso, luego existo", afirman con su comportamiento: "pruebo
las sensaciones, luego estoy calmado".
Cuando encuentran adultos
que de verdad lo son, que están en el puesto correcto y que son en grado de
transmitirles los valores de la vida, tal como lo sabe hacer el Papa Juan
Pablo II, escuchan lo que se les transmite sobre la experiencia cristiana,
a la espera de poder a su vez inspirarse en ella.
2. Un contexto
social que favorece la dependencia psicológica
Nos encontramos en una
atmósfera verdaderamente paradójica que afecta casi todas las áreas culturales:
por un lado se les quiere hacer autónomos a los niños cuanto antes, ya desde
la cuna y la guardería, y por el otro lado se ven adolescentes, y sobre todo
post-adolescentes, que se esfuerzan por llevar a cabo las operaciones psíquicas
de la separación, aunque desean hacerlo con palabras. Para liberarse de esta
dificultad, buscan apoyos psicológicos, sociales y espirituales en los cuales
apoyarse.
2. - 1 Una sociedad
que favorece el infantilismo
La educación contemporánea
produce sujetos demasiado apegados a las personas y a las cosas, por lo tanto,
aunque lo niegue produce seres dependientes. Durante la infancia sus deseos
y expectativas han sido de tal manera estimulados a costa de la realidad externa
y de las exigencias objetivas, que terminan por creer que todo es maleable
sólo en función de los propios intereses subjetivos. Después, al inicio de
la adolescencia, a falta de recursos suficientes y de un puntal interior,
intentan desarrollar lazos de dependencia en la relación con el grupo o la
pareja. Si he inventado la expresión de "pareja- bebé"[3], lo he
hecho precisamente para designar su economía afectiva, que no siempre se distingue
entre sexualidad infantil y sexualidad relativa al objeto. De hecho pasan
del apego a los padres al apego sentimental, quedándose siempre en la misma
economía afectiva.
Preocupándose justamente
de la calidad de la relación con el niño, la educación se ha centrado demasiado
en el bienestar afectivo, a veces a costa de la realidad, del saber, de los
códices culturales y de los valores morales, sin ayudar a los jóvenes a edificarse
interiormente. Por consiguiente, tienden más a una expansión narcisista que
a un verdadero y auténtico desarrollo personal, que a menudo crea personalidades
ciertamente moldeables y simpáticas, pero a menudo también superficiales e
incluso insignificantes, que no siempre tienen el sentido del límite y de
la realidad. Pueden ser descarados, a veces demasiado familiares, confundiendo
el códice personal con el social, olvidándose del sentido de la jerarquía,
de la autoridad, de lo sacro y de las formas y las reglas del "cómo
se debe hablar". Algunos ni han aprendido las reglas de la convivencia
social, comenzando por aquéllas del código vial y terminando con los ritos
de la vida familiar y social.
Los adultos que han hecho
de todo para que no les faltase nada, inducen a los jóvenes a que crean que
tienen que satisfacer cada uno de sus deseos, confundiéndolos con la necesidad;
los deseos, en cambio, no son destinados para ser realizados, pues son únicamente
fuente de inspiración. Al no haber hecho la experiencia de la falta, de la
cual se elaboran los deseos, los jóvenes son indecisos e inciertos y por ello
les cuesta diferenciarse y destacarse de los objetos primarios para vivir
la propia vida. Crecer implica separarse psicológicamente, abandonar la infancia
y la adolescencia; pero para muchos tal separación es difícil porque los
espacios psíquicos entre padres e hijos se confunden.
Significativa es la experiencia
de Laurent, 28 años, casado y padre de un niño:
"Me clasifican de
adulto, pero no me reconozco como tal, y el mundo de los adultos no me interesa.
Tengo dificultad en hacer mía esta dimensión. Para mí, los adultos son mis
padres. Estoy en contradicción conmigo mismo: interiormente me veo como un
niño o un adolescente, con angustias terribles, pero hacia afuera ya soy un
adulto y en el trabajo me consideran como tal. En la sociedad nada nos ayuda
a hacernos adultos."
También es verdad que,
al magnificar la infancia y la adolescencia, la sociedad deja entender que
no quiere crecer y existir como adulto, de modo que es difícil liberarse de
los modos de gratificación de la infancia para acceder a satisfacciones superiores.
2. - 2 Una esperanza
de vida más larga
El alargamiento de la
vida deja suponer que el individuo tenga todo el tiempo para prepararse a
vivir una vida comprometida. La esperanza de vida crea por lo tanto hoy más
que en el pasado las condiciones objetivas para poder permanecer joven, entendiendo
la juventud como el período de la indecisión, si no de la indistinción, entre
uno mismo, los demás y la realidad, o aún de la indiferenciación sexual ,
con la ilusión de que la mayor parte de las posibilidades se quedarán siempre
abiertas. Esta vaga concepción de la existencia, propia de la adolescencia,
es muy preocupante cuando continúa en los post-adolescentes, tan inciertos
en sus motivaciones al no tener fe en sí mismos. Algunos sufren de este estado
de cosas, temiendo incluso una cierta despersonalización en el trato con los
demás. Muchos postergan los plazos y viven de modo provisional, sin saber
si podrán continuar con lo que han empezado en los diversos ámbitos de la
existencia. Otros aún viven la época de la juventud como finalidad en sí y
como un estado duradero.
En efecto, hoy hay jóvenes
metidos en procesos de maduración que requieren mucho tiempo y se caracterizan
por una condición de moratoria, es decir, por una suspensión de los plazos
y de las obligaciones ligadas al paso hacia la vida adulta. Aquéllos, a los
que no les interesa particularmente hacerse adultos[4], no viven su juventud
como una fase propedéutica para el ingreso de la vida adulta, sino como un
tiempo que tiene validez en sí. En el pasado, en cambio, el período de la
juventud se vivía en función de la vida sucesiva y de una existencia autónoma:
la juventud era, por lo tanto, una etapa preparatoria. En nuestros días, una
juventud así prolongada provoca una cierta indeterminación en la elección
del tipo de vida. Algunos prefieren postergar los plazos definitivos y atrasar
así el ingreso en la vida adulta o la asunción de compromisos definitivos.
Al no preguntarse sobre sus problemas de autonomía, no se sienten obligados
a hacer elecciones fundamentales. Por otro lado, en diversos sectores de la
vida se nota una fuerte tendencia a la experimentación: así los jóvenes pueden
dejar la familia, pero vuelven a ella después de un fracaso o una dificultad.
La diferencia principal respecto a la mayor parte de las generaciones precedentes
(que hacían una elección precisa con una prioridad precisa) consiste en la
propensión de vivir contemporáneamente diversos aspectos de la vida, aspectos
a veces contradictorios, sin jerarquizar las propias necesidades y valores.
Algunos jóvenes son hoy muy dependientes de la necesidad de hacer experiencias
porque, por la falta de transmisión de valores, piensan que no se sabe nada
de esta vida y que todo aún se debe descubrir e "inventar". Por
eso, a menudo presentan una identidad vaga y flexible frente a la multiplicidad
de las solicitudes contemporáneas, sean éstas regresivas o, por el contrario,
enriquecedoras.
2. - 3 Una infancia
acortada por una adolescencia más larga
¡Una de las mayores paradojas
de nuestra sociedad occidental consiste en hacer crecer a los niños demasiado
rápido, animándolos al mismo tiempo a permanecer adolescentes el mayor tiempo
posible![5]
Se incita a los niños
a tener comportamientos de adolescentes cuando aún no tienen las competencias
psicológicas para asumirlos. De ese modo, desarrollan una precocidad que no
es fuente de madurez, saltándose las tareas psicológicas propias de la infancia,
lo que les puede perjudicar en su futura autonomía, como lo demuestra la multiplicación
de los estados depresivos de muchos jóvenes.
Los mismos post-adolescentes
se lamentan de una falta de puntales interiores y sociales, en particular
aquéllos que, después de largos estudios, se embarcan en empresas con su diploma
recién sacado y deben de repente asumir responsabilidades. En algunos jóvenes,
entre los 26 y 35 años, se detecta una serie de depresiones existenciales,
porque no tienen imágenes-guía de la vida adulta que les ayuden a poner su
existencia en armonía con la realidad.
El tiempo de la juventud
siempre se ha caracterizado por una cierta inmadurez: ciertamente esto no
es ninguna novedad. En cierta época esta inmadurez era compensada por la sociedad
que se ponía más de lado de los adultos, incitándolos por lo tanto a crecer
y a alcanzar la realidad de la vida. Hoy, por el contrario, la sociedad no
sólo ofrece menos apoyo dejando que cada uno se las arregle por sí mismo,
sino que les hace incluso creer que se puede permanecer en los primeros estadios
de la vida sin tener que elaborarlos ni tener que vivir demasiado pronto un
cierto número de experiencias. Hay que decir a un adolescente, que asume conductas
precoces, que no tiene la edad para hacerlo, situándolo así en una óptica
histórica de evolución y maduración. Es de este modo que se adquiere la madurez
temporal.
3. Las tareas
psíquicas a desarrollar
Desde hace algunos años
observamos atrasos en la formación de la personalidad juvenil. La mayor parte
de los adolescentes[6] vive bastante bien el proceso de la pubertad y de la
adolescencia propiamente dicha, sin tener verdaderas dificultades, salvo alguna
rara excepción. Por el contrario, la situación de los post-adolescentes entre
los 22 y 30 años, es a menudo más delicada, subjetivamente conflictiva y atormentada
por luchas psíquicas que antes aparecían y se trataban en la adolescencia
(18-22 años). A la confrontación entre la representación de sí mismo y la
vida se suma ahora un conflicto interno.
3. - 1 La fe en
sí mismo
La necesidad de conocerse
y de tener confianza en sí mismo es una aspiración propia de esta fase de
la vida. Pero bajo el peso de los interrogativos no resueltos y de los fracasos,
el sentido de sí mismo se puede volver a poner en discusión. De repente el
sujeto se siente más frágil porque ya no es capaz de asegurar, como en el
pasado, la propia continuidad. Por ello intenta ser él mismo y se hace muy
sensible a todo aquello que no es auténtico en él.
El desarrollo psicológico
de la post-adolescencia se efectúa esencialmente en la articulación de la
vida psíquica con el ambiente circundante, que puede suscitar y reactivar
angustias e inhibiciones ligadas, por ejemplo, a un sentido de impotencia
que se traduce en el temor de no poder acceder a la realidad y por ello en
la autoagresión o en la agresión de las figuras parentales extendidas al mundo
de los adultos. Esto incluso puede favorecer una actitud anti-institucional
o anti-social, pero también puede hacer surgir el problema de la capacidad
de valorarse (ligada a la estima o al desprecio de sí mismo) y la necesidad
de ser reconocido por los padres, sobre todo por el padre. El sujeto puede
estar aún más centrado en sí mismo evitando la realidad externa, que a veces
está poco o mal interiorizada: la prueba de la realidad da miedo. Pero cuando
choca con los límites de lo real, arriesga de perder el propio equilibrio
y de ceder a pensamientos depresivos, sin poderse identificar con objetos
que despierten su interés o su amor. Uno de estos límites es el del tiempo.
La catequesis puede ayudar
a los jóvenes a aprender y a amar la vida, a imagen de Cristo, que se ha encarnado
en el mundo revelándonos que somos llamados por Dios a la vida y al amor.
3. - 2 La relación
con el tiempo
El post-adolescente a
menudo está empeñado en una tarea psíquica que le permitirá acceder a la madurez
temporal, la que no obstante entre los 24 y 30 años presentará también una
dificultad. A veces, en vez de conjugar su existencia asociando el pasado,
presente y futuro, algunos jóvenes la viven en un hoy ilimitado, yendo de
un instante al otro, de un acontecimiento al otro, de situaciones y decisiones
tomadas en el último minuto hasta el momento en que se interrogan sobre la
coherencia entre todas las cosas que viven, a menos que no inventen otras
divisiones que no les ayudarán a hacer la síntesis en ellos mismos.
La inmadurez temporal
no siempre permite proyectarse en el futuro, futuro que puede angustiar a
los post-adolescentes no a causa de una incerteza social y económica, sino
porque, psicológicamente hablando, no saben anticipar ni valorar los proyectos
ni las consecuencias de la circunstancias y de sus acciones, porque viven
únicamente en el presente. Cuando aún no han llegado a la madurez temporal,
a algunos post-adolescentes les cuesta desarrollar una conciencia histórica.
No saben inserir su existencia en el tiempo - o temen de hacerlo - y por ello
son incapaces de tener el sentido del compromiso en muchísimos campos. Viven
con mayor facilidad en la contingencia y en la intensidad de una situación
particular que en la constancia y continuidad de una vida que se elabora en
el tiempo. Lo cotidiano aparece como la espera de un momento excepcional,
en vez de ser el espacio en el que se teje el compromiso existencial.
El aprendizaje del sentido
del compromiso inicia con el desarrollo de una solidaridad y de proyectos
en el ámbito de la comunidad cristiana al servicio de los demás. Tal aprendizaje
del compromiso, entendido como entrada en la historia, puede ser estimulado
por el descubrimiento y la reflexión en torno a la historia de la salvación
en Jesucristo.
3. - 3 Ocupar
el propio espacio interior
A muchos jóvenes les cuesta
llenar su vida psicológica y espacio interior. Incluso se pueden sentir incómodos
al probar dentro de sí diversas sensaciones que no saben identificar o, por
el contrario, al buscarlas fuera de las relaciones y de las actividades humanas.
Nos encontramos cada vez
más ante personalidades impulsivas, muy ocupadas en hacer cosas, pero que
difícilmente saben, en el mejor de los casos, cómo se debe tomar la acción
y relacionarla con la reflexión. Puesto que no disponen de recursos internos
y culturales, ni saben hacer funcionar la mente, se lamentan a menudo de la
falta de concentración y de la dificultad de un trabajo intelectual continuo
a largo plazo, demostrando así la pobreza de su interioridad y de los cambios
inter-psíquicos; la reflexión los preocupa. Tienen la necesidad de educar
la propia voluntad que amenaza con ser inconstante y frágil.
Ponerlos frente a interrogativos
o ante algunos problemas que deben afrontar les desespera, como es el uso
de la droga con la que quieren animarse, controlarse u obtener los mejor de
sí mismos. Prefieren refugiarse en la acción y utilizan en modo repetitivo
el pasar al acto, no para obtener un placer, sino para descargar la tensión
interior, para partir de cero, para no experimentar más tensiones dentro de
sí. De este modo no sólo descartan lo que sucede dentro de ellos, sino también
su propia actividad interna.
En los post-adolescentes
a menudo se nota la falta de objetos de identificación fiables y válidos,
que les ayude a desarrollar un material psíquico con el que construir su interioridad.
Aquí nos encontramos con el problema de la transmisión en el mundo contemporáneo:
transmisión cultural, moral y religiosa. La carencia de interioridad favorece
psicologías ansiógenas, más prontas a responder a los estados primarios de
la pulsión que a empeñarse en la formación interior[7]. Pero la inmensa mayoría
se busca un pretexto en la propia existencia para alimentarse intelectualmente;
lo hace más a partir de lo que percibe subjetivamente que inspirándose en
las grandes tradiciones religiosas o morales, de las que permanece relativamente
distante.
Tienen un modo de pensar
narcisista, en el que cada uno debe bastar se a sí mismo y debe reconducir
todo a uno mismo, según la moda actual del "todo psicológico", la
cual quiere hacer creer que es posible hacerse a uno mismo, inspirándose más
en las propias emociones y sensaciones que en los principios de la razón,
en una palabra inteligible como la de la fe cristiana y de los valores de
la vida. La mínima dificultad existencial es etiquetada con términos psicopatológicos
que debería ser tratada con la psicoterapia: es un error de la perspectiva
que se infiltra en el acompañamiento psico-espiritual o en los ritos de curación.
De hecho es aberrante querer afrontar los dos discursos, el psicológico y
el religioso, desde el ángulo de la psicoterapia. También el tema de la "resiliencia"[8]
es la nueva ilusión de las personalidades narcisistas. Por otro lado se trata
de una noción confusa que busca tener en cuenta el hecho de que algunos individuos
se las arreglan mejor que otros, mientras que el cristianismo, desde hace
mucho tiempo, ha demostrado que la persona no se reduce a su propio determinismo.
En un mundo privo de recursos morales y religiosos, la "resiliencia"
será pronto superada, porque, para propagarse necesita un dinamismo interior
que no se puede constituir y nutrir si no es mediante el aporte del mundo
externo. El sujeto no puede organizar su propia vida interior en un cara a
cara consigo mismo, sino sólo en la interacción con una dimensión objetiva.
Así la catequesis y la
educación religiosa corren el riesgo de adoptar el subjetivismo imperante,
sobre todo ahora que se afirma que no hay una "revelación objetiva"
de la palabra de Dios, sino que ésta puede manifestarse sólo en la fe vivida
subjetivamente. En este contexto, Jesús no es otro que uno de tantos "profetas"
o "sabios", completamente apartado de su papel de mediador entre
el Padre y los hombres, en cuanto Hijo de Dios. Influidos por una visión imanente
y subjetiva de Dios, tan vecina a la de una divinidad pagana, los jóvenes
se comprometen en las catequesis escolares y universitarias, en el diálogo
interreligioso (confundido con una especie de ecumenismo) sin estar estructuradas
en la fe cristiana; mezclan las ideas de las diferentes confesiones, como
si se tratase de la misma representación de Dios. Al no haber interiorizado
la inteligencia de la fe en el Dios trino, construyen un discurso religioso
sobre el modelo de los mecanismos de la relación de fusión, entregándose
a la tolerancia, a la confusión de los espacios, al igualitarismo para no
diferenciarse, y también a un modo de expresarse de manera sensorial. Pero
las diferentes ideas sobre la representación de Dios, según las diversas confesiones
religiosas, no dan el mismo sentido del hombre, de la vida social y de la
fe.
La mayor parte de la sociedad
occidental no ha querido efectuar la transmisión hasta poner en duda los fundamentos
sobre los cuales ésta se ha desarrollado. La dimensión cristiana a menudo
ha sido excluida, mientras - por el contrario - contribuye en la edificación
del vínculo social y en la constitución de la vida interior de los individuos.
La crisis de la interioridad contemporánea comienza precisamente con carencia
de iniciación para después perderse en el individualismo y subjetivismo psicológico.
La psicologización ideológica de la sociedad es desestructurante porque los
individuos no hacen otra cosa que contarse cosas y analizarse hasta el desvanecimiento.
La reflexión subjetiva, que en ciertos casos puede ser necesaria, nunca es
exclusiva: hace falta poder construir la propia existencia teniendo en cuenta
también otra dimensión que no sea la de uno mismo, dimensión que a su vez
revela y dinamiza al individuo, dimensión que es social, cultural, moral y
religiosa. Hace falta poder concebir la propia vida en un contexto de todas
estas realidades, sin encerrarse en las propuestas psicológicas tan de moda
hoy en día.
La catequesis, la educación
para el sentido de la oración y de la vida litúrgica y sacramental puede hacer
mucho para ayudar a los jóvenes a apropiarse de su interioridad, de su espacio
psíquico y físico. Los ritos, las insignias y los símbolos cristianos pueden
participar en esta construcción interior y precisamente por esto son tan apreciados
por los jóvenes, para sorpresa de los adultos. La vida interior se constituye
así en relación con una realidad y una presencia externa. La Palabra de Dios,
transmitida por la Iglesia, desempeña este papel poniendo a los jóvenes en
relación con Dios, que se puede encontrar a través de las mediaciones humanas
inauguradas por Cristo, que de este modo se han convertido en signo de su
presencia. En la oración confiada, guiada y sostenida por la Iglesia, se establece
una relación privilegiada entre Dios y aquellos que Él llama para que lo conozcan.
La experiencia orante es el crisol de la interioridad humana como en tantas
ocasiones lo ha demostrado la JMJ. Es por lo tanto en esta línea en la que
se debe continuar con el esfuerzo educativo.
4. La vida afectiva
de los jóvenes
4. - 1 Estado
general de la afectividad
Las psicologías contemporáneas
están influidas por representaciones sociales centradas en una vida afectiva
y sexual fragmentada. La expresión afectiva debe ser inmediata, como una llamada
telefónica o una conexión por Internet, sin respetar los términos y el sentido
de la construcción de una relación. También las imágenes de los medios de
comunicación y de las películas se caracterizan actualmente por una expresión
sexual fácil, de fusión y del momento.
Algunos jóvenes también
están condicionados por la separación y el divorcio de sus padres, que en
lo profundo de su vida psíquica han imprimido la desilusión y la falta de
confianza en el otro y a veces en el futuro. Las personalidades actuales reivindican
la autonomía, mas no saben separarse de los objetos infantiles. El problema
es trasladado a las personas, de las cuales se separan cuando apenas surge
un problema. Paradójicamente, los jóvenes manifiestan también el miedo de
ser rechazados, unido a la necesidad de ser tranquilizado por la imagen que
les es remitida por los demás. Esta actitud es el resultado del tipo de vida
familiar fragmentada que se está difundiendo en el occidente.
Finalmente, son bastante
influidos por el exhibicionismo sexual que se ensaña por medio de la pornografía
y la banalización de una sexualidad impulsiva y anti-relacional. Estudios
recientes han mostrado que el 75% de las películas que se ven en la televisión
por cable son pornográficas, con escenas cada vez más violentas y agresivas,
porcentaje que aumenta hasta un 92% entre los clientes de los hoteles. La
proliferación de imágenes sexuales demuestra que vivimos en una sociedad erótica,
que permanentemente excita a los individuos desde el punto de vista sexual,
condicionando fuertemente la elaboración de la sexualidad juvenil. Muchos
jóvenes, de hecho, visitan las páginas web pornográficas, y algunos de ellos,
así alimentados, se encierran en una sexualidad imaginaria y violenta, en
la que domina una masturbación vivida como fracaso de llegar al otro y que
por lo tanto puede complicar la elaboración del impulso sexual. La masturbación,
si dura en el tiempo, es siempre síntoma de un problema afectivo y de una
falta de madurez sexual: la posterior vida de pareja, en su expresión sexual,
puede resentirse de esta dependencia de una sexualidad narcisista.
La mayor parte de los
jóvenes aún es sensible a un discurso que revele el sentido del amor humano,
de pareja y de la familia, hecho que manifiesta la necesidad de aprender a
amar y de ser creadores de relaciones y de vida.
4. - 2 De la coeducación
a la relación unisexuada
Los jóvenes están acostumbrados
a una forma de coeducación de ambos sexos que no contribuye, como se había
esperado, al desarrollo de una relación igualitaria y de mejor cualidad entre
el hombre y la mujer, por el contrario, ha favorecido la confusión de la identidad
sexual y de la vacilación en las relaciones. Recojamos aquí los frutos ideológicos
del feminismo que confunde la igualdad de sexos, que no existe, con la de
las personas. El feminismo norteamericano y conductual ha empujado al odio
hacia el hombre y al rechazo de la procreación, animando al puritanismo y
a nuevas inhibiciones, interpretando el mínimo gesto, palabra o mirada como
un intento de agresión, de acoso sexual o incluso de estupro. Además de estas
aberraciones, que se incluyen cada vez más en las leyes europeas, se ha presentado
la procreación como una limitación para la mujer y como una dimensión que
no debe entrar en la definición de la femineidad. La coeducación ha sido condicionada
por este feminismo, que no ha preparado a los jóvenes para que aprendieran
a vivir una relación de pareja formada por un hombre y una mujer, y por ello
es una coeducación que oscila entre la unisexualidad (confusión sexual) y
el alejamiento de los individuos (celibato y aislamiento).
La mayor parte de los
post-adolescentes ha pasado la infancia en el universo de la coeducación.
Era fácil de prever[9] que la coeducación, que nunca se había pensado en términos
de psicología diferencial y de pedagogía, diera origen a nuevas inhibiciones
entre chicos y chicas y a la alteración de los vínculos sociales. Hoy apenas
se comienza a prestar atención a los interrogativos que suscita y a salir
del moralismo que la ha provocado. Hay edades en las que la coeducación es
más indicada que otro tipo de educación. La experiencia demuestra una vez
más que durante la adolescencia ésta es un freno y que impide el desarrollo
de la inteligencia, de la afectividad y de la sexualidad. A menudo termina
por ser vivida por medio de la seducción y agresión sexual o, por el contrario,
algunos jóvenes se apartan de ahí para volverse a encontrar con los del propio
sexo; este pasatiempo corresponde con la necesidad de asegurar y sostener
la propia identidad, mientras que la coeducación desemboca en la confusión
de los sexos. La coeducación ha favorecido la indecisión en la relación entre
el hombre y la mujer durante la post-adolescencia, incluso el celibato y una
forma de homosexualidad reactiva para diferenciarse, paradójicamente, del
otro sexo y confirmarse en la propia identidad sexual. Los niños y los adolescentes
necesitan elaborar su tendencia de fusión, mientras que la coeducación termina
por encerrarlos en ésta, impidiéndoles adquirir el sentido de la diferencia
sexual y de la relación entre un sujeto y otro.
Así algunos han podido
vivir durante la adolescencia uniones sentimentales y relaciones de pareja
provisionales, o incluso experiencias sexuales. Su despertar afectivo-sexual
comienza por lo tanto por medio de elecciones sentimentales, pero que por
lo general no perdurarán o que se mantendrán como relaciones fraternales sin
expresión sexual. Después, en el momento de la post-adolescencia, cuando podrían
comprometerse en una relación afectivo-sexual, sucede todo lo contrario. De
hecho a menudo experimentan la necesidad de encontrarse entre "solteros"
y con compañeros sociales del mismo sexo para compartir juntos diversas actividades
y momentos de diversión. Después de haber hecho la experiencia de uniones
sentimentales sin llegar a un compromiso y finalizados a manera de Edipo,
en la post-adolescencia quieren vivir su vida afectiva a nivel social y de
mantener las distancias en relación al sexo opuesto, cosa que no han podido
hacer durante la adolescencia.
Algunos jóvenes adultos,
pero también los menos jóvenes, están descubriendo la necesaria separación
de los sexos. Por ejemplo, hay mujeres que tienen la necesidad de estar entre
ellas para discutir sus cosas, salir o compartir actividades sólo "entre
mujeres", sin sus compañeros. Los hombres a su vez hacen exactamente
lo mismo, frecuentando lugares y manteniendo actividades sólo para ellos.
Volvemos a encontrar este fenómeno en la nueva situación de co-inquilinos
en la que los jóvenes entre 25 y 35 años, con una actividad profesional, alquilan
juntos un apartamento que comparten con jóvenes del mismo sexo, pero raramente
con jóvenes de ambos sexos.
Es importante que los
hombres y las mujeres se puedan estructurar en su propia y respectiva identidad,
y la educación debe preocuparse de esto desde la infancia.
4. - 3 El miedo
a comprometerse
Es típico que la pareja
formada por jóvenes sea incierta y temporal, cuando está fundada únicamente
en la necesidad de ser protegidos y estar cobijados, y también en la inestabilidad
de los sentimientos, sin que éstos estén integrados en un proyecto de vida
y en el sentido del amor.
La mentalidad reinante,
a su vez, tampoco simplifica la tarea de los jóvenes, porque presenta la separación
y el divorcio como norma para tratar los problemas afectivos y relacionales
en el ámbito de la pareja. En Francia, la ley del 1974 sobre el divorcio consensual
no ha hecho más que extender y normalizar el divorcio, que sigue siendo un
flagelo social. Una sociedad que pierde el sentido del compromiso y la elaboración
de los conflictos y de las fases del desarrollo es una sociedad priva del
sentido del futuro y de la continuidad. El divorcio se ha convertido en una
de las causas de la inseguridad afectiva de los individuos que repercute en
los vínculos sociales y en la visión del sentido del compromiso en todos los
campos de la vida, visión esta que se transmite a los jóvenes. Queriendo facilitar
cada vez más el divorcio, el poder público pierde el tiempo con el síntoma,
sin ver las causas sobre las que habría que actuar, y mucho menos las consecuencias
de las leyes que están minando la cohesión social.
El temor a comprometerse
afectivamente domina la psicología juvenil, que es vacilante, incierta y escéptica
en el sentido de una relación duradera. Los jóvenes piensan que permanecen
libres al no comprometerse, y mientras actúan así terminan por rechazar la
libertad, porque al comprometerse se descubren libres y se hace uso de la
propia libertad. El celibato prolongado los habitúa a vivir y a organizarse
por su cuenta. A algunos les cuesta aceptar la presencia continua de otro
en su vida cotidiana; esto les angustia, dándoles la sensación de perder la
propia libertad. Por lo tanto alternan momentos en los que viven con otros
y momentos en los que viven solos. A los 35 años piensan todavía que son inmaduros
y que no están preparados para comprometerse, y que aún necesitan tiempo.
Pero cuánto más pasa el tiempo, menos se desarrolla su mentalidad para hacerlos
capaces de relacionarse con el otro que, por otro lado, quieren amar.
Los sondeos aún demuestran
que la mayoría de los jóvenes quiere casarse y fundar una familia, aunque
los jóvenes no siempre sepan cómo se constituye una relación en el tiempo.
Quisieran estabilizar la relación ya desde el inicio y resolver todos los
problemas respecto al presente y al futuro. Sin duda los jóvenes tienen la
necesidad de aprender a hacer la experiencia de la fidelidad en la vida cotidiana:
es un valor que recoge el consenso unánime de los jóvenes, pero que no es
valorizado por los medios contemporáneos. En el mensaje de la sociedad predominan
el miedo al matrimonio y a tener hijos, hecho que no ayuda a tener fe en sí
mismo y aún menos en la vida, que según ellos debería limitarse y agotarse
con su historia personal.
De hecho, tanto la sociedad
como sus leyes (ver en Francia el "pacs", pacto civil de solidaridad,
que da un estatuto jurídico a una relación antinómica y a menudo provisional)
no favorecen el sentido de la duración y del compromiso, mientras cultivan
la precariedad afectiva y la fragilidad del vínculo social en vez de privilegiar
el matrimonio. Sin embargo muchos jóvenes sienten la necesidad de saber perseverar
frente a una concepción de tiempo breve y dividido.
Vivimos en una sociedad
que siembra la duda respecto a la idea de comprometerse en el nombre del amor.
Los jóvenes desean hacerlo y por ello se les debe acompañar para que puedan
descubrir que es posible la fidelidad como también los caminos que conducen
a ella.
4. - 4 La bisexualidad
psíquica
El post-adolescente también
debe afrontar la bisexualidad psíquica, resultado de sus identificaciones
con ambos sexos y no debido al hecho de ser a la vez hombre y mujer, para
así poder interiorizar la propia identidad sexual y encaminarse hacia la heterosexualidad.
La bisexualidad psíquica es la capacidad de relacionarse con el otro sexo,
en coherencia con la propia identidad sexual tanto en la vida afectiva como
en la social. Ya lo hemos dicho, durante la post-adolescencia la vida psíquica
comienza a interactuar con la realidad externa. Pero la sociedad actual mantiene
una cierta confusión acerca de las dos únicas identidades sexuales existentes,
aquélla del hombre y la de la mujer, mediante tendencias sexuales multíplices
y prácticas sexuales relativas a la separación de las pulsiones. No hay que
confundir la identidad con las orientaciones sexuales, y menos aún cuando
éstas están en contradicción con la identidad sexual. En tal contexto no es
fácil encontrar la propia identidad y la coherencia a nivel sexual, sobre
todo cuando la homosexualidad es valorizada y presentada como una alternativa
a la heterosexualidad. La elaboración de la bisexualidad psíquica corre el
riesgo de comprometerse y, como las relaciones entre hombres y mujeres se
complican hasta el punto de animar al celibato del 'cada uno en su casa',
el modelo social de la homosexualidad es banalizado.
Muchos adolescentes y
post-adolescentes son inquietos e inestables cuando se encuentran con que
tienen que afrontar la bisexualidad psíquica. Algunos a veces interpretan
como homosexualidad constitutiva y permanente su ambivalencia pasajera, frecuente
en la adolescencia. Piensan que son homosexuales sin desearlo ni quererlo,
pero a veces viven de pasada como tales para experimentar la homosexualidad,
hecho que los irá minando psicológicamente. Cierto que todos los individuos
han sido llevados a vivir identificaciones homosexuales para confrontar la
propia identidad sexual, comenzando por el padre o la madre del mismo sexo,
pero cuando estas identificaciones sufren un fracaso, corren el riesgo de
ser erotizadas y desembocan en la homosexualidad. Hay que recordar que la
elección del objeto homosexual, inherente a la vida psíquica, no se confunde
con la homosexualidad en la cual un sujeto puede eventualmente orientarse.
La homosexualidad no es
una "variante" de la sexualidad humana comparable con la heterosexualidad,
pero es la expresión de una tensión conflictiva no resuelta en el ámbito de
una tendencia que se aparta de la identidad sexual.
La educación al sentido
del otro y al sentido de la diferencia entre el hombre y la mujer es el punto
cardinal del descubrimiento del verdadero sentido de la alteridad.
5. Los jóvenes
y las nuevas influencias ideológicas
El derrumbe de las ideologías
políticas en provecho del liberalismo de la sociedad de consumo y del crecimiento
del individualismo, han favorecido el menosprecio respecto a la actividad
política y del sistema de representación democrática. Los grandes desafíos
sociales han sido reemplazados por las reivindicaciones subjetivas y sectoriales.
Por otro lado se nota
que la actividad política pierde crédito ante los ojos de las jóvenes generaciones
cuando ya no es capaz de perseguir el interés general. La valorización del
matrimonio, la familia compuesta de un hombre y una mujer con sus hijos, la
escuela y la educación, la formación al sentido de la ley civil y moral, la
inserción social y profesional de las nuevas generaciones, la calidad del
ambiente, el sentido de la justicia y la paz, son algunos de los proyectos
que hay que sostener para despertar el interés de los jóvenes en la vida política.
Examinemos ahora la influencia que algunas tendencias ideológicas ejercen
sobre los jóvenes.
5. - 1 La teoría
del gender
Como ya hemos dicho, nuestra
sociedad está actualmente influenciada por la confusión sexual. La teoría
del gender deja entender que la diferencia sexual, o sea el hecho de ser un
hombre o una mujer, es de una importancia secundaria a la hora de fundar el
vínculo social y las relaciones afectivas que se contraen en le matrimonio
y que contribuyen a crear una familia. Según esta teoría se debería, por el
contrario, privilegiar y reconocer el género sexual, que ya no depende del
género masculino o femenino, sino aquél que cada uno se construye subjetivamente
y que se orienta hacia la heterosexualidad, la homosexualidad, la transexualidad.
Así se podrá hablar de pareja y de familia heterosexual u homosexual, dicho
de otra manera, la diferencia sexual se sustituiría por la diferencia de la
sexualidad.
La teoría del gender está
ampliamente difundida por la Comisión de las Poblaciones de la ONU y del Parlamento
europeo para obligar a los países a que modifiquen su legislación para que
reconozcan, por ejemplo, la unión homosexual o la "homogenitorialidad"
mediante la adopción. Esta nueva ideología representa una verdadera manipulación
semántica porque aplica la noción de pareja y de ser padres a la homosexualidad,
mientras que la pareja implica la asimetría sexual y se basa sólo en la relación
entre un hombre y una mujer. Además la homosexualidad no puede estar en el
origen del matrimonio y del ser padres y carece de cualquier valor social.
En cuanto a la problemática individual, aquélla no puede ser una norma social
reconocida como valor a partir de la cual se eduque a los hijos.
La educación tiene que
tener como meta la renovación de una civilización fundada en la pareja formada
por un hombre y una mujer. No en vano la Biblia comienza con la existencia
de una pareja cuya relación es a imagen de la relación de Dios con la humanidad.
Tenemos que abrirnos a una cultura de la alianza para no caer en el torbellino
de una lucha de poderes entre los sexos.
5. - 2 La sociedad
del mercado y liberalismo
La mayor parte de los
jóvenes es esclavo de las normas de la sociedad del mercado; la publicidad
exige ampliamente la satisfacción de los deseos inmediatos. La organización
política de la sociedad reposa en la mentalidad mercantilista, que transforma
a los ciudadanos en consumidores. Las reglas económicas reemplazan las reglas
morales, dictan leyes e imponen su sistema de referencia y de valoración en
todos los campos de la existencia con el consenso del poder político: la educación,
la enseñanza, la salud, el trabajo, la vejez son regulados según las normas
económicas en detrimento de los valores de la vida. Al centro de este mecanismo
no están la persona y el bien común, sino el costo y el beneficio. La dictadura
del dinero y de la economía construye, a través de la publicidad, una visión
de la existencia en la que aquello que no rinde no debe existir, lo que contribuye
a alterar el sentido de la persona humana, del vínculo social y del bien común.
5. - 3 Laicización
y exclusión de lo religioso
El cristianismo está al
inicio de la noción que distingue el poder religioso del poder temporal. En
el curso de la Historia, aunque hayan existido momentos de confusión, el poder
político a menudo a querido dictar leyes a la Iglesia, interviniendo, por
ejemplo, en las decisiones de los concilios. No es tanto el poder religioso
el que ha querido extender la propia influencia sobre el poder temporal, aunque
en alguna sociedad la Iglesia a veces ha tenido que organizar la vida de la
sociedad antes de devolverle el poder a aquel que debía ejercerlo; pero es
el poder político el que a menudo se ha mostrado celoso del poder religioso,
vigilándolo, encuadrándolo, poniéndolo en duda e incluso neutralizándolo.
La laicización, cuando
supera el ámbito de la diferenciación de los poderes, pone varios problemas
e influye en concepción de la dimensión religiosa inherente a la existencia.
La laicización así se ha desarrollado en oposición al papel y a la influencia
de la Iglesia: se debía excluir lo religioso del campo social, relegándolo
a una cuestión privada dependiente de la conciencia individual; esta era la
manera de mutilar a la Iglesia. Es un fenómeno que ha continuado con la laicización
de la moral, separada de los principios universales que pueden ser descubiertos
por la razón, para confundirla con la ley civil votada democráticamente. Así
la legalidad ha sustituido la moralidad creando confusión en las conciencias
de muchos jóvenes, de modo que llegan a creer que aquello que es legal tiene
también un valor moral. La ley civil, al contrario, no dice qué cosa es moral:
organiza sólo la vida de la sociedad, pero esta organización o reglamentación
mediante los derechos y los deberes de los ciudadanos sólo se pueden fundar
sobre los principios que respeten la dignidad de la persona humana y los valores
de la vida[10] que trascienden todas las leyes.
Después de haber laicizado
a la sociedad y la moral, le toca ahora a la religión de ser laicizada. La
vida espiritual se confunde con la vida intelectual y poética, la Biblia es
traducida por no-creyentes y por escritores de diferentes corrientes de opinión,
mientras se va promoviendo una lectura laica de los Evangelios. El Papa Juan
Pablo II a menudo ha subrayado el modo contradictorio en el que se aborda
la Biblia: "...el hombre de hoy, defraudado por numerosas respuestas
insatisfactorias a los interrogantes fundamentales de la vida, parece abrirse
a la voz que proviene de la Trascendencia y se expresa en el mensaje bíblico.
Pero, al mismo tiempo, se muestra cada vez más refractario a la exigencia
de comportamientos en armonía con los valores que la Iglesia presenta desde
siempre como fundados en el Evangelio. Se producen entonces intentos muy variados
de separar la revelación bíblica de las propuestas de vida más comprometedoras".[11]
Por ello la palabra de Dios se trasladaría a un discurso mundano, al unísono
con las costumbres y a la inteligencia religiosa, reducida al mínimo denominador
común en nombre de la "modernidad" y de una "religión moderada".
Serían, por lo tanto, los cánones imperantes en una sociedad los que deberían
regular la religión y sobre todo la fe cristiana: visión que consiste en eliminar
del campo social la dimensión religiosa y las exigencias que derivan de ella.
El rechazo de reconocer
la herencia religiosa y cristiana como una de las bases del desarrollo de
la civilización en Europa y en el mundo occidental, como también en otras
zonas culturales, es el testimonio de esta laicización rampante. La laicización
así concebida no respeta la dimensión religiosa de la existencia humana. Los
que sostienen este orden de cosas son los primeros en reconocer la libertad
de la fe, que según ellos depende únicamente de la vida privada, pero que
rechazan aceptar la realidad religiosa y el derecho a la religión, que implica
una dimensión social e institucional, mientras que es importante que el poder
religioso, en cuanto a institución, pueda estar representado en el concierto
europeo y de las naciones al servicio del bien común y de los intereses superiores
de la conciencia humana. Dios no puede estar ausente del campo social.
Las jóvenes generaciones
necesitan ser educadas hacia una dimensión social e institucional de la religión
cristiana; lo que no necesitan es experimentar la Iglesia como un grupo puramente
intimista e individual.
6. Los jóvenes
y la Iglesia
6. - 1 Jóvenes
sin raíces religiosas
La mayor parte de las
encuestas sobre los jóvenes y la religión confirma cuanto ya sabemos. Los
jóvenes son los hijos de aquellos que fueron adolescentes entre 1960 y 1970
y que en su tiempo habían hecho la elección de no transmitir siempre aquello
que ellos mismos habían recibido en su educación. Por lo tanto, han dejado
que sus hijos se las arreglaran por sí mismos en el ámbito moral y espiritual,
sin tener otra preocupación en la educación que cuidar de su realización afectiva.
Así en muchos casos han carecido de referencias espirituales, quedándose desamparados.
Los querían ver felices, pero sin enseñarles las reglas de la urbanidad, de
cómo se emplean las riquezas de un pueblo y de la fe cristiana, que ha sido
la fuente de muchas civilizaciones. Hay que reconocerlo, el sentido de la
persona humana, el sentido de la propia conciencia, el sentido de la libertad,
el sentido de la fraternidad, el sentido del igualitarismo, todo esto se lo
debemos al mensaje de Cristo transmitido por la Iglesia. Se han banalizado
estos valores separándolos de su fuente, con el riesgo de ya no poderlos transmitir,
una vez que se desconoce su origen. Por este planteamiento mental anti-educativo,
los hijos no han sido bautizados ni catequizados. Necesitaban hacer tabula
rasa del pasado para liberarse de la tradición, actitud que ha producido ignorantes
culturales, privados de una formación y cultura religiosa. Son incapaces de
entender períodos enteros de la Historia de nuestra civilización, como también
del arte, de la literatura, de la música. No son alérgicos a los dogmas, o
sea a las verdades de la fe cristiana, y menos a la Iglesia; ¡la cosa es que
no saben nada de ella! Por ello, en las encuestas más serias, sus respuestas
revelan ignorancia, indiferencia y falta de educación religiosa. Están condicionados
por todos los clichés y por todos los conformismos que circulan sobre la fe
cristiana. En pocas palabras, están lejos de la Iglesia, porque al no haber
sido educados en ella no se han integrado en la tradición religiosa.
6. - 2 Confusión
entre lo religioso y lo paranormal
Hay que reconocer que
muchos jóvenes son bastante ajenos a cualquier dimensión religiosa, la cual,
a pesar de todo, no quiere otra cosa que surgir. ¿Cómo podría ser de otro
modo en un mundo que elimina lo religioso? Lo confunden con lo parapsicológico,
lo irracional y la magia. Son atraídos por los fenómenos del "más allá
de la realidad" que provocan una resonancia emotiva y suscitan sentimientos
capaces de hacerles creer en la existencia de un ser del más allá. Pero en
este caso sólo se encuentran a sí mismos, sus sensaciones y su imaginación.
La espiritualidad que está ahora de moda es aquélla carente de palabras, de
reflexiones y de contenido intelectual, o sea, aquélla consistente en muchas
corrientes de filosofía y de sabiduría sin Dios que, venidas del Oriente y
de Asia; éstas son en sí interesantes, pero no son religiones, a pesar de
ser valorizadas y deformadas actualmente, aún sin representar un movimiento
de masas. Según esta mentalidad hay que ser "cool", "zen"
y tranquilos, o sea, no hay que probar nada, sino hay que vivir en una inercia
moderada. Toda desviación es posible porque no hay ningún control institucional
o intelectual.
Todo, y lo contrario de
todo, puede ser puesto en lugar de Dios, actitud totalmente opuesta al cristianismo
que es la religión de la Encarnación del Hijo de Dios y que transmite un mensaje
de verdad y de amor con el que se puede construir la vida y luchar contra
todo lo que la arruina y la destruye. Los jóvenes cristianos advierten que
la presencia de Dios y su mensaje llevan consigo una esperanza inmensa que
les abre los caminos de la vida. Pero cuando el sentimiento religioso, inherente
a la psicología humana, no ha sido educado y enriquecido con un mensaje auténtico,
permanece primitivo y prisionero de una mentalidad supersticiosa y mágica.
La falta de educación religiosa anima a las sectas y a los falsos profetas
a que se autoproclamen como tales para hablar en nombre de una divinidad hecha
a su imagen. El hombre necesita ser introducido en una dimensión diferente
a la suya, dimensión que el Creador ha inscrito en el corazón de cada ser
humano. Así es vinculado por Dios a los demás, a la Historia, y, sobre todo,
a un proyecto de vida que lo revela a sí mismo, lo humaniza y lo enriquece.
He aquí el sentido de la Palabra del Evangelio transmitida por la Iglesia.
6. - 3 Los jóvenes
de la JMJ están en búsqueda de una vida espiritual
La mayor parte de los
jóvenes que participan en la JMJ irradian bienestar y la alegría de vivir,
llaman la atención por su calma, la sonrisa, la delicadeza, la gentileza,
la cooperación y la apertura. Tenemos que tener fe en estos jóvenes, que preparan
una revolución espiritual silenciosa, pero muy activa. Como sus coetáneos,
también ellos tienen problemas: alguno ya habrá tenido cierta experiencia
con la droga o se habrá comportado de cierta manera sin tener en cuenta la
moral cristiana. Viven experiencias y fracasos, pero tienen hambre de otra
cosa y están en búsqueda de una esperanza. Anhelan un ideal de vida y una
espiritualidad fundada en alguien, en Dios. La sociedad europea que cada vez
está más vieja, escéptica y sin esperanza, es sacudida por estos jóvenes que
creen en Dios y que quieren vivir en consecuencia. La mayor parte proviene
de comunidades cristianas y ha invitado a jóvenes que están en búsqueda. Saben
que la vida no es fácil, pero al tener una esperanza firme no se resignan.
Más o menos cristianos, se dirigen a la Iglesia para encontrar respuestas
a su inmensa necesidad espiritual. Su presencia radiante deja un signo en
todos países en los que se desarrolla la JMJ. Invierten, de hecho, la imagen
reducida que se tiene de la juventud, porque cada vez que se habla de ella,
es sólo para evocar una sexualidad impulsiva, la droga, la delincuencia, etc.
Pero si algunos viven de ese modo es porque han sido abandonados a su suerte.
La sociedad es infantil
hacia los jóvenes porque los utiliza como modelo, cuando en realidad son los
jóvenes los que necesitan puntos de referencia. Se les adula, pero la sociedad
no ama a los propios hijos, a juzgar por todas las dimensiones educativas
de las cuales son objeto. También la acción pastoral local tiene su propia
parte de responsabilidad en la medida en que a veces se han desatendido las
tareas educativas o han sido abandonadas por las órdenes religiosas y los
sacerdotes, que las habían tenido como vocación. Pero hay que reconocer que
su tarea no era fácil en aquella época de rotura (1960-1970), en la que los
jóvenes rechazaban masivamente toda reflexión religiosa. Los jóvenes de hoy
carecen totalmente de una base desde el punto de vista religioso y hacen unas
afirmaciones sorprendentes. Hace poco uno de ellos preguntó a un sacerdote:
"¿Por qué mezcláis la Navidad con la religión?". ¡Él no sabía que
la Navidad es el día en el que se celebra la natividad de Jesús! La Navidad
es así reducida a una fiesta comercial en familia. Gracias al éxito de la
JMJ, este modo de ver las cosas puede cambiar desde el momento en el que los
jóvenes se empeñen en una búsqueda espiritual y descubran que gran parte de
la visión del hombre, como también enteros sectores de la vida social, han
sido modelados por el mensaje de la Iglesia y de generaciones de cristianos.
6. - 4 ¿Por qué
Juan Pablo II atrae a tantos jóvenes, a pesar de que el mensaje cristiano
es exigente, sobre todo en materia de moral sexual?
A menudo hacen esta pregunta
y la respuesta viene por sí sola: es el mensaje de Cristo transmitido por
la Iglesia, y siempre ha sido exigente; pero también es fuente de alegría.
Es difícil vivir no sólo en el campo sexual sino en todas las realidades de
la vida. Nada auténtico, coherente y duradero se construye sin dificultad.
Juan Pablo II presenta el camino a seguir para vivir como cristianos en nombre
del amor de Dios, y este amor es un modo de buscar el bien y la vida para
sí mismo y para los demás. Siempre seremos capaces de este amor que no es
un sentimiento, ni tampoco un bienestar afectivo, pero corresponde al deseo
de buscar en Dios aquello que nos hace vivir. Los jóvenes son sensibles a
este lenguaje y a la persona de Juan Pablo II que lo afirma tranquilamente,
a pesar de las críticas y el sarcasmo. Les habla de la vida allí donde no
escuchan otra cosa que muerte, droga y suicidio, de fracasos en el campo afectivo
con el divorcio, de desempleo, por no citar una sociedad que los descuida.
Juan Pablo II tiene fe
en ellos y les da fe en la vida. Les dice que es posible vivir y triunfar
en la vida, y les explica incluso cómo se hace. La generación precedente no
siempre les ha transmitido convicciones firmes, ni les ha enseñado a vivir
con un cierto número de valores, limitándose a repetir hasta la saciedad los
valores de la sociedad de consumo. ¿Qué cosa hacen los jóvenes? Se dirigen
a los ancianos para obtener aquello que no han tenido: son los ancianos los
que, como lo hace el Papa, los enlazan con la Historia y la memoria cultural
y religiosa, desbancando así a sus padres. No hay divisiones entre el Papa
y los jóvenes. Cuando los jóvenes perciben palabras auténticas, se sienten
respetados y valorizados: "Por fin hemos sido tomados en serio, él tiene
fe en nosotros".
A la Iglesia se le atribuye
una obsesión en cuanto a la moral sexual. Aunque este tema no represente ni
el 9% de los discursos y de los escritos del Papa, los medios de comunicación
se detienen sólo en este aspecto, silenciando todo el resto. La historia del
preservativo[12] es característica de esta desinformación y de la manipulación
de la que son objeto sus discursos. Juan Pablo II en cambio dice una cosa
diferente: se apoya en el Evangelio y no depende de las ideas ligadas a una
moda pasajera. Apela al sentido del amor y de la responsabilidad. Como Cristo,
prefiere dirigirse a la conciencia humana, para que cada uno se interrogue
sobre el propio comportamiento para saber si se ha vivido en el sentido de
un amor auténtico, leal y honesto hacia uno mismo y hacia el otro.
Persigue su misión. La
reflexión sobre la sexualidad no puede reducirse a un discurso sobre la salud,
sobre todo cuando ésta descuida la responsabilidad moral de las personas.
La valoración moral concierne también a la sexualidad y no sólo a la vida
social, a no ser que se quiera crear una escisión aberrante. Los cristianos
son invitados a inspirarse en este modelo y así su propio comportamiento nazca
de una conciencia evangélica iluminada.
Conclusión
Los post-adolescentes
aspiran a realizar su propio ingreso en la vida. A pesar de cierta falta de
raíces culturales, religiosas y morales, intentan encontrar las vías de acceso,
porque a menudo se han formado a sí mismos, en un narcisismo difuso e inconstancia.
La fragilidad del yo, una visión temporal reducida a los deseos del momento
y a las circunstancias, y una interioridad restringida sólo a la resonancia
psíquica lo confinan al individualismo. Por eso algunos están angustiados
por el empeño y la relación institucional, a pesar de desear casarse y fundar
una familia. Prefieren mantener relaciones intimistas y lúdicas, naturalmente
entre más personas, pero que son relaciones que permanecen fuera del vínculo
social. Su perfil psicológico es también el resultado de una educación centrada
en lo afectivo, en el placer inmediato y en la separación de los padres a
causa del divorcio que, entre otras cosas, en las representaciones sociales
es el origen de la inseguridad afectiva, de la duda de uno mismo con respecto
al otro y del sentido del compromiso. Es posible promover una educación más
realista que no encierre a la persona en los objetos mentales y en el narcisismo
de la adolescencia, sino que estimule el interés por hacerse adulto.
Los jóvenes de la generación
actual están haciendo una revolución religiosa silenciosa, pero decidida.
Suscitan interrogativos entre los cristianos y no tienen miedo de manifestarse
como tales. No quieren dejarse intimidar ni constreñir al silencio y menos
aún insultar. Los jóvenes provenientes de África, de América Latina, Asia
y del Oriente viven su fe como una emancipación y una liberación en Dios,
a veces en el martirio, actitud que debería inspirar las viejas comunidades
cristianas.
Cada JMJ es una etapa
histórica para los jóvenes participantes. Ya no podemos hablar de la religión
del mismo modo como lo hacíamos antes. Además esto se nota fácilmente en la
prensa: la mayor parte de los informadores y comentaristas políticos, esclavos
de determinadas categorías sociológicas o de clichés, no consiguen dar una
valoración exacta del evento. Desde hace varios años los encuentros de jóvenes
promovidos por la Iglesia reúnen un número significativo de participantes,
pero raramente se habla de estos jóvenes en búsqueda de los espiritual. Éstos
no dan que hablar en los telediarios. ¿Es que un encuentro de jóvenes por
motivos religiosos no es acaso un evento para la prensa? La información a
menudo es desfasada respecto a lo que se vive y se prepara silenciosamente
en la sociedad, hasta el día en el que alguno se despierta preguntándose:
"¿Qué ha sucedido?". Los desafíos nacidos de la sed de un ideal
y una espiritualidad de los jóvenes no son tomados en serio por la sociedad.
La Iglesia no está agonizando,
como pretenden algunos: encuentra la misma dificultad que todas las demás
instituciones que padecen los efectos del individualismo, del subjetivismo
y de una forma de socialización. En una sociedad en la que el individuo vive
como víctima de la vida de los demás, con la mentalidad del consumador, a
un ritmo concebido en función del instante y con una representación de la
vida mediática y virtual, es urgente hacer descubrir el sentido de la realidad,
promover vínculos de socialización y transmisión entre las generaciones, para
adquirir el sentido de las instituciones. La experiencia espiritual cristiana
implica tal dimensión y constituye su riqueza, que se despliega en las diferentes
tradiciones a través de los siglos.
Le toca a la Iglesia asegurar
una continuidad a la JMJ y poner en práctica una catequesis más activa y renovada.
La inteligencia de la fe necesita ser nutrida. La acción pastoral tendrá que
preocuparse de sensibilizar a las familias sobre la importancia de la educación
religiosa y del catecismo en particular. Pero las familias, a su vez, plantean
una cuestión a la sociedad, que ha cancelado la dimensión religiosa de la
vida con una precisa voluntad política. La laicización, como habíamos dicho,
es la distinción entre el poder político y el religioso y no la exclusión
de la religión del campo social. La vida escolástica debe respetar el tiempo
que se debe dedicar a la enseñanza religiosa.
Aunque es verdad que cada
uno es libre de abrazar o no un fe religiosa, la sociedad no puede relegar
la religión a la sección de lo opcional de la vida, al campo de lo escondido
y lo privado, pensando que la fe no debe tener ninguna repercusión en la vida
y la sociedad. El hecho religioso es un hecho social que no se puede relegar
a la esfera de lo privado; es más bien la fuente del vínculo social y permanece
inscrito en el ritmo del calendario. A esta privatización de la vida religiosa
han respondido los jóvenes, con su comportamiento, con un "no" contundente
con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud. La vida espiritual es una
exigencia humana que el poder público debe reconocer, respetar y honrar porque
califica a cada persona y constituye uno de los componentes esenciales de
la realidad social.
En su Mensaje con ocasión
de la XVIII Jornada Mundial de la Juventud 2003, el Santo Padre recuerda el
papel que los jóvenes pueden desarrollar: "La humanidad tiene necesidad
imperiosa del testimonio de jóvenes libres y valientes, que se atrevan a caminar
contra corriente y a proclamar con fuerza y entusiasmo la propia fe en Dios,
Señor y Salvador" (n1 6).
[1] El 65% de los jóvenes
europeos vive todavía con su familia. Informe publicado por la sociedad de
estudios de mercado Datamonitor británica, Quotidien du Médécin (Francia),
pág. 17, N1 7302, miércoles 26 de marzo de 2003.
[2] El acompañamiento
de los jóvenes profesionales se ha convertido en una realidad que atañe a
los de 25-40 años, sobre todo a los solteros, aunque se puede discutir sobre
el concepto de 'joven' aplicado a este grupo de edad, praxis que responde
a una necesidad, pero que a veces los mantiene en una especie de infantilismo
afectivo.
[3] Anatrella, Tony, Interminabiles
adolescences, le 12/30 ans, Paris, Cerf Cujas.
[4]Idem.
[5] Idem.
[6] Algunos estudios muestran
que, del total de la población adolescente, el 10% des los jóvenes entre 15
y 19 años presenta dificultades psicológicas (Cfr. Comité general de la Salud
Pública francesa, La souffrance psychique des adolescents et des jeunes adultes,
ediciones ENSP, febrero 2000). El incremento de las emisiones radio-televisivas
sobre los problemas de algunos adolescentes deja entender que la mayor parte
de ellos se encontraría en una situación complicada que no refleja la realidad.
Se tiende así a generalizar pocos casos específicos, mientras que se incluyen
sobre todo las cuestiones pedagógico-educativas de la post-adolescencia.
[7] La fragilidad de los
procesos de interiorización da origen a psicologías más superficiales, más
fragmentadas, que tienen dificultad en recurrir a la racionalidad. En cuanto
al lenguaje utilizado, su pobreza no favorece el dominio de lo real. Las fórmulas,
repetidas como eslóganes, indican el pánico y el sufrimiento frente a la idea
de reflexionar. Así la expresión: "Me martillea la cabeza" hace
entender el hecho de que pensar podría provocar hemicránea. A los jóvenes
les falta una verdadera formación intelectual que, entre otras cosas, se adquiere
poniéndose en contacto con la literatura. No tienen una vida intelectual porque
no entienden los textos y autores, ni saben reflexionar sobre ellos. En los
programas actuales del Ministerio de Educación y Ciencia francés, los profesores
tienen que tener principalmente en cuenta la subjetividad de los alumnos y
enseñarles a ellos el conocimiento a partir de cuanto perciben; esto hace
subir el número de cuantos se lamentan de tener dificultad en concentrarse
intelectualmente como también en controlarse. El conocimiento del sentido
de la ley comienza siempre por medio de la adquisición del lenguaje y de las
reglas de la gramática, cosa que hoy día ya no sucede, pues los lingüistas
han tomado el puesto de los gramáticos en la elaboración de los programas
ministeriales. El método global o los métodos llamados mixtos, que hoy están
de moda en las escuelas, producen analfabetismo, dislexia y una visión fragmentada
de la realidad.
[8] La resiliencia correspondería
a la capacidad de algunos individuos a salir reforzados o incluso completamente
renovados ante las adversidades de la vida; algunas corrientes ideológicas
podrían haber ideado un camino para alcanzar tal resiliencia (NdR).
[9] ROLLIN, France, La
mixitéà l'école, ETUDES, Vol. 367, n1 6 (3676), diciembre 1987. ANATRELLA,
Tony, La mixité, ETUDES, vol. 368, n1 6 (3686), junio 1988. Ver también ANATRELLA,
Tony, La différence interdite, Flammarion.
[10] Ver Juan Pablo II,
Veritatis Splendor (1993) y Evangelium Vitae (1995).
[11] Juan Pablo II, Discurso
a los participantes en la sesión plenaria anual de la Pontificia Comisión
Bíblica, n1 2, martes 29 de abril 2003, en L'Osservatore Romano, n1 20 - 16
de mayo de 2003, pág. 8.
[12] ANATRELLA, Tony,
L'amour et le préservatif, París, Flammarion. Reeditado con el título, L'amour
et l'Eglise, París.
FUENTE: vatican.va