Jornada
Mundial de la Juventud: De Toronto a Colonia
Los
jóvenes en búsqueda del rostro de Cristo
en la JMJ de Colonia
Roma, 10-13 de abril 2003
Card.
James Francis Stafford
Presidente del Consejo Pontificio para los Laicos
Conferencia de apertura
Debemos estar atentos a lo que propondremos en estos días.
No debemos pensar que los jóvenes que irán a Colonia en 2005 se puedan considerar
de viaje como simples turistas en su enésimo tour. Hacer una peregrinación
no significa poco. Animar a los jóvenes a buscar el rostro de Cristo durante
una peregrinación puede ser arriesgado. ¿Por qué?
1. En primer lugar, para los jóvenes el hacer una peregrinación
significa responder al deseo humano natural de ver y tocar a Dios. Buscar
la gloria de Dios no es una cuestión "de poco peso": de hecho, el
equivalente hebraico de la palabra "gloria" en el Antiguo Testamento
significa algo "de peso" en una persona, algo que le da importancia.
En el prólogo de Los
cuentos de Canterbury, Geoffrey Chaucer ensalza el retorno de la primavera
en Inglaterra en una maravillosa y compleja descripción de 18 versos, que
paragona con la necesidad del cristiano de emprender una peregrinación para
obtener la curación y la reconciliación con Dios, con el incesante impulso
del aparearse de los pájaros en esa estación: "y cantan melodiosamente
las avecillas que duermen toda la noche con los ojos abiertos (tanto les hiere
la naturaleza en el corazón)"[1]. Para Chaucer, como para
los Padres de la Iglesia, todas las fuerzas de la naturaleza que se desbordan
por el mundo no son otra cosa que la epifanía de la íntima búsqueda humana
de una renovación espiritual.
"Cuando abril con
sus dulces lluvias ha penetrado hasta la raíz la sequía de marzo, impregnando
cada vena de aquel humor que tiene la virtud de dar vida a las flores, [...]
la gente es ahora presa del deseo de ponerse a peregrinar"[2].
La gente va en busca de Dios para recibir nueva vida. Esta relación que Dios
ha establecido entre el escalón más alto y el más bajo de la escala jerárquica
del ser, permite la sublime distinción entre el hombre y los animales y, al
mismo tiempo, su humilde afinidad con éstos.
En la obra de Chaucer no hay separación entre el reino de
la devoción y el de la fe; en sus alegres cuentos no muestra ninguna mención
de mentalidad secular y no manifiesta para nada la separación radical entre
el conocimiento divino y el humano, característico de los últimos ciento cincuenta
años de la cultura occidental.
En la obra de este poeta católico vemos cómo una tradición
tan estratificada (la peregrinación a un santuario donde se conserva una reliquia)
puede después mostrar una amplia gama de fenómenos, desde la auténtica
espiritualidad del párroco hasta la más crasa superstición y avidez emprendedora.
La existencia misma de esta práctica religiosa revela la naturaleza y la cualidad
de la fe católica de aquellos tiempos: los cristianos nunca habrían seguido
a un dios consistente en una idea abstracta, un principio teórico o un argumento
especulativo. Los católicos de entonces querían ver y tocar al Dios verdadero.
No era una cuestión de poco peso.
Vemos esta característica de "peso" también
en los romeros, los peregrinos que en la Edad Media iban a Roma para venerar
la grande reliquia de la Pasión de Cristo, la imagen de Jesús en el velo de
la Verónica, custodiado en la Basílica de San Pedro. Estos peregrinos ardían
del deseo de poder ver un hecho concreto, físico: esto era lo que les atraía
a Roma. Tampoco el deseo del romero era una cuestión de poco peso.
La religiosidad católica siempre ha estado muy ligada a lo
físico. La religiosidad y la teología medieval y patrística son una elaboración
de la parte inicial de la Primera Carta de san Juan: "Lo que existía
desde el principio, lo hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo
que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida, -
pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y
os anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos
manifestó - lo hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros
estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre
y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo" (1Jn
1,1-4).
La finalidad de las peregrinaciones de la Jornada Mundial
de la Juventud (JMJ) es el descubrimiento de la norma concreta de la vida
humana: el Verbo eterno de Dios, que san Juan ha visto, oído y tocado. La
experiencia de la JMJ radica en la verdad de la encarnación del Verbo en un
auténtico ser humano. Los jóvenes peregrinos buscan la comunión con Dios en
la humanidad de Cristo y por medio de ésta. Esto significa que en la fe católica
la "carne" no es una cuestión de poco peso. Jesús ha padecido
en la carne y ha resucitado en la carne.
Durante la peregrinación a Denver, París, Roma, Manila y Toronto,
los jóvenes han descubierto este contacto físico con Cristo. En su vivir,
caminar, reír, sufrir y rezar junto a los demás, se vuelve a manifestar la
vida y la muerte de Jesús. La carta de san Juan habla de comunión. La peregrinación
de la JMJ ofrece a los jóvenes esta comunión. En los días de viaje a Colonia,
meta de su peregrinación, entrarán en contacto con los sufrimientos de otros
católicos y entenderán el significado de la identidad de Cristo con sus discípulos:
"En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos
más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25,40).
2. En segundo lugar, las
peregrinaciones empujan a los jóvenes a trascender su propia moralidad personal
y a volver a descubrir el ser humano pecador. Hacer una peregrinación significa
ir más allá del moralismo religioso, aquella caricatura del cristianismo que
se reduce a ninguna otra cosa que a un sistema de mandamientos. La peregrinación
de la JMJ muestra a los jóvenes con absoluta claridad que no ha terminado
aquí, a pesar de todos los errores, hipocresías y maldades de nuestra historia
personal y colectiva que han sido diseminados y han dividido a los hijos de
Adán. Ha sido más bien que, al final, la misericordia de Dios "ha recogido
de todas partes los fragmentos, los ha fundido en el fuego de la caridad y
aquello que ha estado destrozado tornó a ser una cosa"[3].
En su peregrinación a Colonia los jóvenes verán el rostro
de Cristo en sus coetáneos, en sus obispos, en los sacerdotes y en el Santo
Padre. Verán el rostro de Cristo en la Eucaristía, realidad culminante de
la kenosis de Cristo, de su total entrega. El rostro eucarístico de
Cristo enseñará a los jóvenes peregrinos que el verdadero problema de la vida
no es el sufrimiento: éste también existe, pero hay aún más. Todo el problema
de la vida y de su violencia encuentra un gran espacio en el ámbito de la
realidad del pecado. Mirando el rostro de Cristo, los jóvenes descubrirán
la naturaleza del pecado: el deicidio, la violencia mortal contra Dios.
Algunos de nosotros se han construido la imagen de un Dios
que sonríe benévolo sobre aquello que nosotros llamamos nuestras pequeñas
infracciones, nuestros pequeños pecados. Algunos de nosotros incluso pueden
tener la sensación de que Dios haya llegado a fruncir el ceño por nuestras
aberraciones. Para otros, en este mundo postmoderno, el rostro sufriente de
Cristo no se ha convertido en otra cosa que en un error horrendo e insensato.
Otros han racionalizado tanto sus experiencias de modo que en su concepción
del "mal" entra tanto un dolor lancinante de dientes como la
idea del deicidio.
En su peregrinación a Colonia los jóvenes verán los múltiples
aspectos del rostro de Cristo. Permanecerán en silencio durante un rato y
penetrarán con su mirada contemplativa la mirada de Cristo, y comenzarán a
percibir el significado del "Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios" (Mc
1,1). Verán que el pecado y su violencia han exigido un precio terrible, causando
la muerte de cruz del Hijo de Dios. Es este el significado del rostro eucarístico
de Cristo. El pecado no es sólo cuestión de infringir la ley: sin duda lo
es, pero es mucho, mucho más. En primer lugar es un crimen contra el amor.
El rostro eucarístico de Cristo enseña a los jóvenes que el Dios del amor
responde a su manera y según su naturaleza trinitaria: con una entrega total
e infinita.
Muchos jóvenes peregrinos de Colonia permanecerán extraños
a Jesús de Nazaret, hombre humilde y pobre, a no ser que vosotros mismos,
que sois sus responsables y sus modelos del cristianismo, primero hayáis reconocido
a Jesús. Sólo a través de vuestra experiencia personal del perdón y de la
misericordia de Cristo seréis capaces de darles la ayuda necesaria para ver
la verdadera identidad de Jesús. "Lo que hemos visto, oído y tocado,
os lo anunciamos, para que [...] nuestro gozo sea completo" (Cfr.1Jn
1,3-4). Que nuestra alegría pueda ser perfecta en Colonia.
Antes de que los discípulos puedan mostrar a otros los amados
rasgos del rostro de Cristo que tienen dentro de sí, deberían pedir una gracia
especial: el don de las lágrimas en la contemplación de las lágrimas de Jesús.
"En los días de su vida mortal ofreció ruegos y súplicas con poderoso
clamor y lágrimas" (Cfr. Heb 5,7). Algunos podrían experimentar
tal dono sólo a través de lo que santa Catalina de Siena llamaba las "lágrimas
de fuego"[4], derramadas sin llorar físicamente. A menudo uno puede
tener esta sensación de querer llorar pero sin conseguirlo. Todo esto requiere
un deseo auténtico y santo, que hace que el discípulo se consuma de amor.
En comunión con san Francisco de Asís, contemplando el rostro sufriente de
Jesús, el discípulo quisiera anular la propia vida en la entrega total de
sí mismo llorando por la salvación de los demás, pero no es capaz de hacerlo.
"Mas todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en
un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen
cada vez más gloriosos: así es como actúa el Señor, que es Espíritu" (2Cor
3,18).
3. Finalmente, la peregrinación de la JMJ enseñará a los jóvenes
que, a pesar de la corrupción y la astucia perversa del ser humano, pueden
aún creer en una naturaleza humana única, buena y desbordante de posibilidades.
El amor de Dios les revelará que la existencia del hombre es un conjunto global.
Mucho puede ser perdonado a los que "mucho han amado" (Cfr.
Lc 7,47).
A cada paso de su peregrinar los jóvenes serán confrontados
con sus propias limitaciones y su corruptibilidad. Al mismo tiempo se encontrarán
frente a la idiosincrasia y a la corrupción de los demás. Aprenderán también
una lección muy importante: que la contradicción y la ambigüedad humanas,
aunque sean grandes, no alcanzan a ofuscar el esplendor de lo que Dios ha
creado. De él proviene la intrínseca bondad de la naturaleza humana.
Los peregrinos de la JMJ llegarán a las puertas de Colonia
y deberán afrontar lo que los peregrinos de todos los tiempos han tenido que
afrontar. Ahí sentirán todo el peso de la gloria de Dios, porque ahí encontrarán
su misericordia. Chauser describió esta experiencia del siguiente modo:
cuando los peregrinos ingleses de la Edad Media llegaron cerca de la catedral
de Canterbury, donde se conservaban las reliquias de santo Tomás Becket, obispo
y mártir, cesaron con sus historias. Para ellos había llegado el momento de
hacer un examen de conciencia, ya que las conversaciones precedentes habían
manifestado claramente sus errores y pasiones desenfrenadas. Así el párroco
fue el último en tomar la palabra. El ritmo y el estilo que habían dominado
la obra hasta aquel punto cambiaron radicalmente. El párroco no recitó un
cuento en verso, sino un sermón en prosa sobre la naturaleza de los siete
pecados capitales, porque quería preparar a los peregrinos para que se convirtieran
a través del sacramento de la confesión. Así comenzó a invocar la gracia:
"si os parece bien, os contaré sin pérdida de tiempo un hermoso cuento
en prosa para concluir toda esta fiesta y darle un final. Que Jesús con su
gracia me dé la capacidad de indicaros en este viaje el camino a aquella peregrinación
perfecta y gloriosa que es la Jerusalén celeste"[5]. Esto es el culmen de toda la obra. Chaucer se ha
revelado como un poeta de extraordinaria alegría sólo porque en primer lugar
era un poeta de la misericordia de Dios.
Al prepararnos a guiar
a los jóvenes católicos del mundo en la grande peregrinación a Colonia 2005,
con el Papa Juan Pablo II, invocamos la eterna misericordia de Dios. Durante
estos días en Roma rezamos por nosotros, por el perdón de nuestros pecados
y por los hijos de Dios que Él nos confiará a nosotros y a otros responsables
del 2005.
FUENTE: vatican.va