Comentario
de san Cromacio, Obispo,
sobre el Evangelio de san Mateo
Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada
en lo alto del mundo; ni se enciende una lámpara para meterla
bajo el celemín, sino para ponerla sobre el candelero, así
alumbra a todos los que están en al casa. El Señor dijo
a sus discípulos que era la sal de la tierra, porque ellos, por
medio de la sabiduría celestial, condimentaron los corazones
de los hombres que, por obra del demonio, habían perdido su sabor.
Ahora añade también que son la luz del mundo, ya que,
iluminados por él mismo, que es la luz verdadera y eterna, se
convirtieron ellos también en luz que disipó las tinieblas.
Puesto que él era
el sol de justicia, con razón llama a sus discípulos luz
del mundo, ya que ellos fueron como los rayos a través de los
cuales derramó sobre el mundo la luz de su conocimiento; ellos,
en efecto, ahuyentaron del corazón de los hombres las tinieblas
del error, dándoles a conocer la luz de la verdad.
También nosotros,
iluminados por ellos, nos hemos convertido de tinieblas en luz, tal
como dice el Apóstol: Un tiempo erais tinieblas, pero ahora sois
luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz. Y también:
Todos sois hijos de la luz e hijos del día. No somos de la noche
ni de las tinieblas.
En este mismo sentido habla
san Juan en su carta, cuando dice: Dios es luz, y el que permanece en
Dios está en la luz, como él también está
en la luz. Por lo tanto, ya que tenemos la dicha de haber sido liberados
de las tinieblas del error, debemos caminar siempre en la luz, como
hijos que somos de la luz. Por esto dice el Apóstol: Aparecéis
como antorchas en el mundo, presentándole la palabra de vida.
Si así no lo hacemos,
es como si, con nuestra infidelidad, pusiéramos un velo que tapa
y oscurece esta luz tan útil y necesaria, en perjuicio nuestro
y de los demás. Por esto también incurrió en castigo
aquel siervo que prefirió esconder el talento, que había
recibido para negociar un lucro celestial, antes que ponerlo en el banco,
como sabemos por el Evangelio.
Así, pues, aquella
lámpara resplandeciente, encendida para nuestra salvación,
debe brillar siempre en nosotros. Poseemos, en efecto, la lámpara
de los mandatos celestiales y de la gracia espiritual, acerca de la
cual afirma el salmista: Lámpara es tu palabra para mis pasos,
luz en mi sendero. De ella dice también Salomón: El consejo
de la ley es lámpara.
Por consiguiente, nuestro
deber es no ocultar esta lámpara de la ley y de la fe, sino ponerla
siempre en alto en la Iglesia, como en un candelero, para la salvación
de la luz de su verdad y para que ilumine a todos los creyentes.
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