Meditaciones Dominicales
Share
E-mail Imprimir Incrementar tamaño de fuente Disminuir tamaño de fuente
Bienaventurados los pobres de espíritu (Mt 5,1-12)
Todos los Santos - 1 de noviembre de 2009

Todos los santos y doctores de la Iglesia coinciden en que las bienaventuranzas son como la esencia del Evangelio. Ellas podrían definirse como el "espíritu del Evangelio". El Evangelio es Cristo mismo; pues bien, en cada una de las bienaventuranzas podemos ver la imagen de Cristo con perfecta nitidez. Son introducidas con esta presentación solemne: "Viendo Jesús la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: "Bienaventurados los pobres de espíritu..."

En el Sermón de la montaña Mateo presenta a Jesús promulgando la ley evangélica, su propia ley. Para un judío debía resultar claro que la intención de Mateo era evocar a Moisés, el gran legislador antiguo, que entregó al pueblo de Israel la ley recibida en el monte Sinaí. Lo evoca, pero lo supera infinitamente. Esto es lo que quieren decir los pasajes: "Habéis oído que se dijo a los antepasados... Mas yo os digo..." (Mt 5,21.27.31.33. 38.43). Ese "yo" personal de Cristo es el "YO" divino, el único que puede promulgar una superación de la ley antigua dada por el mismo Dios.

Si el Sermón de la montaña contiene la ley de Cristo, entonces las bienaventuranzas, que son su introducción, son el núcleo de la ley de Cristo. Es lógico entonces que en el día en que la Iglesia celebra la solemnidad de "todos los santos", el 1 de noviembre, se adopte esta lectura del Evangelio. Las bienaventuranzas son el programa de vida de todos los santos, porque ellas encontraron su cumplimiento perfecto en la vida de Jesucristo mismo.

En el Evangelio de Mateo las bienaventuranzas son nueve. Ocho de ellas están formuladas en tercera persona: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos..."; la novena está formulada en segunda persona y dirigida a los oyentes: "Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan...". Esta última tiene un desarrollo mayor y rompe el esquema fijo de las demás.

Las primeras ocho constituyen, por tanto, un grupo aparte, a las cuales se agregó una novena. Esto se ve confirmado por el hecho de que las primeras ocho bienaventuranzas quedan incluidas (según el frecuente recurso literario semítico de la inclusión) por la misma promesa: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos... Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos". A su vez estas ocho pueden ser divididas en dos tablas, a semejanza del decálogo mosaico. La primera tabla contiene las primeras cuatro y expresa la relación del hombre con Dios, y la segunda tabla contiene las otras cuatro y expresa la relación con el prójimo.

La primera tabla proclama bienaventurados a los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, es decir, a las personas humildes que no ponen su confianza en las riquezas ni en los poderosos de este mundo sino sólo en Dios. En efecto, es Dios quien promete la recompensa que beatifica: "de ellos es el Reino de los cielos... ellos poseerán en herencia la tierra... ellos serán consolados... ellos serán saciados". El tema de esta primera tabla está indicado en la primera bienaventuranza, la que declara dichosos a los "pobres de espíritu". No se trata, en primer lugar, de la pobreza sociológica, sino de la pobreza interior; se trata de la mansedumbre y humildad del corazón. Jesús se nos ofrece como modelo de esta pobreza cuando dice: "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11,29). Las otras tres bienaventuranzas de este grupo son modificaciones de este mismo tema: los mansos, los afligidos, los que tienen hambre y sed de justicia, son los que ponen a Dios por encima de todo y lo esperan todo de él.

La segunda tabla proclama la otra condición indispensable para poseer el Reino de los cielos: la bondad y el amor al prójimo. Por eso proclama bienaventurados a los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por causa de la justicia. Aquí se presenta la dimensión horizontal de la existencia cristiana. En la quinta bienaventuranza se percibe un cambio de tema: "Bienaventurados los misericordiosos". Ya no se expresa una situación en la cual se deba confiar sólo en Dios, sino una actitud del corazón del hombre en relación a su prójimo; explica qué sentimientos deben animar a los cristianos en sus relaciones fraternas. Aquí Jesús comienza a ilustrar las relaciones que deben existir entre sus discípulos. También en esta tabla el tema está indicado por la primera bienaventuranza: la misericordia. Las otras son variaciones sobre este mismo tema.

Es necesario detenerse sobre la expresión "Limpios de corazón". No se refiere, en primer lugar, a la virtud de la castidad, como a menudo se entiende, porque entonces habría dicho: "limpios de cuerpo". El corazón es la sede del pensamiento y el lugar donde se fraguan los proyectos del hombre. Habría que traducir: "limpios de mente", y se refiere principalmente a no pensar mal del prójimo. Está bien expresada esta idea en el himno a la caridad de San Pablo: "La caridad... no toma en cuenta al mal... Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera..." (1Cor 13,4-7).

Los santos que hoy celebramos son admirables, porque en ellos encontraron actuación las bienaventuranzas. Por eso ellos ahora gozan en el cielo de la recompensa prometida. Que la consideración de sus vidas y la contemplación de su gloria actual nos anime a nosotros, que aún peregrinamos, a imitarlos.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Obispo Residencial de Santa María de Los Angeles (Chile)


Share
E-mail Imprimir Increase font size Decrease font size
PUBLICIDAD
Anuncie Aqui
Recursos:
 
Noticias:
Comunidad:
Herramientas:
Grupo ACI:
ACI Prensa