Meditaciones Dominicales
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Yo soy la estrella radiante del alba (Mt 2,1-12)
Epifanía del Señor - 4 de enero de 2009

En la carta apostólica “Rosarium Virginis Mariae” el Santo Padre Juan Pablo II promulga un “Año del Rosario” y exhorta a toda la Iglesia a rezar el Rosario por las grandes intenciones de la paz en el mundo y de la familia. En este documento sugiere introducir en el Rosario la contemplación de los “misterios luminosos” que cubren el tiempo de la vida pública de Jesús. Los dos primeros y también el cuarto son misterios de manifestación, es decir, son epifanías de Jesús: en el Bautismo de Jesús en el Jordán se abre el cielo, desciende sobre él el Espíritu Santo y la voz del Padre lo proclama su Hijo predilecto; en las bodas de Caná Jesús hace su primer signo y manifiesta su gloria; en la Transfiguración su rostro se vuelve brillante como el sol y sus vestidos blancos como la nieve y nuevamente la voz del Padre lo reconoce su Hijo amado. Pero la gran epifanía es la que manifiesta su nacimiento y su identidad a los magos de Oriente por medio de una estrella que aparece en el cie-lo y que los guía hasta donde está el Niño. Este es el mis-terio que contemplamos este domingo.

El relato comienza con esta frase circunstancial: “Na-cido Jesús en Belén de Judea...”. Es la primera vez que se menciona en este Evangelio el lugar donde nació Jesús. Esta no es una circunstancia secundaria; es un punto fundamental de la identidad del Niño nacido como quedará claro más ade-lante.

La segunda circunstancia que se menciona es de tiempo: “... en tiempo del rey Herodes...”. Ésta nos permite fijar con más precisión el año en que nació Jesús. Sabemos que el cómputo del tiempo que usamos, según el cual estamos en el año 2003 después de Cristo, fue fijado por el monje Dioni-sio el Exiguo a mediados del siglo VI. Queriendo fijar el centro de la historia en el nacimiento de Cristo, ubicó allí el año primero. Según sus cálculos, Cristo nació el 25 de diciembre del año 753 contado desde la fundación de Ro-ma. Allí fijó el punto que divide el antes del después. Pe-ro, según estudios actuales más precisos, Herodes reinó en-tre los años 716 y 749 de la fundación de Roma, es decir, entre los años 37 y 4 antes de Cristo. Cristo tuvo que na-cer entonces antes del año 4, porque según el testimonio más fidedigno del Evangelio nació en tiempo del rey Hero-des. Y éste, en su designio criminal de matar a Jesús, “mandó matar a todos los niños de Belén... de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos“ (Mt 2,16). Pero el que murió fue Herodes. A la muerte de Herodes Jesús podía tener hasta dos años. Por eso su naci-miento se fija entre el año 6 y el 4 antes de Cristo, ¡val-ga la incoherencia!

En estas circunstancias, “se presentaron en Jerusalén unos magos que venían de Oriente, diciendo: ‘¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo’”. ¿Cómo saben ellos que ha nacido un rey? Porque según la convicción de ese tiempo el nacimiento de los grandes personajes era anunciada por la aparición de una estrella en el cielo. Por eso dicen: “Vimos su estrella”. Jesús nació pobre e ignorado, pero tiene “su estrella”. Este es el primer punto de su epifa-nía. Esa estrella anuncia su nacimiento a esos hombres de tierras lejanas.

En estas tierras de Judea ya hay un rey: Herodes. Y si ha habido un rey celoso de su poder –a nivel patológico- ese fue Herodes. Por eso “al oírlo se sobresaltó y con él toda Jerusalén”. Él mismo, por los datos de los magos, con-cluye de quién podría tratarse: “Convocando a todos los su-mos sacerdotes y escribas del pueblo les preguntaba dónde había de nacer el Cristo”. Los magos preguntan: “¿Dónde ha nacido el rey de los judíos?” y para responderles Herodes pregunta: “¿Dónde tenía que nacer el Cristo?”. En esto acierta. La respuesta vuelve sobre Belén: “Tiene que nacer en Belén de Judea, porque así está escrito por el profeta”. Un dato firme es que el Cristo tenía que nacer en Belén. El relato de Mateo nos quiere decir que Jesús satisface esta condición.

Herodes “por los datos de los magos precisó el tiempo de la aparición de la estrella” y mandó a los magos a Belén en la esperanza de dar con ese misterioso niño. Nunca ha habido una frase más hipócrita que la que dijo Herodes a los magos al despedirlos: “Cuando lo encontréis, comunicad-melo, para ir también yo a adorarlo”. Cualquiera que hubie-ra conocido a Herodes habría sabido que estaba mintiendo descaradamente; pero los magos no lo conocían. Por eso, después que encontraron al Niño, “avisados en sueños que no volvieran a Herodes, se retiraron a su país por otro cami-no”.

Emprendido el camino a Belén, reaparece la estrella. Este es el punto central del relato: “La estrella que habí-an visto en Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el Niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la ca-sa, vieron al Niño con María su madre y, postrandose, lo adoraron”. Un judío tiene prohibido estrictamente por la ley postrarse ante nadie fuera del Dios verdadero. Aquí los magos se postran y adoran a Jesús. Y el evangelista lejos de reprobar esta actitud la aprueba. Es que están ante el verdadero Dios. Entre los regalos que le traen –oro, in-cienso y mirra-, el incienso no se quema sino a Dios. Jesús ha sido manifestado como Dios. Nació pobre e ignorado por su pueblo. Pero es adorado por estos representantes de pue-blos lejanos como Dios. Esta es su epifanía.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Residencial de Santa María de Los Angeles (Chile)


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