La nueva catequesis sobre Jesucristo (7.I.87)

'Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?' (Mt 16, 15).

1. Al iniciar el ciclo de catequesis sobre Jesucristo, catequesis de fundamental importancia para la fe y la vida cristiana, nos sentimos interpelados por la misma pregunta que hace casi dos mil años el Maestro dirigió a Pedro y a los discípulos que estaban con El. En ese momento decisivo de su vida, como narra en su Evangelio Mateo, que fue testigo de ello, 'viniendo Jesús a la región de Cesárea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron: unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías u otro de los Profetas. Y El les dijo: y vosotros, ¿quién decís que soy ?' (Mt. 16, 13-15).

Conocemos la respuesta escueta e impetuosa de Pedro: 'Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo' (Mt 16, 16). Para que nosotros podamos darla, no sólo en términos abstractos, sino como una expresión vital, fruto del don del Padre (Mt 16, 17), cada uno debe dejarse tocar personalmente por la pregunta: 'Y tú, ¿quién dices que soy? Tú, que oyes hablar de Mí, responde: ¿Qué soy yo de verdad para ti?. A Pedro la iluminación divina y la respuesta de la fe le llegaron después de un largo periodo de estar cerca de Jesús, de escuchar su palabra y de observar su vida y su ministerio (Cfr. Mt 16, 21-24).

También nosotros, para llegar a una confesión más consciente de Jesucristo, hemos de recorrer como Pedro un camino de escucha atenta, diligente. Hemos de ir a la escuela de los primeros discípulos, que son sus testigos y nuestros maestros, y al mismo tiempo hemos de recibir la experiencia y el testimonio nada menos que de veinte siglos de historia surcados por la pregunta del Maestro y enriquecidos por el inmenso coro de las respuestas de fieles de todos los tiempos y lugares. Hoy, mientras el Espíritu, 'Señor y dador de vida', nos conduce al umbral del tercer milenio cristiano, estamos llamados a dar con renovada alegría la respuesta que Dios nos inspira y espera de nosotros, casi como para que se realice un nuevo nacimiento de Jesucristo en nuestra historia.

2. La pregunta de Jesús sobre su identidad muestra la finura pedagógica de quien no se fía de respuestas apresuradas, sino que quiere una respuesta madurada a través de un tiempo, a veces largo, de reflexión y de oración, en la escucha atenta e intensa de la verdad de la fe cristiana profesada y predicada por la Iglesia.

Reconocemos, pues, que ante Jesucristo no podemos contentarnos de una simpatía simplemente humana por legítima y preciosa que sea, ni es suficiente considerarlo sólo como un personaje digno de interés histórico, teológico, espiritual, social o como fuente de inspiración artística. En torno a Cristo vemos muchas veces pulular, incluso entre los cristianos, las sombras de la ignorancia, o las aún más penosas de los malentendidos, y a veces también de la infidelidad. Siempre está presente el riesgo de recurrir al 'Evangelio de Jesús' sin conocer verdaderamente su grandeza y su radicalidad y sin vivir lo que se afirma con palabras. Cuántos hay que reducen el Evangelio a su medida y se hacen un Jesús más cómodo, negando su divinidad trascendente, o diluyendo su real, histórica humanidad, e incluso manipulando la integridad de su mensaje especialmente si no se tiene en cuenta ni el sacrificio de la cruz, que domina su vida y su doctrina, ni la Iglesia que Él instituyó como su 'sacramento' en la historia.

Estas sombras también nos estimulan a la búsqueda de la verdad plena sobre Jesús, sacando partido de las muchas luces que, como hizo una vez a Pedro, el Padre ha encendido, en torno a Jesús a lo largo de los siglos, en el corazón de tantos hombres con la fuerza del Espíritu Santo: las luces de los testigos fieles hasta el martirio; las luces de tantos estudiosos apasionados, empeñados en escrutar el misterio de Jesús con el instrumento de la inteligencia apoyada en la fe; las luces que especialmente del Magisterio de la Iglesia, guiado por el carisma del Espíritu Santo, ha encendido con las definiciones dogmáticas sobre Jesucristo.

Reconocemos que un estímulo para descubrir quién es verdaderamente Jesús está presente en la búsqueda incierta y trepidante de muchos contemporáneos nuestros tan semejantes a Nicodemo, que fue 'de noche a encontrar a Jesús' (Cfr. Jn 3, 2), o a Zaqueo, que se subió a un árbol para 'ver a Jesús' (Cfr. Lc 19, 4). El deseo de ayudar a todos los hombres a descubrir a Jesús, que ha venido como médico para los enfermos y como salvador para los pecadores (Cfr. Mc 2, 17), me lleva a asumir la tarea comprometida y apasionante de presentar la figura de Jesús a los hijos de la Iglesia y a todos los hombres de buena voluntad.

Quizá recordaréis que al principio de mi pontificado lancé una invitación a los hombres de hoy para 'abrir de par en par las puertas a Cristo'. Después, en la Exhortación 'Catechesi tradendae', dedicad la catequesis, haciéndome portavoz del pensamiento de los obispos reunidos en el IV Sínodo, afirmé que 'el objeto esencial y primordial de la catequesis es (...) el 'misterio de Cristo'. Catequizar es, en cierto modo llevar a uno a escrutar ese misterio en toda su dimensión...; descubrir en la Persona de Cristo el designio eterno de Dios, que se realiza en Él... Sólo El puede conducirnos al amor del Padre en el Espíritu y hacernos partícipes de la vida de la Santísima Trinidad' (Catechesi tradendae 5).

Recorreremos juntos este itinerario catequístico ordenando nuestras consideraciones en torno a cuatro puntos:

1 ) Jesús en su realidad histórica y en su condición mesiánica trascendente, hijo de Abrahán, hijo del hombre, e hijo de Dios;

2) Jesús en su identidad de verdadero Dios y verdadero hombre, en profunda comunión con el Padre y animado por la fuerza del Espíritu Santo, tal y como se nos presenta en el Evangelio;

3) Jesús a los ojos de la Iglesia que con a asistencia del Espíritu Santo ha esclarecido y profundizado los datos revelados, dándonos formulaciones precisas de la fe cristológica, especialmente en los Concilios Ecuménicos;

4) finalmente, Jesús en su vida y en sus obras, Jesús en su pasión redentora y en su glorificación, Jesús en medio de nosotros y dentro de nosotros, en la historia y en su Iglesia hasta el fin del mundo (Cfr. Mt 28, 20).

3. Es ciertamente verdad que en la Iglesia hay muchos modos de catequizar al Pueblo de Dios sobre Jesucristo. Cada uno de ellos, sin embargo, para ser auténtico ha de tomar su contenido de la fuente perenne de la Sagrada Tradición y de la Sagrada Escritura, interpretada a la luz de las enseñanzas de los Padres y Doctores de la Iglesia, de la liturgia, de la fe y piedad popular, en una palabra, de la Tradición viva y operante en la Iglesia bajo a acción del Espíritu Santo, que según la promesa del Maestro 'os guiará hacia la verdad completa, porque no hablará de Sí mismo, sino que hablará lo que oyere y os comunicará las cosas venideras' (Jn 16, 13). Esta Tradición la encontramos expresada y sintetizada especialmente en la doctrina de los Sacrosantos Concilios, recogida en los Símbolos de la Fe y profundizada mediante la reflexión teológica fiel a la Revelación y al Magisterio de la Iglesia.

¿De qué serviría una catequesis sobre Jesús si no tuviese a autenticidad y la plenitud de la mirada con que la Iglesia contempla, reza y anuncia su misterio? Por una parte, se requiere una sabiduría pedagógica que, al dirigirse a los destinatarios de la catequesis, sepa tener en cuenta sus condiciones y sus necesidades. Como he escrito en la Exhortación antes citada, 'Catechesi tradendae': 'La constante preocupación de todo catequista, cualquiera que sea su responsabilidad en la Iglesia, debe ser la de comunicar, a través de su enseñanza y su comportamiento, la doctrina y la vida de Jesús' (Catechesi tradendae 6).

4. Concluimos esta catequesis introductoria, recordando que Jesús, en un momento especialmente difícil de la vida de los primeros discípulos, es decir, cuando la cruz se perfilaba cercana y lo abandonaban, hizo a los que se habían quedado con El otra de estas preguntas tan fuertes, penetrantes e ineludibles: '¿Queréis iros vosotros también?'. Fue de nuevo Pedro quien, como intérprete de sus hermanos, le respondió: 'Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios' (Jn 6, 67-69). Que estos apuntes catequéticos puedan hacernos más disponibles para dejarnos interrogar por Jesús, capaces de dar la respuesta justa a sus preguntas, dispuestos a compartir su Vida hasta el final.

Jesús, Hijo de Dios y Salvador (14.I.87)

1. Con la catequesis de la semana pasada, siguiendo los Símbolos más antiguos de la fe cristiana, hemos iniciado un nuevo ciclo de reflexiones sobre Jesucristo. El Símbolo Apostólico proclama: 'Creo... en Jesucristo su único Hijo (de Dios)'. El Símbolo Niceno) constantinopolitano, después de haber definido con precisión aún mayor el origen divino de Jesucristo como Hijo de Dios, continúa declarando que este Hijo de Dios 'por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y se encarnó'. Como vemos, el núcleo central de la fe cristiana está constituido por la doble verdad de que Jesucristo es Hijo de Dios e Hijo del hombre (la verdad cristológica) y es la realización de la salvación del hombre, que Dios Padre ha cumplido en El, Hijo suyo y Salvador del mundo (la verdad sotereológica).

2. Si en las catequesis precedentes hemos tratado del mal, y especialmente del pecado, lo hemos hecho también para preparar el ciclo presente sobre Jesucristo Salvador. Salvación significa, de hecho, liberación del mal, especialmente del pecado. La Revelación contenida en la Sagrada Escritura, comenzando por el Proto-Evangelio (Gen 3,15), nos abre a la verdad de que sólo Dios puede librar al hombre del pecado y de todo el mal presente en la existencia humana. Dios, al revelarse a Sí mismo como Creador del mundo y su providente Ordenador, se revea al mismo tiempo como Salvador: como Quien libera del mal, especialmente del pecado cometido por la libre voluntad de la criatura. Este es el culmen del proyecto creador obrado por la Providencia de Dios, en el cual, mundo (cosmología), hombre (antropología) y Dios Salvador (sotereología) están íntimamente unidos.

Tal como recuerda el Concilio Vaticano II, los cristianos creen que el mundo está 'creado y conservado por el amor del Creador, esclavizado bajo la servidumbre del pecado, pero liberado por Cristo, crucificado y resucitado (Cfr. Gaudium et Spes 2).

3. El nombre 'Jesús', considerado en su significado etimológico, quiere decir 'Yahvéh libera', salva, ayuda. Antes de la esclavitud de Babilonia se expresaba en la forma 'Jehosua': nombre teofórico que contiene la raíz del santísimo nombre de Yahvéh. Después de la esclavitud babilónica tomó la forma abreviada 'Jeshua' que en la traducción de los Setenta se transcribió como 'Jesous', de aquí 'Jesús'.

El nombre estaba bastante difundido, tanto en a antigua como en la Nueva Alianza. Es, pues, el nombre que tenía Josué, que después de la muerte de Moisés introdujo a los israelitas en la tierra prometida: 'EI fue, según su nombre, grande en la salud de los elegidos del Señor... para poner a Israel en posesión de su heredad' (Sir 46, 1-2). Jesús, hijo de Sirah, fue el compilador del libro del Sirácida (50, 27). En la genealogía del Salvador, relatada en el Evangelio según Lucas, encontramos citado a 'Er, hijo de Jesús' (Lc. 3, 28-29). Entre los colaboradores de San Pablo está también un tal Jesús, 'llamado Justo' (Cfr. Col 4, 11).

4. El nombre de Jesús, sin embargo, no tuvo nunca esa plenitud del significado que habría tomado en el caso de Jesús de Nazaret y que se le habría revelado por el ángel a María (Cfr. Lc 1, 31 ss.) y a José (Cfr. Mt 1, 21). Al comenzar el ministerio público de Jesús, la gente entendía su nombre en el sentido común de entonces.

'Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley y los Profetas, a Jesús, hijo de José de Nazaret'. Así dice uno de los primeros discípulos, Felipe, a Natanael; el cual contesta: '¿De Nazaret puede salir algo bueno?' (Jn 1, 45-46). Esta pregunta indica que Nazaret no era muy estimada por los hijos de Israel. A pesar de esto, Jesús fue llamado 'Nazareno' (Cfr. Mt 2, 23), o también 'Jesús de Nazaret de Galilea' (Mt 21, 11), expresión que el mismo Pilato utilizó en la inscripción que hizo colocar en la cruz: 'Jesús Nazareno, Rey de los Judíos' (Jn 19, 19).

5. La gente llamó a Jesús 'el Nazareno' por el nombre del lugar en que residió con su familia hasta la edad de treinta años. Sin embargo, sabemos que el lugar de nacimiento de Jesús no fue Nazaret, sino Belén, localidad de Judea, al sur de Jerusalén. Lo atestiguan los Evangelistas Lucas y Mateo. El primero, especialmente, hace notar que a causa del censo ordenado por las autoridades romanas, 'José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y de la familia de David, para empadronarse con María, su esposa que estaba encinta. Estando allí se cumplieron los días de su parto' (Lc 2, 4-6).

Tal como sucede con otros lugares bíblicos, también Belén asume un valor profético. Refiriéndose al Profeta Miqueas (5,1)3), Mateo recuerda que esta pequeña ciudad fue elegida como lugar del nacimiento del Mesías: 'Y tú, Belén, tierra de Judá, de ninguna manera eres la menor entre los clanes de Judá pues de ti saldrá un caudillo, que apacentará a mi pueblo Israel' (Mt 2,6). El Profeta añade: 'Cuyos orígenes serán de antiguo, de días de muy remota antigüedad (Miq 5, 1).

A este texto se refieren los sacerdotes y los escribas que Herodes había consultado para dar respuesta a los Magos, quienes, habiendo llegado de Oriente, preguntaban dónde estaba el lugar del nacimiento del Mesías.

El texto del Evangelio de Mateo: 'Nacido, pues, Jesús en Belén de Judá en los días del rey Herodes' (Mt 2, 1), hace referencia a la profecía de Miqueas, a la que se refiere también la pregunta que trae el IV Evangelio: '¿No dice la Escritura que del linaje de David y de la aldea de Belén ha de venir el Mesías?' (Jn 7, 42).

6. De estos detalles se deduce que Jesús es el nombre de una persona histórica, que vivió en Palestina. Si es justo dar credibilidad histórica figuras como Moisés y Josué, con más razón hay que acoger la existencia histórica de Jesús. Los Evangelios no nos refieren detalladamente su vida, porque no tienen finalidad primariamente historiográfica. Sin embargo, son precisamente los Evangelios los que, leídos con honestidad de crítica, nos llevan a concluir que Jesús de Nazaret es una persona histórica que vivió en un espacio y tiempo determinados. Incluso desde un punto de vista puramente científico ha de suscitar admiración no el que afirma, sino el que niega la existencia de Jesús, tal como han hecho las teorías mitológicas del pasado y como aún hoy hace algún estudioso.

Respecto a la fecha precisa del nacimiento de Jesús, las opiniones de los expertos no son concordes. Se admite comúnmente que el monje Dionisio el Pequeño, cuando el año 533 propuso calcular los años no desde la fundación de Roma, sino desde el nacimiento de Jesucristo, cometió un error. Hasta hace algún tiempo se consideraba que se trataba de una equivocación de unos cuatro años, pero la cuestión no está ciertamente resuelta.

7. En la tradición del pueblo de Israel el nombre 'Jesús' conservó su valor etimológico: 'Dios libera'. Por tradición, eran siempre los padres quienes ponían el nombre a sus hijos. Sin embargo en el caso de Jesús, Hijo de María, el nombre fue escogido y asignado desde lo alto, y antes de su nacimiento, según la indicación del Ángel a María, en a anunciación (Lc 1, 31 ) y a José en sueño (Mt 1, 21). 'Le dieron el nombre de Jesús' )subraya el Evangelista Lucas¿, porque este nombre se le había 'impuesto por el Ángel antes de ser concebido en el seno de su Madre' (Lc 2, 21).

8. En el plan dispuesto por la Providencia de Dios, Jesús de Nazaret lleva un nombre que alude a la salvación: 'Dios libera', porque El es en realidad lo que el nombre indica, es decir, el Salvador. Lo atestiguan algunas frases que se encuentran en los llamados Evangelios de la infancia, escritos por Lucas: '...nos ha nacido... un Salvador' (Lc 2, 11), y por Mateo: 'Porque salvaría al pueblo de sus pecados' (Mt 1, 21). Son expresiones que reflejan la verdad revelada y proclamada por todo el Nuevo Testamento. Escribe, por ejemplo, el Apóstol Pablo en la Carta a los Filipenses: 'Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó un nombre, sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble la rodilla y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor (Kyrios, Adonai) para gloria de Dios Padre' (Flp 2, 9-11).

La razón de la exaltación de Jesús la encontramos en el testimonio que dieron de El los Apóstoles, que proclamaron con coraje 'En ningún otro hay salvación, pues ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos' (Hech 4, 12).

'Concebido por obra del Espíritu Santo y nacido de María Virgen' (28.I.87)

1. En el encuentro anterior centramos nuestra reflexión en el nombre 'Jesús', que significa 'Salvador'. Este mismo Jesús, que vivió treinta años en Nazaret, en Galilea, es el Hijo Eterno de Dios, 'concebido por obra del Espíritu Santo y nacido de María Virgen'. Lo proclaman los Símbolos de la Fe, el Símbolo de los Apóstoles y el niceno-constantinopolitano; lo han enseñado los Padres de la Iglesia y los Concilios, según los cuales, Jesucristo, Hijo eterno de Dios, es 'ex substantia matris in saeculo natus' (Cfr. Símbolo Quicumque). La Iglesia, pues, profesa y proclama que Jesucristo fue, concebido y nació de una hija de Adán, descendiente de Abrahán y de David, la Virgen María. El Evangelio según Lucas precisa que María concibió al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo, 'sin conocer varón' (Cfr. Lc 1, 34 y Mt 1, 18. 24-25). María era, pues, virgen antes del nacimiento de Jesús y permaneció virgen en el momento del parto y después del parto. Es la verdad que presentan los textos del Nuevo Testamento y que expresaron tanto el V Concilio Ecuménico, celebrado en Constantinopla el año 553, que habla de María 'siempre Virgen', como el Concilio Lateranense, el año 649, que enseña que 'la Madre de Dios... María... concibió (a su Hijo) por obra del Espíritu Santo sin intervención de varón y que lo engendró incorruptiblemente, permaneciendo inviolada su virginidad también después del parto'.

2. Esta fe esta presente en la enseñanza de los Apóstoles. Leemos por ejemplo en la Carta a de San Pablo a los Gálatas: 'Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer... para que recibiéramos la adopción' (Gal. 4, 4-5). Los acontecimientos unidos a la concepción y al nacimiento de Jesús están contenidos en los primeros capítulos de Mateo y de Lucas, llamados comúnmente 'el Evangelio de la infancia', y es sobre todo a ellos a los que hay que hacer referencia.

3. Especialmente conocido es el texto de Lucas, porque se lee frecuentemente en la liturgia eucarística, y se utiliza en la oración del Angelus. El fragmento del Evangelio de Lucas describe a anunciación a María, que sucedió seis meses después del anuncio del nacimiento de Juan Bautista (Cfr. Lc 1, 5-25). ' fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María' (Lc 1, 26). El ángel la saludó con las palabras 'Ave María', que se han hecho oración de la Iglesia (la 'salutatio angélica'). El saludo provoca turbación en María: 'Ella se turbó al oír estas palabras y discurría qué podría significar aquella salutación. El ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios, y concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y llamado Hijo del Altísimo... Dijo María l ángel: ¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón? El ángel le contestó y dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por eso el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios' (Lc 1, 29-35). El ángel anunciador, presentando como un 'signo' la inesperada maternidad de Isabel, pariente de María, que ha concebido un hijo en su vejez, añade: 'Nada hay imposible para Dios'. Entonces dijo María: 'He aquí a la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra' (Lc 1, 37-38).

4. Este texto del Evangelio de Lucas constituye la base de la enseñanza de la Iglesia sobre la maternidad y la virginidad de María, de la que nació Cristo, hecho hombre por obra del Espíritu. El primer momento del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios se identifica con la concepción prodigiosa sucedida por obra del Espíritu Santo en el instante en que María pronunció su 'sí': 'Hágase en mi según tu palabra' (Lc 1, 38).

5. El Evangelio según Mateo completa la narración de Lucas describiendo algunas circunstancias que precedieron al nacimiento de Jesús. Leemos: 'La concepción de Jesucristo fue así: Estando desposada María, su Madre con José, antes de que conviviesen se halló haber concebido María del Espíritu Santo. José su esposo, siendo justo, no quiso denunciarla y resolvió repudiarla en secreto. Mientras reflexionaba sobre esto, he aquí que se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados' (Mt 1, 18-21 ).

6. Como se ve, ambos textos del 'Evangelio de la infancia' concuerdan en la constatación fundamental: Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo y nació de María Virgen; y son entre sí complementarios en el esclarecimiento de las circunstancias de este acontecimiento extraordinario: Lucas respecto a María, Mateo respecto a José.

Para identificar la fuente de la que deriva el Evangelio de la infancia, hay que referirse a la frase de San Lucas: 'María guardaba todo esto y lo meditaba en su corazón' (Lc 2, 19). Lucas lo dice dos veces: después de marchar los pastores de Belén y después del encuentro de Jesús en el templo (Cfr. 2, 51). El Evangelista mismo nos ofrece los elementos para identificar en la Madre de Jesús una de las fuentes de información utilizadas por él para escribir el 'Evangelio de la infancia'. María, que 'guardó todo esto en su corazón' (Cfr. Lc 2, 19), pudo dar testimonio, después de la muerte y resurrección de Cristo, de lo que se referí la propia persona y a la función de Madre precisamente en el período apostólico, en el que nacieron los textos del Nuevo Testamento y tuvo origen la primera tradición cristiana.

7. El testimonio evangélico de la concepción virginal de Jesús por parte de María es de gran relevancia teológica. Pues constituye un signo especial del origen divino del Hijo de María. El que Jesús no tenga un padre terreno porque ha sido engendrado 'sin intervención de varón', pone de relieve la verdad de que El es el Hijo de Dios, de modo que cuando asume la naturaleza humana, su Padre continúa siendo exclusivamente Dios.

8. La revelación de la intervención del Espíritu Santo en la concepción de Jesús, indica el comienzo en la historia del hombre de la nueva generación espiritual que tiene un carácter estrictamente sobrenatural (Cfr. 1 Cor 15, 45-49). De este modo Dios Uno y Trino 'se comunica' a la criatura mediante el Espíritu Santo. Es el misterio al que se pueden aplicar las palabras del Salmo: 'Envía tu Espíritu, y serán creados, y renovarás la faz de la tierra' (Sal 103/104, 30). En la economía de esa comunicación de Sí mismo que Dios hace a la criatura, la concepción virginal de Jesús, que sucedió por obra del Espíritu Santo, es un acontecimiento central y culminante. El inicia la 'nueva creación' Dios entra así en un modo decisivo en la historia para actuar el destino sobrenatural del hombre, o sea, la predestinación de todas las cosas en Cristo. Es la expresión definitiva del Amor salvífico de Dios al hombre, del que hemos hablado en las catequesis sobre la Providencia.

9. En la actuación del plan de la salvación hay siempre una participación de la criatura. Así en la concepción de Jesús por obra del Espíritu Santo María participa de forma decisiva. Iluminada interiormente por el mensaje del ángel sobre su vocación de Madre y sobre la conservación de su virginidad, María expresa su voluntad y consentimiento y acepta hacerse el humilde instrumento de la 'virtud del Altísimo'. La acción del Espíritu Santo hace que en María la maternidad y la virginidad estén presentes de un modo que, aunque inaccesible a la mente humana, entre de lleno en el ámbito de la predilección de la omnipotencia de Dios. En María se cumple la gran profecía de Isaías: 'La virgen grávida da a luz' (7, 14. Cfr. Mt 1, 22)23); su virginidad, signo en el Antiguo Testamento de la pobreza y de disponibilidad total al plan de Dios, se convierte en el terreno de a acción excepcional de Dios, que escoge a María para ser Madre del Mesías.

10. La excepcionalidad de María se deduce también de las genealogías aducidas por Mateo y Lucas.

El Evangelio según Mateo comienza, conforme a la costumbre hebrea, con la genealogía de José (Mt 1, 2-17) y hace un elenco partiendo de Abrahán, de las generaciones masculinas. A Mateo de hecho, le importa poner de relieve, mediante la paternidad legal de José, la descendencia de Jesús de Abrahán y David y, por consiguiente, la legitimidad de su calificación de Mesías. Sin embargo al final de la serie de los ascendientes leemos: 'Y Jacob engendró a José esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo' (Mt 1,16). Poniendo el acento en la maternidad de María el Evangelista implícitamente subraya la verdad del nacimiento virginal: Jesús como hombre, no tiene padre terreno.

Según el Evangelio de Lucas, la genealogía de Jesús (Lc 3 23-38) es ascendente: desde Jesús a través de sus antepasados se remonta hasta Adán. El Evangelista ha querido mostrar la vinculación de Jesús con todo el género humano. María, como colaboradora de Dios en dar a su Eterno Hijo la naturaleza humana ha sido el instrumento de la unión de Jesús con toda la humanidad.

En Jesús se cumplen las profecías (4.II.87)

1. En la catequesis anterior hablamos de las dos genealogías de Jesús: la del Evangelio según Mateo (Mt 1,1-17) tiene una estructura 'descendente', es decir, enumera los antepasados de Jesús, Hijo de María, comenzando por Abrahán. La otra, que se encuentra en el Evangelio de Lucas (Lc 3, 23-38), tiene una estructura 'ascendente': partiendo de Jesús llega hasta Adán.

Mientras que la genealogía de Lucas indica la conexión de Jesús con toda la humanidad, la genealogía de Mateo hace ver su pertenencia la estirpe de Abrahán. Y en cuanto hijo de Israel, pueblo elegido por Dios en a antigua Alianza, al que directamente pertenece, Jesús de Nazaret es a pleno título miembro de la gran familia humana.

2. Jesús nace en medio de este pueblo, crece en su religión y en su cultura. Es un verdadero israelita, que piensa y se expresa en arameo según las categorías conceptuales y lingüísticas de sus contemporáneos y sigue las costumbres y los usos de su ambiente. Como israelita es heredero fiel de la Antigua Alianza.

Es un hecho puesto de relieve por San Pablo cuando, en la Carta a los Romanos, escribe respecto a su pueblo: 'los israelitas, cuya es a adopción, y la gloria, y las alianzas, y la legislación, y el culto y las promesas; cuyos son los patriarcas y de quienes según la carne procede Cristo' (Rom 9, 4-5). Y en la Carta a los Gálatas recuerda que Cristo ha 'nacido bajo la ley' (Gal 4, 4).

3. Como obsequio a la prescripción de la ley de Moisés, poco después del nacimiento Jesús fue circuncidado según el rito, entrando así oficialmente a se r parte del pueblo de a alianza: 'Cuando se hubieron cumplido los ocho días para circuncidar al niño, le dieron el nombre de Jesús' (Lc 2, 21).

El Evangelio de la infancia, aunque es pobre en pormenores sobre el primer periodo de la vida de Jesús, narra sin embargo que 'sus padres iban cada año a Jerusalén en la fiesta de la Pascua' (Lc 2, 41), expresión de su fidelidad a la ley y a la tradición de Israel. 'Cuando era ya de doce años, al subir sus padres, según el rito festivo' (Lc 2, 42), 'y volverse ellos, acabados los días, el Niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo echasen de ver' (Lc 2, 43). Después de tres días de búsqueda 'le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores, oyéndolos y preguntándoles' (Lc 2, 46). La alegría de María y José se sobrepusieron sin duda sus palabras, que ellos no comprendieron: '¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es preciso que me ocupe de las cosas de mi Padre?' (Lc 2, 49).

4. Fuera de este suceso, todo el periodo de la infancia y de a adolescencia de Jesús en el Evangelio está cubierto de silencio. Es un período de 'vida oculta', resumido por Lucas en dos simples frases: Jesús 'bajó con ellos (con María y José) y vino a Nazaret y les estaba sujeto' (Lc 2, 51), y: 'crecía en sabiduría y edad y gracia ante Dios y ante los hombres' (Lc 2, 52).

5. Por el Evangelio sabemos que Jesús vivió en una determinada familia, en la casa de José, quien hizo las veces de padre del Hijo de María, asistiéndolo, protegiéndolo y adiestrándolo poco a poco en su mismo oficio de carpintero. A los ojos de los habitantes de Nazaret Jesús aparecía como 'el hijo del carpintero' (Cfr. Mt 13, 55). Cuando comenzó a enseñar, sus paisanos se preguntaban sorprendidos: '¿No es acaso el carpintero, hijo de María?...' (Cfr. Mc 6, 2-3). Además de la madre, mencionaban también a sus 'hermanos' y sus 'hermanas', es decir, aquellos miembros de su parentela ('primos'), que vivían en Nazaret, aquellos mismos que, como recuerda el Evangelista Marcos, intentaron disuadir a Jesús de su actividad de Maestro (Cfr. Mc 3, 21).Evidentemente ellos no en encontraban en El algún motivo que pudiera justificar el comienzo de una nueva actividad; consideraban que Jesús era y debía seguir siendo un israelita más.

6. La actividad pública de Jesús comenzó a los treinta años cuando tuvo su primer discurso en Nazaret: '...según su costumbre, entró el día de sábado en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron un libro del Profeta Isaías...' (Lc. 4, 16-17). Jesús leyó el pasaje que comenzaba con las palabras: 'El Espíritu del Señor está sobre mi, porque me ungió para evangelizar a los pobres ' (Lc 4, 18). Entonces Jesús se dirigió a los presentes y les anunció: 'Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír...'(Lc. 4, 21 )

7. En su actividad de Maestro, que comienza en Nazaret y se extiende a Galilea y a Judea hasta la capital, Jerusalén, Jesús sabe captar y valorar los frutos abundantes presentes en la tradición religiosa de Israel. La penetra con inteligencia nueva, hace emerger sus valores vitales, pone a la luz sus perspectivas proféticas. No duda en denunciar las desviaciones de los hombres en contraste con los designios del Dios de a alianza.

De este modo realiza, en el ámbito de la única e idéntica Revelación divina, el paso de lo 'viejo' a lo 'nuevo', sin abolir la ley, sino más bien llevándola a su pleno cumplimiento (Cfr. Mt 5, 17). Este es el pensamiento con el que se abre la Carta a los Hebreos: 'Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los Profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo..' (Heb 1, 1).

8. Este paso de lo 'viejo' a lo 'nuevo' caracteriza toda la enseñanza del 'Profeta' de Nazaret. Un ejemplo especialmente claro es el sermón de la montaña, registrado en el Evangelio de Mateo Jesús dice: 'Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás... Pero yo os digo que todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio' (Cfr. Mt 5, 21)22). 'Habéis oído que fue dicho: No adulterarás: pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón' (Mt 5, 27-28). 'Habéis oído que fue dicho: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo; pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen' (Mt. 5, 43-44).

Enseñando de este modo, Jesús declara al mismo tiempo: 'No penséis que yo he venido a abrogar la ley o los Profetas, no he venido a abrogarlas, sino a consumarlas' (Mt 5, 17).

9. Este 'consumar' es una palabra clave que se refiere no sólo a la enseñanza de la verdad revelada por Dios, sino también a toda la historia de Israel, o sea, del pueblo del que Jesús es hijo. Esta historia extraordinaria, guiada desde el principio por la mano poderosa del Dios de a alianza, encuentra en Jesús su cumplimiento. El designio que el Dios de a alianza había escrito desde el principio en esta historia, haciendo de ella la historia de la salvación, tendía a la 'plenitud de los tiempos' (Cfr. Gal 4, 4), que se realiza en Jesucristo. El Profeta de Nazaret no duda en hablar de ello desde el primer discurso pronunciado en la sinagoga de su ciudad.

10. Especialmente elocuentes son las palabras de Jesús referidas en el Evangelio de Juan cuando dice a sus contrarios: 'Abrahán, vuestro padre, se regocijó pensando en ver mi día' y ante su incredulidad: '¿No tienes aún cincuenta años y has visto a Abrahán?', Jesús confirma aún más explícitamente: 'En verdad, en verdad os digo: antes que Abrahán naciese, era yo' (Cfr. Jn 8, 56-58). Es evidente que Jesús afirma no sólo que El es el cumplimiento de los designios salvíficos de Dios, inscritos en la historia de Israel desde los tiempos de Abrahán, sino que su existencia precede al tiempo de Abrahán, llegando a identificarse como 'El que es' (Cfr. Ex 3, 14) Pero precisamente por esto, es El, Jesucristo, el cumplimiento de la historia De Israel, porque 'supera' esta historia con su Misterio. Pero aquí tocamos otra dimensión de la cristología que afrontaremos más adelante.

11. Por ahora concluyamos con una última reflexión sobre las dos genealogías que narran los dos Evangelistas Mateo y Lucas. De ellas resulta que Jesús es verdadero hijo de Israel y que, en cuanto tal, pertenece a toda la familia humana. Por eso, si en Jesús, descendiente de Abrahán, vemos cumplidas las profecías del Antiguo Testamento, en El, como descendiente de Adán, vislumbramos, siguiendo la enseñanza de San Pablo, el principio y el centro de la 'recapitulación' de la humanidad entera (Cfr. Ef 1, 10).

El Mesías Rey (11.II.87)

1. Como hemos visto en las recientes catequesis, el Evangelista Mateo concluye su genealogía de Jesús, Hijo de María, colocad l comienzo de su Evangelio, con las palabras 'Jesús, llamado Cristo' (Mt 1, 16). El término 'Cristo' es el equivalente griego de la palabra hebrea 'Mesías' que quiere decir 'Ungido'. Israel, el pueblo elegido por Dios, vivió durante generaciones en la espera del cumplimiento de la promesa del Mesías, a cuya venida fue preparado a través de la historia de a alianza. El Mesías, es decir el 'Ungido' enviado por Dios, había de dar cumplimiento a la vocación del pueblo de la

Alianza, al cual, por medio de la Revelación se le había concedido el privilegio de conocer la verdad sobre el mismo Dios y su proyecto de salvación.

2. El atribuir el nombre 'Cristo' a Jesús de Nazaret es el testimonio de que los Apóstoles y la Iglesia primitiva reconocieron que en El se habían realizado los designios del Dios de a alianza y las expectativas de Israel. Es lo que proclamó Pedro el día de Pentecostés cuando, inspirado por el Espíritu Santo, habló por la primera vez a los habitantes de Jerusalén y a los peregrinos que habían llegado a las fiestas: 'Tenga pues por cierto toda la casa de Israel que Dios le ha hecho Señor y Mesías a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado' (Hech 2, 36).

3. El discurso de Pedro y la genealogía de Mateo vuelven a proponernos el rico contenido de la palabra 'Mesías)Cristo' que se encuentra en el Antiguo Testamento y sobre el que hablaremos en las próximas catequesis.

La palabra 'Mesías' incluyendo la idea de unción, sólo puede comprenderse en conexión con la institución religiosa de la unción con el aceite, que era usual en Israel y que )como bien sabemos) pasó de la antigua Alianza a la Nueva. En la historia de a antigua alianza recibieron esta unción personas llamadas por Dios al cargo y a la dignidad de rey, o de sacerdote o de profeta.

La verdad sobre el Cristo-Mesías hay que volverá a leer, pues, en el contexto bíblico de este triple 'munus', que en la antigua alianza se confería a los que estaban destinados a guiar o a representar al Pueblo de Dios. En esta catequesis intentamos detenernos en el oficio y la dignidad de Cristo en cuanto Rey.

4. Cuando el ángel Gabriel anuncia a la Virgen María que había sido escogida para ser la Madre del Salvador, le habla de la realeza de su Hijo: '...le dará el Señor Dios el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin' (Lc 1, 32)33).

Estas palabras parecen corresponder a la promesa hecha al rey David: 'Cuando se cumplieren tus días... suscitaré a tu linaje después de ti... y afirmaré su reino. El edificará casa mi nombre y yo estableceré su trono por siempre. Yo le seré a él padre, y el me será a mi hijo' (2 Sm 7, 12-14). Se puede decir que esta promesa se cumplió en cierta medida con Salomón, hijo y directo sucesor de David. Pero el sentido pleno de la promesa iba más allá de los confines de un reino terreno y se refería no sólo a un futuro lejano, sino ciertamente a una realidad, que iba más allá de la historia, del tiempo y del espacio: 'Yo estableceré su trono por siempre' (2 Sm 7, 13).

5. En la anunciación se presenta a Jesús como Aquel en el que se cumple la antigua promesa. De ese modo la verdad sobre el Cristo-Rey se sitúa en la tradición bíblica del 'Rey mesiánico' (del Mesías-Rey); así se la encuentra muchas veces en los Evangelios que nos hablan de la misión de Jesús de Nazaret y nos transmiten su enseñanza.

Es significativa a este respecto a actitud del mismo Jesús, por ejemplo cuando Bartimeo, el mendigo ciego, para pedirle ayuda le grita: 'Hijo de David, Jesús, ten piedad de mí!' (Mc 10, 47). Jesús, que nunca se ha atribuido ese título, acepta como dirigidas a El las palabras pronunciadas por Bartimeo. En todo caso se preocupa de precisar su importancia. En efecto, dirigiéndose a los fariseos, pregunta: '¿Qué os parece de Cristo? ¿De quién es hijo? Dijéronle ellos: De David. Les replicó: pues ¿cómo David, en espíritu le llama Señor, diciendo: !Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra mientras pongo a tus enemigos bajo tus pies?(Sal 109/110, 1). Si, pues, David le llama Señor, 'cómo es hijo suyo?' (Mt 22, 42-45) .

6. Como vemos, Jesús llama a atención sobre el modo 'limitado' e insuficiente de comprender al Mesías teniendo sólo como base la tradición de Israel, unida a la herencia real de David. Sin embargo, El no rechaza esta tradición, sino que la cumple en el sentido pleno que ella contenía, y que ya aparece en las palabras pronunciadas en a anunciación y que se manifestará en su Pascua.

7. Otro hecho significativo es que, al entrar en Jerusalén en vísperas de su pasión, Jesús cumple, tal como destacan a los Evangelistas Mateo (21, 5) y Juan (12, 15), la profecía de Zacarías, en la que se expresa la tradición del 'Rey mesiánico': 'Alégrate sobremanera, hija de Sión. Grita exultante, hija de Jerusalén. He aquí que viene tu Rey, justo y victorioso, humilde, montado en un asno, en un pollino hijo de asna' (Zac 9, 9) 'Decid a la hija de Sión: he aquí que tu rey viene a ti, manso y montado sobre un asno, sobre un pollino hijo de una bestia de carga' (Mt 21, 5) Precisamente sobre un pollino cabalga Jesús durante su entrada solemne en Jerusalén, acompañado por la turba entusiasta: 'Hosanna al Hijo de David' (Cfr. Mt 21, 1-10). A pesar de la indignación de los fariseos, Jesús acepta a aclamación mesiánica de los 'pequeños' (Cfr. Mt 21, 16; Lc 19, 40), sabiendo muy bien que todo equívoco sobre el titulo de Mesías se disiparía con su glorificación a través de la pasión .

8. La comprensión de la realeza como un poder terreno entrará en crisis. La tradición no quedará anulada por ello, sino clarificada. Los días siguientes a la entrada de Jesús en Jerusalén se verá cómo se han de entender las palabras del Ángel en a anunciación: 'Le dará el Señor Dios el trono de David, su padre... reinará en la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin'. Jesús mismo explicará en qué consiste su propia realeza, y por lo tanto la verdad mesiánica, y cómo hay que comprenderla.

9. El momento decisivo de esta clarificación se da en el diálogo de Jesús con Pilato, que trae el Evangelio de Juan. Puesto que Jesús ha sido acusado ante el gobernador romano de 'considerarse rey' de los judíos, Pilato le hace una pregunta sobre est acusación que interesa especialmente a la autoridad romana porque, si Jesús realmente pretendiera ser 'rey de los judíos' y fuese reconocido como tal por sus seguidores, podría constituir una amenaza para el imperio.

Pilato, pues, pregunta a Jesús: '¿Eres tú el rey de los judíos? Responde Jesús: ¿Por tu cuenta dices eso o te lo han dicho otros de mi?'; y después explica: 'Mi reino no es de este mundo; si de este mundo fuera mi reino, mis ministros habrían luchado para que no fuese entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí' Ante la insistencia de Pilato: 'Luego, ¿tú eres rey?', Jesús declara: 'Tú dices que soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad oye mi voz' (Cfr. Jn 18, 33-37) Estas palabras inequívocas de Jesús contienen la afirmación clara de que el carácter o munus real, unido a la misión del Cristo) Mesías enviado por Dios, no se puede entender en sentido político como si se tratara de un poder terreno, ni tampoco en relación al 'pueblo elegido', Israel.

10. La continuación del proceso de Jesús confirma la existencia del conflicto entre la concepción que Cristo tiene de Sí como 'Mesías)Rey' y la terrestre o política, común entre el pueblo. Jesús es condenado a muerte bajo a acusación de que 'se ha considerado rey'. La inscripción colocada en la cruz: 'Jesús Nazareno, Rey de los judíos', probará que para a autoridad romana éste es su delito. Precisamente los judíos que, paradójicamente, aspiraban al restablecimiento del 'reino de David', en sentido terreno, al ver a Jesús azotado y coronado de espinas, tal como se lo presentó Pilato con las palabras: 'Ahí tenéis a vuestro rey!', habían gritado: 'Crucifícale!... Nosotros no tenemos más rey que al Cesar' (Jn 19, 15).

En este marco podemos comprender mejor el significado de la inscripción puesta en la cruz de Cristo, refiriéndonos por lo demás a la definición que Jesús había dado de Sí mismo durante el interrogatorio ante el procurador romano. Sólo en ese sentido el Cristo)Mesías es 'el Rey'; sólo en ese sentido El actualiza la tradición del 'Rey mesiánico', presente en el Antiguo Testamento e inscrita en la historia del pueblo de a antigua alianza.

11. Finalmente, en el Calvario un último episodio ilumina la condición mesiánico-real de Jesús. Uno de los dos malhechores crucificados junto con Jesús manifiesta esta verdad de forma penetrante, cuando dice: 'Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino' (Lc 23, 42). Jesús le responde: 'En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso' (Lc 23, 43) En este diálogo encontramos casi una confirmación última de las palabras que el Ángel había dirigido a María en a anunciación: Jesús 'reinará... y su reino no tendrá fin' (Lc 1, 33).

Cristo, Mesías 'Sacerdote' (18.II.87)

1. El nombre 'Cristo' que, como sabemos, es el equivalente griego de la palabra 'Mesías', es decir 'Ungido', además del carácter 'real', del que hemos tratado en la catequesis precedente, incluye también, según la tradición del Antiguo Testamento, el 'sacerdote'. Cual elementos pertenecientes a la misma misión mesiánica, los dos aspectos, diversos entre sí, son sin embargo complementarios. La figura del Mesías, dibujada en el Antiguo Testamento, los comprende a entrambos manifestando la profunda unidad de la misión real y sacerdotal.

2. Esta unidad tiene su primera expresión, como un prototipo y una anticipación, en Melquisedec, rey de Salem, misterioso contemporáneo de Abrahán. De él leemos en el libro del Génesis, que, saliendo al encuentro de Abrahán, 'sacando pan y vino, como era sacerdote del Dios Altísimo, bendijo a Abrahán diciendo: Bendito Abram del Dios Altísimo, el dueño de cielos y tierra'.(Gen 14, 18-19).

La figura de Melquisedec, rey)sacerdote, entró en la tradición mesiánica, como atestigua el Salmo 109 -110): el Salmo mesiánico por antonomasia. Efectivamente, en este Salmo, Dios-Yahvéh se dirige 'a m i Señor' (es decir, al Mesías) con las palabras: 'Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies. !Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro: somete en la batalla a tus enemigos...!' (Sal 109/110, 1-2).

A estas expresiones, que no pueden dejar ninguna duda sobre el carácter real de Aquel al que se dirige Yahvéh, sigue el anuncio: 'El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec' (Sal 109/110, 4). Como vemos, Aquel al que Dios-Yahvéh se dirige, invitándolo a sentarse 'a su derecha', será al mismo tiempo rey y sacerdote 'según el rito de Melquisedec'.

3. En la historia de Israel la institución del sacerdocio de a antigua Alianza comienza en la persona de Arón, hermano de Moisés, y se unirá por herencia con una de las doce tribus de Israel, la de Leví .

A este respecto, es significativo lo que leemos en el libro del Eclesiástico: '(Dios) elevó a Arón... su hermano (es decir, hermano de Moisés), de la tribu de Leví. Y estableció con él una alianza eterna y le dio el sacerdocio del pueblo' (Sir 45, 78). 'Entre todos los vivientes le escogió el Señor para presentarle las ofrendas, los perfumes y el buen olor para memoria y hacer la expiación de su pueblo. Y le dio sus preceptos y poder para decidir sobre la ley y el derecho, para enseñar sus mandamientos a Jacob e instruir en su ley a Israel' (Sir 45, 20)21). De estos textos deducimos que la elección sacerdotal está en función del culto, para la ofrenda de los sacrificios de adoración y de expiación y que a su vez el culto esta ligado a la enseñanza sobre Dios y sobre su ley.

4. Siempre en el mismo contexto son significativas también estas palabras del libro del Eclesiástico: 'También hizo Dios alianza con David... La herencia del reino es para uno de sus hijos, y la herencia de Arón para su descendencia' (Sir 45, 31).

Según esta tradición, el sacerdocio se sitúa 'al lado' de la dignidad real. Ahora bien, Jesús no procede de la estirpe sacerdotal, de la tribu de Leví, sino de la de Judá, por lo que no parece que le corresponda el carácter sacerdotal del Mesías. Sus contemporáneos descubren en El sobre todo al maestro, al profeta, algunos también a su 'rey', heredero de David. Así, pues, podría decirse que en Jesús la tradición de Melquisedec, el Rey-sacerdote, está ausente.

5. Sin embargo, es una ausencia aparente. Los acontecimientos pascuales manifestaron el verdadero sentido del 'Mesías-rey' y del 'rey-sacerdote según el rito de Melquisedec' que, presente en el Antiguo Testamento, encontró su cumplimiento en la misión de Jesús de Nazaret. Es significativo que en el proceso ante el Sanedrín, al sumo sacerdote que le pregunta: '...si eres tú el Mesías, el Hijo de Dios', Jesús responde: 'Tú lo has dicho... y yo os digo que a partir de ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder...' (Mt 26, 63-64). Es una clara referencia al Salmo mesiánico (Sal 109/110), en el que se expresa la tradición del rey-sacerdote.

6. Pero hay que decir que la manifestación plena de esta verdad sólo se encuentra en la Carta a los Hebreos, que afronta la relación entre el sacerdocio levítico y el de Cristo.

El autor de la Carta a los Hebreos toca el tema del sacerdocio de Melquisedec para decir que en Jesucristo se ha cumplido el anuncio mesiánico ligado a esta figura que por predestinación superior ya desde los tiempos de Abrahán había sido inscrita en la misión del Pueblo de Dios.

Efectivamente, leemos de Cristo que ' al ser consumado, vino a ser para todos los que le obedecen causa de salud eterna, declarado por Dios Pontífice según el orden de Melquisedec' (Heb 5, 9-10). Por eso, después de haber recordado lo que escribe el libro del Génesis sobre Melquisedec (Gen 14, 18), la Carta a los Hebreos continúa: '... (su nombre) se interpreta primero rey de justicia, y luego también rey de Salem, es decir, rey de paz. Sin padre, sin madre, sin genealogía, sin principio de sus días, ni fin de su vida, se asemeja en eso al Hijo de Dios, que es sacerdote para siempre' (Heb 7, 2-3).

7. Haciendo también analogías con el ritual del culto, con el arca y con los sacrificios de a antigua Alianza, el Autor de la Carta a los Hebreos presenta a Jesucristo como el cumplimiento de todas las figuras y las promesas del Antiguo Testamento, en orden 'a servir en un santuario que es imagen y sombra del celestial' (Heb 8, 5). Sin embargo Cristo, Sumo Sacerdote misericordioso y fiel (Heb 2,17; cfr. 3, 2.5), lleva en Si mismo un 'sacerdocio perpetuo' (Heb 7, 24), al haberse ofrecido 'a Sí mismo inmaculado a Dios'(Heb 9, 14).

8. Vale la pena citar en su totalidad algunos fragmentos especialmente elocuentes de esta Carta. Al entrar en el mundo, Jesucristo dice a Dios su Padre: 'No quisiste sacrificios ni oblaciones, pero me has preparado un cuerpo. Los holocaustos y sacrificios por el pecado no los recibiste. Entonces yo dije: Heme aquí que vengo, en el volumen del libro está escrito de mí, para hacer, oh Dios!, tu voluntad' (Heb 10, 5-7)

'Y tal convenía que fuese nuestro Sumo Sacerdote' (Heb 7, 26). 'Por esto hubo de asemejarse en todo a sus hermanos, a fin de hacerse Pontífice misericordioso y fiel en las cosas que tonan a . Dios, para expiar los pecados del pueblo' (Heb 2, 17). Tenemos pues, 'un gran Pontífice... tentado en todo, a semejanza nuestra, menos en el pecado', un Sumo Sacerdote que sabe 'compadecerse de nuestras flaquezas' (Cfr. Heb 4, 15).

9. Leemos más adelante que ese Sumo Sacerdote 'no necesita, como los pontífices, ofrecer cada día víctimas, primero por sus propios pecados, luego por los del pueblo, pues esto lo hizo una sola vez ofreciéndose a Sí mismo' (Heb 7, 27). Y también: 'Cristo, constituido Pontífice de los bienes futuros...entró una vez para siempre en el santuario... por su propia sangre, realizada la redención eterna' (Heb 9, 11-12). De aquí nuestra certeza de que 'la sangre de Cristo, que por el Espíritu eterno a Sí mismo se ofreció inmaculado a Dios, limpiará nuestra conciencia de las obras muertas para dar culto al Dios vivo'(Heb 9, 14).

Así se explica a atribución de una perenne fuerza salvífica al sacerdocio de Cristo, por ella ' su poder es perfecto para salvar a los que por El se acercan a Dios y siempre vive para interceder por ellos' (Heb 7, 25).

10. Finalmente podemos observar que en la Carta a los Hebreos se afirma, de forma clara y convincente, que Jesucristo ha cumplido con toda su vida y sobre todo con el sacrificio de la cruz, lo que se ha inscrito en la tradición mesiánica de la Revelación divina. Su sacerdocio es puesto en referencia al servicio ritual de los sacerdotes de a antigua alianza, que sin embargo El sobrepasa, como Sacerdote y como Víctima. En Cristo, pues, se cumple ele terno designio de Dios que dispuso la institución del sacerdocio en la historia de la alianza.

11. Según la Carta a los Hebreos, el cumplimiento mesiánico está simbolizado por la figura de Melquisedec. En efecto, en ella se lee que por voluntad de Dios: 'a semejanza de Melquisedec se levanta otro Sacerdote, instituido no en razón de una ley carnal (o sea, por institución legal), sino de un poder de vida indestructible' (Heb 7,15)16). Se trata, pues, de un sacerdocio eterno (Cfr. Heb 7, 24).

La Iglesia guardiana e intérprete de éstos y de otros textos que hay en el Nuevo Testamento, ha reafirmado repetidas veces la verdad del Mesías-Sacerdote, tal como atestigua, por ejemplo, el Concilio Ecuménico de Efebo (431), el de Trento (1562) y, en nuestros días, el Concilio Vaticano II (1962-65).

Un testimonio evidente de esta verdad lo encontramos en el sacrificio eucarístico que por institución de Cristo ofrece la Iglesia cada día bajo las especies del pan y del vino, es decir, 'según el rito de Melquisedec'.

Jesucristo, el Siervo de Yahvéh (25.II.87)

1. Durante el proceso ante Pilato, Jesús, al ser interrogado si era rey, primero niega que sea rey en sentido terreno y político; después, cuando Pilato se lo pregunta por segunda vez, responde: 'Tú dices que soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad' (Jn 18, 37). Esta respuesta une la misión real y sacerdotal del Mesías con la característica esencial de la misión profética. En efecto, el Profeta es llamado y enviado a dar testimonio de la verdad. Como testigo de la verdad él habla en nombre de Dios. En cierto sentido es la voz de Dios. Tal fue la misión de los Profetas que Dios envió a lo largo de los siglos a Israel.

En la figura de David, rey y profeta, es en quien especialmente la característica profética se une a la vocación real.

2. La historia de los Profetas del Antiguo Testamento indica claramente que la tarea de proclamar la verdad, al hablar en nombre de Dios, es antes que nada un servicio, tanto en relación con Dios que envía, como en relación con el pueblo al que el Profetas se presenta como enviado de Dios. De ello se deduce que el servicio profético no sólo es eminente y honorable, sino también difícil y fatigoso. Un ejemplo evidente de ello es lo que le ocurrió al Profeta Jeremías, quien encuentra resistencia, rechazo y finalmente persecución, en la medida en que la verdad proclamada es incómoda. Jesús mismo, que muchas veces se refirió a los sufrimientos que padecieron los Profetas, los experimentó personalmente de forma plena.

3. Estas primeras referencias al carácter ministerial de la misión profética nos introducen en la figura del Siervo de Dios (Ebed Yahvéh) que se encuentra en Isaías (y precisamente en el llamado 'Deutero-Isaías'). En esta figura la tradición mesiánica de a antigua Alianza encuentra una expresión especialmente rica, e importante, si consideramos que el Siervo de Yahvéh, en el que sobresalen sobre todo las características del Profeta, une en sí mismo, en cierto modo, también la cualidad del sacerdote y del rey. Los Cantos de Isaías sobre el Siervo de Yahvéh presentan una síntesis veterotestamentaria del Mesías, abierta a ulteriores desarrollos. Si bien están escritos muchos siglos antes de Cristo, sirven de modo sorprendente para la identificación de su figura, especialmente en cuanto a la descripción del Siervo de Yahvéh sufriente: un cuadro tan justo y fiel que se diría que está hecho teniendo delante los acontecimientos de la Pascua de Cristo.

4. Hay que observar que el término 'Siervo, 'Siervo de Dios' se emplea abundantemente en el Antiguo Testamento. A muchos personajes eminentes seles llama o se les define 'siervos de Dios'. Así Abrahán (Gen 26, 24), Jacob (Gen 32, 11), Moisés, David y Salomón, los Profetas. La Sagrada Escritura también atribuye este término a algunos personajes paganos que cumplen su papel en la historia de Israel: así, por ejemplo, a Nabucodonosor (Jer 25, 8-9), y a Ciro (Is 44, 26). Finalmente, todo Israel como pueblo es llamado 'siervo de Dios' (Cfr. Is 41, 8-9; 42, 19; 44, 21; 48, 20), según un uso lingüístico del que se hace eco el Canto de María que alaba a Dios porque 'auxilia a Israel, su siervo' (Lc 1, 54).

5. En cuanto a los Cantos de Isaías sobre el Siervo de Yahvéh constatamos ante todo los que se refieren no a una entidad colectiva, como puede ser un pueblo, sino a una persona determinada a la que el Profeta distingue en cierto modo de Israel pecador: 'He aquí a mi siervo, a quien sostengo yo (leemos en el primer Canto), mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él; él dará el derecho a las naciones. No gritará, no hablará recio ni hará oír su voz en las plazas. No romperá la caña cascada ni apagará la mecha que se extingue. . . sin cansarse ni desmayar, hasta que establezca el derecho en la tierra...' (Is 42, 1-4). 'Yo, Yahvéh, te he formado y te he puesto por alianza del pueblo y para luz de las gentes, para abrir los ojos de los ciegos, para sacar de la cárcel a los presos, del calabozo a los que moran en las tinieblas' (Is 42, 6-7).

6. El segundo Canto desarrolla el mismo concepto: 'Oídme, islas; atended, pueblos lejanos: Yahvéh me llamó desde el seno materno, desde las entrañas de mi madre me llamó por mi nombre. Y puso mi boca como cortante espada, me ha guardado a la sombra de su mano, hizo de mí aguda saeta y me guardó en su aljaba' (Is 49, 6). 'Dijo: ligera cosa es para mí que seas tú mi siervo, para restablecer las tribus de Jacob Yo te he puesto para luz de las gentes, para llevar mi salvación hasta los confines de la tierra' (Is 49,6). 'EL Señor, Yahvéh, me ha dado lengua de discípulo, para saber sostener con palabras al cansado' (Is 50, 4). Y también: 'Así se admirarán muchos pueblos y los reyes cerrarán ante él su boca' (Is 52, 15). 'El Justo, mi Siervo, justificará a muchos y cargará con las iniquidades de ellos' (Is 53, 11).

7. Estos últimos textos, pertenecientes a los Cantos tercero y cuarto, nos introducen con realismo impresionante en el cuadro del Siervo Sufriente al que deberemos volver nuevamente. Todo lo que dice Isaías parece anunciar de modo sorprendente lo que en el alba misma de la vida de Jesús predecirá el santo anciano Simeón, cuando lo saludó como 'luz para iluminación de las gentes' y al mismo tiempo como 'signo de contradicción' (Cfr. Lc 2, 32. 34).Ya en el libro de Isaías la figura del Mesías emerge como Profeta, que viene al mundo para dar testimonio de la verdad, y que precisamente a causa de esta verdad será rechazado por su pueblo, llegando a ser con su muerte motivo de justificación para 'muchos'.

8. Los Cantos del Siervo de Yahvéh encuentran amplia resonancia en el Nuevo Testamento, desde el comienzo de a actividad mesiánica de Jesús. Ya la descripción del bautismo en el Jordán permite establecer un paralelismo con los textos de Isaías. Escribe Mateo: 'Bautizado Jesús. .. he aquí que se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como paloma y venir sobre El' (Mt 3 16); en Isaías se dice: 'He puesto mi espíritu sobre El' (Is 42, 1). El Evangelista añade: 'Mientras una voz del cielo decía: Esté es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias' (Mt 3, 17), y en Isaías Dios dice del Siervo: 'Mi elegido en quien se complace mi alma' (Is 42, 1 ). Juan Bautista señala a Jesús que se acerca al Jordán, con las palabras: 'He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo' (Jn 1, 29), exclamación que representa casi una síntesis del contenido del Canto tercero y cuarto sobre el Siervo de Yahvéh sufriente.

9. Una relación análoga se encuentra en el fragmento en que Lucas narra las primeras palabras mesiánicas pronunciadas por Jesús en la sinagoga de Nazaret, cuando Jesús lee el texto de Isaías: 'EL Espíritu del Señor está sobre mi, porque me ungió para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista: para poner en libertad a los oprimidos, par anunciar un año de gracia del Señor' (Lc 4, 17-19). Son las palabras del primer Canto sobre el Siervo de Yahvéh (Is 42, 1-7; cfr. también Is 61, 1-2).

10. Si miramos también la vida y el ministerio de Jesús. El se nos manifiesta como el Siervo de Dios, que trae la salvación a los hombres, que los sana, que los libra de su iniquidad, que los quiere ganar para Sí no con la fuerza, sino con la bondad. El Evangelio, especialmente el de San Mateo, hace referencia muchas veces al libro de Isaías, cuyo anuncio profético se realiza en Cristo: así cuando narra que 'y tardecido, le presentaron muchos endemoniados, y arrojaba con una palabra los espíritus, y a todos los que se sentían mal los curaba, para que se cumpliese lo dicho por el Profeta Isaías, que dice: El tomó nuestras enfermedades y cargó con nuestras dolencias' (Mt 8, 16-17; cfr. Is 53, 4). Y en otro lugar: 'Muchos le siguieron, y los curaba a todos... para que se cumpliera el anuncio del Profeta Isaías: He aquí a mi siervo..' (Mt 12, 15-21), y aquí el Evangelista narra un largo fragmento del primer Canto sobre el Siervo de Yahvéh.

11. Como los Evangelios, también los Hechos de los Apóstoles demuestran que la primera generación de los discípulos de Cristo, comenzando por los Apóstoles, está profundamente convencida de que en Jesús se cumplió todo lo que el Profeta Isaías había anunciado en sus Cantos inspirados: que Jesús es el elegido Siervo de Dios (Cfr. por ejemplo, Hech 3, 13; 3, 26; 4, 27; 4, 30; 1 Pe 2, 22-25), que cumple la misión del Siervo de Yahvéh y trae la nueva ley, es la luz y alianza para todas las naciones (Cfr. Hech 13, 46-47). Esta misma convicción la volvemos a encontrar también en la 'didajé', en el 'Martirio de San Policarpo', y en la primera Carta de San Clemente Romano.

12. Hay que añadir un dato de gran importancia: Jesús mismo habla de Sí como de un siervo, aludiendo claramente a Is 53, cuando dice: 'El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos' (Mc 10, 45; Mt 20, 28) y expresa el mismo concepto cuando lava los pies a los Apóstoles (Jn 13, 3-4; 12-15).

En el conjunto del Nuevo Testamento, junto a los textos y a las alusiones a al primer Canto del Siervo de Yahvéh (Is 42, 1-7), que subrayan la elección del Siervo y su misión profética de liberación, de curación y de alianza para todos los hombres, el mayor número de textos hace referencia al Canto tercero y cuarto (Is 50, 4-11; 52, 13-53, 12) sobre el Siervo Sufriente. Es la misma idea expresada de modo sintético por San Pablo en la Carta a los Filipenses, cuando hace un himno a Cristo: 'el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de Sí mismo tomando la condición de siervo y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a Sí mismo, obedeciendo hasta la muerte' (Flp 2, 6-8).

En Cristo se cumplen las profecías (4.III.87)

1. En las catequesis precedentes hemos intentado mostrar lo aspectos más relevantes de la verdad sobre el Mesías tal como fue preanunciada en la Antigua alianza y tal como fue heredada por la generación de los contemporáneos de Jesús de Nazaret, que entraron en la nueva etapa de la Revelación divina. De esta generación, los que siguieron a Jesús lo hicieron porque estaban convencidos de que en El se había cumplido la verdad sobre el Mesías que El es el Mesías, el Cristo. Son muy significativas las palabra con que Andrés, el primero de los Apóstoles llamados por Jesús anuncia a su hermano Simón: 'Hemos encontrado al Mesías (que significa el Cristo)' (Jn 1,41).

Sin embargo, hay que reconocer que constataciones tan explícitas como ésta son más bien raras en los Evangelios. Ello se debe también al hecho de que en la sociedad israelita de entonces se hallaba difundida una imagen de Mesías al que Jesús no quiso adaptar su figura y su obra, a pesar del asombro y a admiración suscitados por todo lo que 'hizo y enseñó' (Hech 1, 1).

2. Es más, sabemos incluso que el mismo Juan Bautista, que había señalado a Jesús junto al Jordán como 'El que tenía que venir' (Cfr. Jn 1, 15-30), pues, con espíritu profético, había visto en El al 'Cordero de Dios' que venía para quitar los pecados del mundo; Juan, que había anunciado el 'nuevo bautismo' que administraría Jesús con la fuerza del Espíritu, cuando se hallaba ya en la cárcel, mandó a sus discípulos a preguntar a Jesús: '¿Eres Tú que ha de venir o esperamos a otro?' (Mt 11, 3).

3. Jesús no deja sin respuesta a Juan y a sus mensajeros: 'Id y comunicad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados' (Lc 7, 22). Con esta respuesta Jesús pretende confirmar su misión mesiánica y recurre en concreto a las palabras de Isaías (Cfr. Is 35, 4-5; 6, 1). Y concluye: 'Bienaventurado quien no se escandaliza de mí' (Lc 7, 23). Estas palabras finales resuenan como una llamada dirigida directamente a Juan, su heroico precursor, que tenía una idea distinta del Mesías.

Efectivamente, en su predicación, Juan había delineado la figura del Mesías como la de un juez severo. En este sentido había hablado 'de la ira inminente', del 'hacha puesta y la raíz del árbol' (Cfr. Lc 3, 7. 9), para cortar todas las plantas 'que no de buen fruto' (Lc 3, 9). Es cierto que Jesús no dudaría en tratar con firmeza e incluso con aspereza, cuando fue necesario, la obstinación y la rebelión contra la Palabra de Dios; pero El iba a ser, sobre todo, el anunciador de la 'buena nueva a los pobres' y con sus obras y prodigios revelaría la voluntad salvífica de Dios, Padre misericordioso

4. La respuesta que Jesús da a Juan presenta también otro el momento que es interesante subrayar: Jesús evita proclamarse Mesías abiertamente. De hecho, en el contexto social de la época es título resultaba muy ambiguo: la gente lo interpretaba por lo general en sentido político. Por ello Jesús prefiere referirse al testimonio ofrecido por sus obras, deseoso sobre todo de persuadir y de suscitar la fe.

5. Ahora bien, en los Evangelios no faltan casos especiales, como el diálogo con la samaritana, narrado en el Evangelio de Juan. A la mujer que le dice: 'Yo sé que el Mesías, el que se llama Cristo está para venir y que cuando venga nos hará saber todas las cosas', Jesús le responde: 'Yo soy, el que habla contigo' (Jn 4, 25-26).

Según el contexto del diálogo, Jesús convenció a la samaritana, cuya disponibilidad para la escucha había intuido; de hecho cuando esta mujer volvió a su ciudad, se apresuró a decir a la gente: 'Venid a ver un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será el Mesías?' (Jn 4, 28-29).Animados por su palabra muchos samaritanos salieron al encuentro de Jesús, lo escucharon, y concluyeron a su vez: 'Este es verdaderamente el Salvador del mundo' (Jn 4, 22).

6. Entre los habitantes de Jerusalén, por el contrario, las palabras y los milagros de Jesús suscitaron cuestiones en torno a su condición mesiánica. Algunos excluían que pudiera ser el Mesías. 'De éste sabemos de dónde viene, mas del Mesías, cuando venga nadie sabrá de dónde viene' (Jn 7, 27). Pero otros decían: 'El Mesías, cuando venga, ¿podrá hacer signos más grandes de los que ha hecho éste' (Jn 7, 31). '¿No será éste el Hijo de David?'. (Mt 12,23). Incluso llegó a intervenir el Sanedrín, decretando que 'si alguno lo confesaba Mesías fuera expulsado de la sinagoga' (Jn 9, 22).

7. Con estos elementos podemos llegar a comprender el significado clave de la conversación de Jesús con los Apóstoles cerca de Cesarea de Filipo. 'Jesús les preguntó: ¿Quién dicen los hombres que soy yo? Ellos le respondieron, diciendo: Unos, que Juan Bautista; otros, que Elías y otros, que uno de los Profetas. Pero El les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Pedro, le dijo: Tú eres el Cristo' (Mc 8, 27-29; cfr. Además Mt 16, 13-16 y Lc 9, 18-21), es decir, el Mesías.

8. Según el Evangelio de Mateo esta respuesta ofrece a Jesús la ocasión para anunciar el primado de Pedro en la futura Iglesia (Cfr. Mt 16, 18). Según Marcos, tras la respuesta de Pedro, Jesús ordenó severamente a los Apóstoles 'que no dijeran nada a nadie' (Mc 8 30). De lo cual se puede deducir que Jesús no sólo no proclamaba que El era el Mesías, sino que tampoco quería que los Apóstoles difundieran por el momento la verdad sobre su identidad. Quería, en efecto, que sus contemporáneos llegaran a tal convencimiento contemplando sus obras y escuchando su enseñanza. Por otra parte, el mismo hecho de que los Apóstoles estuvieran convencidos de lo que Pedro había dicho en nombre de todos al proclamar: 'Tú eres el Cristo', demuestra que las obras y palabras de Jesús constituían una base suficiente sobre la que podía fundarse y desarrollarse la fe en que El era el Mesías.

9. Pero la continuación de ese diálogo tal y como aparece en los dos textos paralelos de Marcos y Mateo es aún más significativa en relación con la idea que tenía Jesús sobre su condición de Mesías (Cfr. Mc 8, 31-33; Mt 16, 21-23). Efectivamente; casi en conexión estrecha con la profesión de fe de los Apóstoles, Jesús 'comenzó a enseñarles como era preciso que el Hijo del Hombre padeciese mucho, y que fuese rechazado por los ancianos y los príncipes de los sacerdotes y los escribas y que fuese muerto y resucitado al tercer día' (Mc 8, 31). El Evangelista Marcos hace notar: 'Les hablaba de esto abiertamente' (Mc 8, 32). Marcos dice que 'Pedro, tomándole aparte, se puso a reprenderle' (Mc 8, 32). Según Mateo, los términos de la reprensión fueron éstos: 'No quiera Dios, Señor, que esto suceda' (Mt 16, 22). Y esta fue la reacción del Maestro: Jesús 'reprendió a Pedro diciéndole: Quítate allá, Satán, pues tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres' (Mc 8, 33; Mt 16, 23).

10. En esta reprensión del Maestro se puede percibir algo así como un eco lejano de la tentación de que fue objeto Jesús en el desierto en los comienzos de su actividad mesiánica (Cfr. Lc 4, 1-13), cuando Satanás quería apartarlo del cumplimiento de la voluntad del Padre hasta el final. Los Apóstoles, y de un modo especial Pedro, a pesar que habían profesado su fe en la misión mesiánica de Jesús afirmando 'Tú eres el Mesías', no lograban librarse completamente de aquella concepción demasiado humana y terrena del Mesías, y admitir la perspectiva de un Mesías que iba a padecer y a sufrir la muerte. Incluso en el momento de a ascensión, preguntarían a Jesús: '¿...vas a reconstruir el reino de Israel' (Cfr. Hech 1, 6).

11. Precisamente ante esta actitud Jesús reacciona con tanta decisión y severidad. En El, la conciencia de la misión mesiánica correspondía a los Cantos sobre el Siervo de Yahvéh de Isaías y, de un modo especial, a lo que había dicho el Profeta sobre el Siervo Sufriente: 'Sube ante él como un retoño, como raíz en tierra árida. No hay en él parecer, no hay hermosura...Despreciado y abandonado de los hombres, varón de dolores, y familiarizado con el sufrimiento, y como uno ante el cual se oculta el rostro, menospreciado sin que le tengamos en cuenta... Pero fue él ciertamente quien soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores... Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados' (Is 53, 2)5).

Jesús defiende con firmeza esta verdad sobre el Mesías, pretendiendo realizarla en El hasta las últimas consecuencias, ya que en ella se expresa la voluntad salvífica del Padre: 'El Justo, mi siervo, justificará a muchos' (Is 53,11 ). Así se prepara personalmente y prepara a los suyos para el acontecimiento en que el 'misterio mesiánico' encontrará su realización plena: la Pascua de su muerte y de su resurrección.

Jesucristo inicia el Reino de Dios (18.III.87)

1. 'Se ha cumplido el tiempo, está cerca el reino de Dios' (Mc 1, 15). Con estas palabras Jesús de Nazaret comienza su predicación mesiánica. El reino de Dios, que en Jesús irrumpe en la vida y en la historia del hombre, constituye el cumplimiento de las promesas de salvación que Israel había recibido del Señor.

Jesús se revela Mesías, no porque busque un dominio temporal y político según la concepción de sus contemporáneos, sino porque con sumisión se culmina en la pasión-muerte-resurrección, 'todas las promesas de Dios son !sí!' (2 Cor 1, 20).

2. Para comprender plenamente la misión de Jesús es necesario recordar el mensaje del Antiguo Testamento que proclama la realeza salvífica del Señor. En el cántico de Moisés (Ex 15, 1)18), el Señor es aclamado 'rey' porque ha liberado maravillosamente a su pueblo y lo ha guiado, con potencia y amor, ala comunión con El y con los hermanos en el gozo de la libertad. También el antiquísimo Salmo 28/29 da testimonio de la misma fe: el Señor es contemplado en la potencia de su realeza, que domina todo lo creado y comunica a su pueblo fuerza, bendición y paz (Sal 28/29, 10). Pero la fe en el Señor 'rey', se presenta completamente penetrada por el tema de la salvación, sobre todo en la vocación de Isaías. El 'Rey' contemplado por el Profeta con los ojos de la fe 'sobre un trono alto y sublime' (Is 6, 1 ) es Dios en el misterio de su santidad transcendente y de su bondad misericordiosa, con la que se hace presente a su pueblo como fuente de amor que purifica, perdona, salva: 'Santo, Santo, Santo, Yahvéh de los ejércitos. Está la tierra llena de tu gloria' (Is 6,3).

Esta fe en la realeza salvífica del Señor impidió que, en el pueblo de la alianza, la monarquía se desarrollase de forma autónoma, como ocurría en el resto de las naciones: El rey es el elegido, el ungido del Señor y, como tal, es el instrumento mediante el cual Dios mismo ejerce su soberanía sobre Israel (Cfr. 1 Sm 12, 12-15). 'El Señor reina', proclaman continuamente los Salmos (Cfr. 5, 3; 9, 6; 28/29, 10; 92/93, 1; 96/97, 1)4; 145/146, 10).

3. Frente a la experiencia dolorosa de los límites humanos y del pecado, los Profetas anuncian una nueva Alianza, en la que el Señor mismo será el guía salvífico y real de su pueblo renovado (Cfr. Jer 31, 31-34; Ez 34, 7-16; 36,24-28).

En este contexto surge la expectación de un nuevo David, que el Señor suscitará para que sea el instrumento del éxodo, de la liberación, de la salvación (Ez 34, 23-25; cfr. Jer 23, 5)6). Desde ese momento la figura del Mesías aparece en relación íntima con la manifestación de la realeza plena de Dios.

Tras el exilio, aun cuando la institución de la monarquía decayera en Israel, se continuó profundizando la fe en la realeza que Dios ejerce sobre su pueblo y que se extenderá hasta 'los confines de la tierra'. Los Salmos que cantan al Señor rey constituyen el testimonio más significativo de esta esperanza (Cfr Sal 95/96-98/99).

Esta esperanza alcanza su grado máximo de intensidad cuando la mirada de la fe, dirigiéndose más allá del tiempo de la historia humana, llegará a comprender que sólo en la eternidad futura se establecerá el reino de Dios en todo su poder: entonces, mediante la resurrección, los redimidos se encontrarán en la plena comunión de vida y de amor con el Señor (Cfr. Dan 7,9-10; 12, 2-3).

4. Jesús alude a esta esperanza del Antiguo Testamento y proclama su cumplimiento. El reino de Dios constituye el tema central de su predicación, como lo demuestran sobre todo las parábolas.

La parábola del sembrador (Mt 13, 3)8) proclama que el reino de Dios está ya actuando en la predicación de Jesús; al mismo tiempo invita a contemplar a abundancia de frutos que constituirán la riqueza sobreabundante del reino al final de los tiempos. La parábola de la semilla que crece por sí sola (Mc 4, 26-29) subraya que el reino no es obra humana, sino únicamente don del amor de Dios que actúa en el corazón de los creyentes y guía la historia humana hacia su realización definitiva en la comunión eterna con el Señor. La parábola de la cizaña en medio del trigo (Mt 13, 24-30) y la de la red para pescar (Mt 13, 47-52) se refieren, sobre todo, a la presencia, ya operante, de la salvación de Dios. Pero, junto a los 'hijos del reino', se hallan también los 'hijos del maligno', los que realizan la iniquidad: sólo al final de la historia serán destruidas las potencias del mal, y quien hay cogido el reino estará para siempre con el Señor. Finalmente, las parábolas del tesoro escondido y de la perla preciosa (Mt 13, 44-46), expresan el valor supremo y absoluto del reino de Dios: quien lo percibe, está dispuesto a afrontar cualquier sacrificio y renuncia para entrar en él.

5. De la enseñanza de Jesús nace una riqueza muy iluminadora. El reino de Dios en su plena y total realización, es ciertamente futuro, 'debe venir' (Cfr. Mc 9, 1; Lc 22, 18); la oración del Padrenuestro enseña a pedir su venida: 'Venga a nosotros tu reino' (Mt 6, 10).

Pero al mismo tiempo, Jesús afirma que el reino de Dios 'ya ha venido' (Mt 12, 28), 'está dentro de vosotros' (Lc 17, 21) mediante la predicación y las obras, de Jesús. Por otra parte, de todo el Nuevo Testamento se deduce que la Iglesia, fundada por Jesús, es el lugar donde la realeza de Dios se hace presente, en Cristo, como don de salvación en la fe, de vida nueva en el Espíritu, de comunión en la caridad.

Se ve así la relación íntima entre el reino y Jesús, una relación tan estrecha que el reino de Dios puede llamarse también 'reino de Jesús' (Ef 5, 5;2 Pe 1, 11), como afirma, por lo demás, el mismo Jesús ante Pilato al decir que 'su' reino no es de este mundo (Cfr. 18, 36).

6. Desde esta perspectiva podemos comprender las condiciones indicadas por Jesús para entrar en el reino se pueden resumir en la palabra 'conversión'. Mediante la conversión el hombre se abre al don de Dios (Cfr. Lc 12, 32), que llama 'a su reino y a su gloria' (1 Tes 2, 12); acoge como un niño el reino (Mc 10, 15) y está dispuesto a todo tipo de renuncias para poder entrar en él (Cfr. Lc 18, 29; Mt 19, 29; Mc 10, 29)

El reino de Dios exige una 'justicia' profunda o nueva (Mt 5, 20); requiere empeño en el cumplimiento de la 'voluntad de Dios' (Mt 7, 21), implica sencillez interior 'como los niños' (Mt 18, 3; Mc 10, 15); comporta la superación del obstáculo constituido por las riquezas (Cfr. Mc 10, 23-24).

7. Las bienaventuranzas proclamadas por Jesús (Cfr. Mt 5, 3-12) se presentan como la 'Carta magna' del reino de los cielos, dado a los pobres de espíritu, a los afligidos, a los humildes, a quien tiene hambre y sed de justicia, a los misericordiosos, a los puros de corazón, a los artífices de paz, a los perseguidos por causa de la justicia. Las bienaventuranzas no muestran sólo las exigencias del reino; manifiestan ante todo la obra que Dios realiza en nosotros haciéndonos semejantes a su Hijo (Rom 8, 29) y capaces de tener sus sentimientos (Flp 2, 5 ss.) de amor y de perdón (Cfr. Jn 13, 34-35; Col 3, 13)

8. La enseñanza de Jesús sobre el reino de Dios es testimoniada por la Iglesia del Nuevo Testamento, que vivió esta enseñanza con a alegría de su fe pascual. La Iglesia es la comunidad de los 'pequeños' que el Padre 'ha liberado del poder de las tinieblas y ha trasladado al reino del Hijo de su amor' (Col 1,13); es la comunidad de los que viven 'en Cristo', dejándose guiar por el Espíritu en el camino de la paz (Lc 1, 79), y que luchan para no 'caer en la tentación' y evitar la obras de la 'carne', sabiendo muy bien que 'quienes tales cosas hacen no heredarán el reino de Dios' (Gal 5, 21). La Iglesia es la comunidad de quienes anuncian, con su vida y con sus palabras, el mismo mensaje de Jesús: 'El reino de Dio está cerca de vosotros' (Lc 10, 9).

9. La Iglesia, que 'camina a través de los siglos incesantemente a la plenitud de la verdad divina hasta que se cumpla en ella las palabras de Dios' (Dei Verbum, 8), pide al Padre en cada una de las celebraciones de la Eucaristía que 'venga su reino'. Vive esperando ardientemente la venida gloriosa del Señor y Salvador Jesús, que ofrecerá a la Majestad Divina un reino eterno y universal: el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor la paz' (Prefacio de la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo).

Esta espera del Señor es fuente incesante de confianza de energía. Estimula a los bautizados, hechos partícipes de la dignidad real de Cristo, a vivir día tras día 'en el reino del Hijo de su amor', a testimoniar y anunciar la presencia del reino con las mismas obras de Jesús (Cfr. Jn 14, 12). En virtud de este testimonio de fe y de amor, enseña el Concilio, el mundo se impregnará del Espíritu de Cristo y alcanzará con mayor eficacia su fin en la justicia, en la caridad y en la paz (Lumen Gentium , 36).

Jesucristo, Sabiduría de Dios (22.IV.87)

1. En el Antiguo Testamento se desarrolló y floreció una rica tradición de doctrina sapiencial. En el plano humano, dicha tradición manifiesta la sed del hombre de coordinar los datos de sus experiencias y de sus conocimientos para orientar su vida del modo más provechoso y sabio. Desde este punto de vista, Israel no se aparta de las formas sapienciales presentes en otras culturas de la antigüedad, y elabora una propia sabiduría de vida, que abarca los diversos sectores de la existencia: individual, familiar, social, político.

Ahora bien, esta misma búsqueda sapiencial no se desvinculó nunca de la fe en el Señor, Dios del éxodo; y ello se debió a la convicción que se mantuvo siempre presente en la historia del pueblo elegido, de que sólo en Dios residía la Sabiduría perfecta. Por ello, el 'temor del Señor', es decir, la orientación religiosa y vital hacia El, fue considerado el 'principio', el 'fundamento', la 'escuela' de la verdadera sabiduría (Prov 7; 9, 10; 15, 33).

2. Bajo el influjo de la tradición litúrgica y profética, el tema de la sabiduría se enriquece con una profundización singular, llegando a empapar toda la Revelación. De hecho, tras el exilio se comprende con mayor claridad que la sabiduría humana es un reflejo de la Sabiduría divina, que Dios 'derramó sobre todas sus obras, y sobre toda carne, según su liberalidad' (Sir 1, 9-10). El momento más alto de la donación de la Sabiduría tiene lugar con la revelación al pueblo elegido, al que el Señor hace conocer su palabra (Dt 30, 14). Es más, la Sabiduría divina, conocida en la forma más plena de que el hombre es capaz, es la Revelación misma, la 'Tora', 'el libro de a alianza de Dios altísimo' (Sir 24, 32).

3. La Sabiduría divina aparece en este contexto como el designio misterioso de Dios que está en el origen de la creación y de la salvación. Es la luz que lo ilumina todo, la palabra que revela la fuerza del amor que une a Dios con su creación y con su pueblo. La Sabiduría divina no se considera una doctrina abstracta, sino una persona que procede de Dios: está cerca de El 'desde el principio' (Prov 8, 23), es su delicia en el momento de la creación del mundo y del hombre, durante la cual se deleita ante él (Prov 8, 22-31).

El texto de Ben Sirá recoge este motivo y lo desarrolla, describiendo la Sabiduría divina que encuentra su lugar de 'descanso aso' en Israel y se establece en Sión (Sir 24, 3)12), indicando de ese modo que la fe del pueblo elegido constituye la vía más sublime para entrar en comunión con el pensamiento y el designio de Dios. El último fruto de esta profundización en el Antiguo Testamento es el libro de la Sabiduría, redactado poco antes del nacimiento de Jesús. En él se define a la Sabiduría divina como 'hálito del poder de Dios, resplandor de la luz eterna, espejo sin mancha del actuar de Dios, imagen de su bondad, fuente de a amistad divina y de la misma profecía' (Sab 7, 25-27).

4. A este nivel de símbolo personalizado del designio divino, la Sabiduría es una figura con la que se presenta la intimidad de la comunión con Dios y la exigencia de una respuesta personal de amor. La Sabiduría aparece por ello como la esposa (Prov 4, 6-9), la compañera de la vida (Prov 6, 22; 7, 4). Con las motivaciones profundas del amor, la Sabiduría invita al hombre a la comunión con ella y, en consecuencia, a la comunión con el Dios vivo. Esta comunión se describe con la imagen litúrgica del banquete: 'Venid y comed mi pan y bebed mi vino que he mezclado' (Prov 9, 5): una imagen que la apocalíptica volverá a tomar para expresar la comunión eterna con Dios, cuando El mismo elimine la muerte para siempre (Is 25, 6-7).

5. A la luz de esta tradición sapiencial podemos comprender mejor el misterio de Jesús Mesías. Ya un texto profético del libro de Isaías habla del espíritu del Señor que se posará sobre el Rey)Mesías y caracteriza ese Espíritu ante todo como 'Espíritu de sabiduría y de inteligencia' y luego como 'Espíritu de entendimiento y de temor de Yahvéh' (Is 11, 2).

En el Nuevo Testamento son varios los textos que presentan a Jesús lleno de la Sabiduría divina. El Evangelio de la infancia según San Lucas insinúa el rico significado de la presencia de Jesús entre los doctores del templo, donde 'cuantos le oían quedaban estupefactos de su inteligencia' (Lc 2, 47), y resume la vida oculta en Nazaret con las conocidas palabras: 'Jesús crecía en sabiduría y edad y gracia ante Dios y ante los hombres' (Lc 2, 52).

Durante los años del ministerio de Jesús, su doctrina suscitaba sorpresa y admiración: 'Y la muchedumbre que le oía se maravillaba diciendo: !¿De dónde le viene a éste tales cosas, y qué sabiduría es ésta que le ha sido dada?!' (Mc 6, 2).

Esta Sabiduría, que procedía de Dios, conferí Jesús un prestigio especial: 'Porque les enseñaba como quien tiene poder, y no como sus doctores' (Mt 7, 29); por ello se presenta como quien es 'más que Salomón' (Mt 12, 42). Puesto que Salomón es la figura ideal de quien ha recibido la Sabiduría divina, se concluye que en esas palabras Jesús aparece explícitamente como la verdadera Sabiduría revelada a los hombres.

6. Esta identificación de Jesús con la Sabiduría a afirma el Apóstol Pablo con profundidad singular. Cristo, escribe Pablo, 'ha venido a ser para nosotros, de parte de Dios, sabiduría, justicia, santificación y redención' (1 Cor 1, 30). Es más, Jesús es la 'sabiduría que no es de este siglo... predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria' (1 Cor 2, 6)7). La 'Sabiduría de Dios' es identificada con el Señor de la gloria que ha sido crucificado. En la cruz y en la resurrección de Jesús se revela, pues, en todo su esplendor, el designio misericordioso de Dios, que ama y perdón l hombre hasta el punto de convertirlo en criatura nueva. La Sagrada Escritura haba además de otra sabiduría que no viene de Dios, la 'sabiduría de este siglo' la orientación del hombre que se niega a abrirse al misterio de Dios, que pretende ser el artífice de su propia salvación. A sus ojos la cruz aparece como una locura o una debilidad; pero quien tiene fe en Jesús, Mesías y Señor, percibe con el Apóstol que 'la locura de Dios es más sabia que los hombres, y la flaqueza de Dios, más poderosa que los hombres' (1 Cor 1, 25).

7. A Cristo se le contempla cada vez con mayor profundidad como la verdadera 'Sabiduría de Dios'. Así, refiriéndose claramente al lenguaje de los libros sapienciales, se le proclama 'imagen del Dios invisible', 'primogénito de toda criatura', Aquel por medio del cual fueron creadas todas las cosas y en el cual subsisten todas las cosas (Cfr Col 1, 15-17); El, en cuanto Hijo de Dios, es 'irradiación de su gloria e impronta de su sustancia y el que con su poderosa palabra sustenta todas las cosas' (Heb 1, 3).

La fe en Jesús, Sabiduría de Dios, conduce a un 'conocimiento pleno' de la voluntad divina, 'con toda sabiduría e inteligencia espiritual', y hace posible comportarse 'de una manera digna del Señor, procurando serle gratos en todo, dando frutos de toda obra buena y creciendo en el comportamiento de Dios' (Col 1, 9)10).

8. Por su parte, el Evangelista Juan, evocando la Sabiduría descrita en su intimidad con Dios, habla del Verbo que estaba en el principio, junto a Dios, y confiesa que 'el Verbo era Dios'(Jn 1, 1). La Sabiduría, que el Antiguo Testamento había llegado a equiparar a la Palabra de Dios, es identificada ahora con Jesús, el Verbo que 'se hizo carne y habitó entre nosotros' (Jn 1,14). Como la Sabiduría, también Jesús, Verbo de Dios, invita al banquete de su palabra y de su cuerpo, porque El es 'el pan de vida' (Jn 6, 48), da el agua viva del Espíritu (Jn 4,10; 7, 37-39), tiene 'palabras de vida eterna' (Jn 6, 68).En todo esto, Jesús es verdaderamente 'más que Salomón', porque no sólo realiza de forma plena la misión de la Sabiduría, es decir, manifestar y comunicar el camino, la verdad y la vida, sino que El mismo es 'el camino, la verdad y la vida' (Jn 14, 6), es la revelación suprema de Dios en el misterio de su paternidad (Jn 1, 18; 17, 6).

9. Esta fe en Jesús, revelador del Padre, constituye el aspecto más sublime y consolador de la Buena Nueva. Este es precisamente el testimonio que nos llega de las primeras comunidades cristianas, en las cuales continuaba resonando el himno de alabanza que Jesús había elevado al Padre, bendiciéndolo porque en su beneplácito había revelado 'estas cosas' a los pequeños.

La Iglesia ha crecido a través de los siglos con esta fe: 'Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar' (Mt 11, 27). En definitiva, revelándonos al Hijo mediante el Espíritu, Dios nos manifiesta su designio, su sabiduría, la riqueza de su gracia 'que derramó superabundantemente sobre nosotros con toda sabiduría e inteligencia' (Ef 1, 8).

El Hijo del hombre (9.IV.87)

1. Jesucristo, Hijo del hombre e Hijo de Dios: éste es el tema culminante de nuestras catequesis sobre la identidad del Mesías. Es la verdad fundamental de la revelación cristiana y de la fe: la humanidad y la divinidad de Cristo, sobre la cual reflexionaremos más adelante con mayor amplitud. Por ahora nos urge completar el análisis de los títulos mesiánicos presentes ya de algún modo en el Antiguo Testamento y ver en qué sentido se los atribuye Jesús a Sí mismo.

En relación con el título 'Hijo del hombre', resulta significativo que Jesús lo usara frecuentemente hablando de Sí, mientras que los demás lo llaman Hijo de Dios, como veremos en la próxima catequesis. El se autodefine 'Hijo del hombre', mientras que nadie le daba este título si exceptuamos al diácono Esteban antes de la lapidación (Hech 7, 56) y al autor del Apocalipsis en dos textos (Ap 1, 13; 14, 14).

2. El título 'Hijo del hombre' procede del Antiguo Testamento, en concreto del libro del Profeta Daniel, de la visión que tuvo de noche el Profeta: 'Seguía yo mirando en la visión nocturna, y vi venir sobre las nubes del cielo a uno como hijo de hombre, que se llegó al anciano de muchos días y fue presentado ante éste. Fuele dado el señorío, la gloria y el imperio, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron, y su dominio es dominio eterno que no acabará y su imperio, imperio que nunca desaparecerá' (Dan 7, 13-14).

Cuando el Profeta pide la explicación de esta visión, obtiene la siguiente respuesta: 'Después recibirán el reino los santos del Altísimo y lo poseerán por siglos, por los siglos de los siglos... Entonces le darán el reino, el dominio y la majestad de todos los reinos de debajo del cielo al pueblo de los santos del Altísimo'. (Dan 7, 18 27) El texto de Daniel contempla a una persona individual y al pueblo. Señalemos ya ahora que lo que se refiere a la persona del Hijo del hombre se vuelve a encontrar en las palabras del Ángel en la anunciación a María: 'Reinará... por los siglos y su reino no tendrá fin' (Lc 1,33).

3. Cuando Jesús utiliza el título 'Hijo del hombre' para hablar de Sí mismo, recurre a una expresión proveniente de la tradición canónica del Antiguo Testamento presente también en los libros apócrifos del judaísmo. Pero conviene notar, sin embargo, que la expresión 'hijo de hombre' (ben-adam) se había convertido en el arameo de la época de Jesús en una expresión que indicaba simplemente 'hombre' (bar enas). Por eso, al referirse a Sí mismo como 'Hijo del hombre', Jesús logró casi esconder tras el velo del significado común el significado mesiánico que tenía la palabra en la enseñanza profética. Sin embargo, no resulta casual; si bien las afirmaciones sobre el 'Hijo del hombre' aparecen especialmente en el contexto de la vida terrena y de la pasión de Cristo, no faltan en relación con su elevación escatológica.

4. En el contexto de la vida terrena de Jesús de Nazaret encontramos textos como el siguiente: 'Las raposas tienen cuevas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza' (Mt 8, 20); o este otro: 'Vino el Hijo del hombre, comiendo y bebiendo, y dicen: es un comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y pecadores' (Mt 11, 19). Otras veces la palabra de Jesús asume un valor que indica con mayor profundidad su poder. Así cuando afirma: 'Y dueño del sábado es el Hijo del hombre' (Mc 2, 28). Con ocasión de la curación del paralítico, a quien introdujeron en la casa donde estaba Jesús haciendo un agujero en el techo, El afirma en tono casi desafiante: 'Pues para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados )se dirige al paralítico), yo te digo: Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa' (Mc 2, 10)11 ) En otro texto afirma Jesús: 'Porque como fue Jonás señal para los ninivitas, así también lo será el Hijo del hombre para esta generación' (Lc 11, 30) En otra ocasión se trata de una predicción rodeada de misterio: 'Llegará tiempo en que desearéis ver un solo día al Hijo del hombre, y no lo veréis' (Lc 17, 22).

5. Algunos teólogos señalan un paralelismo interesante entre la profecía de Ezequiel y las afirmaciones de Jesús. El Profeta escribe: '(Dios) me dijo: Hijo de hombre, yo te mando a los hijos de Israel... que se han rebelado contra mí... Diles: Así dice el Señor, Yahvéh' (Ez 2, 3)4) 'Hijo de hombre, habitas medio de gente rebelde, que tiene ojos para ver, y no ven; oídos para oír, y no oyen...' (Ez 12, 2) 'Tú, hijo de hombre... dirigirás tus miradas contra el muro de Jerusalén... profetizando contra ella' (Ez. 4, 1-7). 'Hijo de hombre, propón un enigma y compón una parábola sobre la casa de Israel (Ez 17, 2).

Haciéndose eco de las palabras del Profeta, Jesús enseña: 'Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido' (Lc 19, 10). 'Pues tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos' (Mc 10, 45; cfr. además Mt 20, 29). El 'Hijo del hombre... cuando venga en la gloria del Padre, se avergonzará de quien se avergüence de El y de sus palabras ante los hombres' (Cfr. Mc 8, 38).

6. La identidad del Hijo del hombre se presenta en el doble aspecto de representante de Dios, anunciador del reino de Dios, Profeta que llama a la conversión. Por otra parte, es 'representante' de los hombres, compartiendo con ellos su condición terrena y sus sufrimientos para redimirlos y salvarlos según el designio del Padre. Como dice El mismo en el diálogo con Nicodemo: 'A la manera que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea en El tenga la vida eterna' (Jn 3, 14-15).

Se trata de un anuncio claro de la pasión, que Jesús vuelve a repetir: 'Comenzó a enseñarles cómo era preciso que el Hijo del hombre padeciese mucho, y que fuese rechazado por los ancianos y los príncipes de los sacerdotes y los escribas, y que fuese muerto y resucitara después de tres días'(Mc 8, 31). En el Evangelio de Marcos encontramos esta predicción repetida en tres ocasiones (Cfr. Mc 9, 31; 10, 33-34) y en todas ellas Jesús habla de Sí mismo como 'Hijo del hombre'.

7. Con este mismo apelativo se autodefine Jesús ante el tribunal de Caifás, cuando a la pregunta: '¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?', responde: 'Yo soy, y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo' (Mc 14, 62). En estas palabras resuena el eco de la profecía de Daniel sobre el 'Hijo del hombre que viene sobre las nubes del cielo' (Dan 7, 13) y del Salmo 110, que contempla al Señor sentado a la derecha de Dios(Cfr. Sal 109/110, 1)

8. Jesús habla repetidas veces de la elevación del 'Hijo del hombre', pero no oculta a sus oyentes que ésta incluye la humillación de la cruz. Frente a las objeciones y a la incredulidad de la gente y de los discípulos, que comprendían muy bien el carácter trágico de sus alusiones y que, sin embargo, le preguntaban: '¿Cómo, pues, dices tú que el Hijo del hombre ha de ser levantado? ¿Quién es este Hijo del hombre?' (Jn 12, 34), afirma Jesús claramente: 'Cuando levantéis en alto al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy y no hago nada por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo' (Jn 8, 28). Jesús afirma que su 'elevación' mediante la cruz constituirá su glorificación. Poco después añadirá: 'es llegada la hora en que el Hijo del hombre será glorificado' (Jn 12, 23). Resulta significativo que cuando Judas abandonó el Cenáculo, Jesús afirme: 'Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre, y Dios ha sido glorificado en él' (Jn 13, 31).

9. Este es el contenido de vida, pasión, muerte y gloria, del que el Profeta Daniel había ofrecido sólo un simple esbozo. Jesús no duda en aplicarse incluso el carácter de reino eterno e imperecedero que Daniel había atribuido a la obra del Hijo del hombre, cuando en la profecía sobre el fin del mundo proclama: 'Entonces verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes con gran poder y majestad' (Mc 13, 26; cfr. Mt 24, 30): En esta perspectiva escatológica debe llevarse a cabo la obra evangelizadora de la Iglesia. Jesús hace la siguiente advertencia: 'No acabaréis las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del hombre' (Mt 10, 23). Y se pregunta: 'Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?' (Lc 1 8, 8).

10. Si en su condición de 'Hijo del hombre' Jesús realizó con su vida, pasión, muerte y resurrección el plan mesiánico delineado en el Antiguo Testamento, al mismo tiempo asume con ese mismo nombre el lugar que le corresponde entre los hombres como hombre verdadero, como hijo de una mujer, María de Nazaret. Mediante esta mujer, su Madre, El, el 'Hijo de Dios', es al mismo tiempo 'Hijo del hombre', hombre verdadero, como testimonia la Carta a los Hebreos: 'Se hizo realmente uno de nosotros, semejante a nosotros en todo, menos en el pecado' (Const. Gaudium et Spes, 22; cfr. Heb 4, 15).