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Por qué viene el Señor .
Vivir de la Iglesia
1. Por tercera vez ya en estos encuentros nuestros
del miércoles vuelvo a tocar el tema del Adviento siguiendo el
ritmo de la liturgia que nos introduce en la vida de la Iglesia
del modo más sencillo y, a la vez, más profundo. El Concilio Vaticano
II, que nos ha dado una doctrina rica y universal sobre la Iglesia,
atrajo nuestra atención también hacia la liturgia. A través de
ésta no sólo conocemos qué es la Iglesia, sino que experimentamos
día a día de qué vive. También nosotros vivimos de ella, pues
somos la Iglesia: «La liturgia... contribuye en sumo grado a que
los fieles expresen en su vida y manifiesten a los demás el misterio
de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia. Es
característico de la Iglesia ser a la vez humana y divina, visible
y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada
a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina»
(Sacrosanctum Concilium 2).
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La liturgia del Adviento
La Iglesia ahora está viviendo el Adviento,
y por ello nuestros encuentros del miércoles se centran en este
período litúrgico. Adviento significa «venida». Para penetrar
en la realidad del Adviento, hasta ahora hemos procurado mirar
en dirección de quién es el que viene y para quién viene.
Hemos hablado, por lo tanto, de un Dios que al crear el mundo
se revela a Sí mismo: un Dios Creador. Y el miércoles pasado hablamos
del hombre. Hoy seguiremos adelante para hallar respuesta más
completa a la pregunta: ¿por qué el «Adviento»?, ¿por qué
viene Dios?, ¿por qué quiere venir hasta el hombre?
La liturgia del Adviento se funda principalmente
en textos de los profetas
del Antiguo Testamento. En ella habla casi todos los días
el profeta Isaías. En la historia del Pueblo de Dios de la Antigua
Alianza, él era un «intérprete» particular de la promesa que este
pueblo había recibido de Dios hacía tiempo en la persona del fundador
de su estirpe: Abraham. Como todos los demás profetas, y quizá
más que todos, Isaías reforzaba en sus contemporáneos la fe en
las promesas de Dios confirmadas por la alianza al pie del monte
Sinaí. Inculcaba sobre todo la perseverancia en la expectación
y la fidelidad: «Pueblo de Sión, el Señor vendrá a salvar a los
pueblos y hará oír su voz majestuosa para dar gozo a vuestro corazón»
(cf. Is 30, 19.30).
Cuando Cristo estaba en el mundo aludió una
y otra vez a las palabras de Isaías. Decía claramente: «Hoy se
cumple esta escritura que acabáis de oír» (Lc 4, 21).
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Los primeros capítulos del libro del Génesis
2. La liturgia del Adviento es de carácter histórico.
La expectación de la venida del Ungido (Mesías) fue un proceso
histórico. De hecho impregnó toda la historia de Israel, que fue
elegido precisamente para preparar la venida del Salvador.
Pero en cierto modo nuestras consideraciones
van más allá de la liturgia diaria del Adviento. Volvamos, pues,
a la pregunta fundamental: ¿Por qué viene Dios' ¿Por qué quiere
venir al hombre, a la humanidad? Busquemos respuestas adecuadas
a estas preguntas; y busquémoslas en los orígenes mismos, es decir,
antes de que comenzara la historia del pueblo elegido. Este año
enfocamos la atención hacia los capítulos primeros del libro del
Génesis. E1 adviento «histórico» no sería inteligible sin la lectura
cuidadosa y el análisis de esos capítulos.
Por lo tanto, buscando una respuesta a la pregunta
¿«por qué» el Adviento?, debemos volver a leer otra vez atentamente
toda la descripción de la creación del mundo, y en particular
de la creación del hombre. Es significativo (y ya he tenido ocasión
de aludir a
En toda esta descripción está ante nosotros
un Dios que se complace en la verdad y en el bien, según la expresión
de San Pablo (cf. 1 Cor 13, 6). Allí donde está la alegría
que brota del bien, allí está el amor. Y sólo donde hay amor existe
la alegría que procede del bien. El libro del Génesis, desde los
primeros capítulos, nos revela a Dios, que es amor (si bien esta
expresión la utilizará San Juan mucho más tarde). Es amor porque
goza con el bien. Por consiguiente, la creación es a la vez donación
auténtica: donde hay amor, hay don.
El libro del Génesis señala el comienzo de la
existencia del mundo y del hombre. Al interpretarla, debemos ciertamente
construir, como lo ha hecho Santo Tomás de Aquino, una consiguiente
filosofía del ser, filosofía en la que quedará expresado el orden
mismo de la existencia Sin embargo, el libro del Génesis habla
de la creación como don. Al crear el mundo visible, Dios es el
donante, y el hombre es el que recibe el don. Es aquel para quien
Dios crea el mundo visible, aquel a quien Dios introduce desde
los comienzos no sólo en el orden de la existencia, sino también
en el orden de la donación. El hecho de que el hombre es «imagen
y semejanza» de Dios significa, entre otras cosas, que es capaz
de recibir el don, que es sensible a este don y que es capaz de
corresponder a él. Por esto precisamente establece Dios desde
el principio con el hombre ‑y sólo con él‑ la alianza.
El libro del Génesis nos revela no sólo el orden
natural de la existencia,
sino también, a la vez y desde el principio, el orden
sobrenatural de la gracia.
De la gracia podemos hablar sólo si admitimos la realidad
del don. Recordemos el catecismo: la gracia es el don sobrenatural
de Dios por el que llegamos a ser hijos de Dios y herederos del
cielo.
.
Dios Salvador
3. Qué relación tiene todo esto con el Adviento,
podemos preguntarnos con razón. Contesto: El Adviento se delineó
por vez primera en el horizonte de la historia del hombre cuando
Dios se reveló a Sí mismo como Aquel que se complace en el bien,
que ama y da. En este don al hombre, Dios no se limitó a «darle»
el mundo visible —esto está claro desde el principio—, sino que
al dar al hombre el mundo visible, Dios quiere darse también a
Sí mismo, tal como el hombre es capaz de darse, tal como «se da
a sí mismo» a otro hombre: de persona a persona; es decir, darse
a Sí mismo a él, admitiéndolo a la participación en sus misterios
o, mejor aún, a la participación en su vida. Esto se lleva a efecto
de modo palpable en las relaciones entre familiares: marido, mujer,
padres, hijos. He aquí por qué los profetas se refieren muy a
menudo a tales relaciones para mostrar la imagen verdadera de
Dios.
El orden de la gracia es posible sólo «en el
mundo de las personas». Y se refiere al don que tiende siempre
a la formación y comunión de las personas; de hecho, el libro
del Génesis nos presenta tal donación. En él, la forma de esta
«comunión de las personas» está delineada ya desde el principio.
El hombre está llamado a la familiaridad con Dios, a la intimidad
y amistad con Él. Dios quiere estar cercano a él. Quiere hacerle
partícipe de sus designios. Quiere hacerle partícipe de su vida.
Quiere hacerle feliz con su misma felicidad (con su mismo Ser).
Para todo ello es necesaria la Venida de Dios y la expectación del hombre: la disponibilidad del hombre.
Sabemos que el primer hombre, que disfrutaba
de la inocencia original y de una particular cercanía de su Creador,
no mostró tal disponibilidad. La primera alianza de Dios con el
hombre quedó interrumpida, pero nunca cesó de parte de Dios la voluntad de salvar al hombre. No se quebrantó el orden de
la gracia, y por eso el Adviento dura siempre.
La realidad del Adviento está expresada, entre
otras, en las palabras siguientes de San Pablo: «Dios quiere que
todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad»
(1 Tim 2, 4).
Este «Dios quiere»
es justamente el Adviento y se
encuentra en la base de todo adviento.
13
de diciembre de 1978
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