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La realidad del hombre Hermanas y hermanos queridísimos: Empalmo con el tema del miércoles pasado. .
El significado del Adviento
1. Para penetrar en la plenitud bíblica
y litúrgica del significado del Adviento, es necesario seguir
dos direcciones. Hay que «remontarse» a los comienzos, y al mismo
tiempo «descender» en profundidad. Lo hicimos ya por vez primera
el miércoles pasado, escogiendo como tema de nuestra meditación
las primeras palabras del libro del Génesis: «Al principio creó
Dios» (Beresit bara Elohim).
Al final del tema desarrollado la semana pasada, hemos puesto
de relieve, entre otras cosas, que para entender el Adviento en
todo su significado hay que entrar también en el tema del «hombre».
El significado pleno del Adviento brota de la reflexión sobre
la realidad de Dios que crea y, al crear, se revela a Sí mismo
(ésta es la revelación primera y fundamental, y también la verdad
primera y fundamental de nuestro Credo). Pero, al mismo tiempo, el significado pleno del Adviento aflora
de la reflexión profunda sobre la realidad del hombre.
A esta segunda realidad que es el hombre nos
asomaremos un poco más durante la meditación de hoy.
.
Imagen y semejanza de Dios
2. Hace una semana nos detuvimos en las palabras
del libro del Génesis con las que se define al hombre como «imagen
y semejanza de Dios». Es necesario reflexionar con mayor intensidad
sobre los textos que hablan de esto. Pertenecen al primer capítulo
del libro del Génesis, que presenta la descripción de la creación
del mundo en el transcurso de siete días. La descripción de la
creación del hombre, el sexto día, se diferencia un poco de las
descripciones precedentes. En estas descripciones somos testigos
sólo del acto de crear expresado con estas palabras: «Dijo Dios
—hágase—»...; en cambio, aquí, el autor inspirado quiere poner
en evidencia primeramente la intención y el designio del Creador
(del Dios‑Elohim); así leemos: «Díjose entonces Dios: Hagamos
al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza» (Gén 1,
26). Como si el Creador entrase en sí mismo; como si, al crear,
no sólo llamase de la nada a la existencia con la palabra: «hágase»,
sino como si de forma particular sacase al hombre del misterio
de su propio Ser. Y se comprende, pues no se trata sólo del existir,
sino de la imagen. La imagen debe «reflejar», debe como reproducir
en cierto modo «la sustancia» de su Modelo. El Creador dice además
«a nuestra semejanza». Es obvio que no se debe entender como un
«retrato», sino como un ser vivo que vive una vida semejante a
la de Dios.
Sólo después de estas palabras que dan fe, por
así decirlo, del designio de Dios‑Creador, la Biblia habla
del acto mismo de la creación del hombre:
«Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen
de Dios lo creó, y los creó macho y hembra» (Gén 1, 27).
Esta descripción se completa con la bendición.
Por lo tanto, constan aquí el designio, el acto mismo de la creación
y la bendición:
«Y los bendijo Dios diciéndoles: Procread y
multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los
peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados, y
sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra» (Gén 1,
28).
Las últimas palabras de la descripción: «Y vio
Dios ser muy bueno cuanto había hecho» (Gén 1, 31) parecen
el eco de esta bendición.
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El primer capítulo del Génesis
3. Hay certeza de que el texto del Génesis es de los más antiguos: según los estudiosos de la Biblia, fue escrito hacia el siglo IX antes de Cristo. Dicho texto contiene la verdad fundamental de nuestra fe, el primer artículo del Credo apostólico. La parte del texto que presenta la creación del hombre es estupenda dentro de su sencillez y su profundidad a un tiempo. Las afirmaciones que contiene se corresponden con nuestra experiencia y nuestro conocimiento del hombre. Está claro para todos, sin distinción de ideologías sobre la concepción del mundo, que el hombre, si bien pertenece al mundo visible, a la naturaleza, se diferencia de algún modo de esta misma naturaleza. En efecto, el mundo visible existe «para él», y él «ejerce dominio» sobre aquél; aunque esté «condicionado» de varias maneras por la naturaleza, el hombre la «domina». La domina bien seguro de lo que es, de sus capacidades y facultades de orden espiritual que lo diferencian del mundo natural. Son estas facultades precisamente las que constituyen al hombre. Sobre este punto el libro del Génesis es extraordinariamente preciso. A1 definir al hombre como «imagen de Dios», pone en evidencia aquello por lo que el hombre es hombre; aquello por lo que es un ser distinto de todas las demás criaturas del mundo visible. Son conocidos los muchos intentos que la ciencia ha hecho —y sigue haciendo— en los diferentes campos, para demostrar los vínculos del hombre con el mundo natural y su dependencia de él, a fin de inserirlo en la historia de la evolución de las distintas especies. Respetando, ciertamente, tales investigaciones, no podemos limitarnos a ellas. Si analizamos al hombre en lo más profundo de su ser, vemos que se diferencia del mundo de la naturaleza más de lo que a él se parece. En esta dirección caminan también la antropología y la filosofía cuando tratan de analizar y comprender la inteligencia, la libertad, la conciencia y la espiritualidad del hombre. El libro del Génesis parece que sale al encuentro de todas estas experiencias de la ciencia y, hablando del hombre en cuanto «imagen de Dios», da a entender que la respuesta al misterio de su humanidad no se encuentra por el camino de la semejanza con el mundo de la naturaleza. El hombre se asemeja más a Dios que a la naturaleza. En este sentido, el salmo 82, 6 dice: «Sois dioses», palabras que luego repetirá Jesús (cf. Jn 10, 34). . Reflexionando sobre sí mismo 4. Esta afirmación es audaz. Hay que tener fe
para aceptarla. Aunque es cierto que la razón libre de prejuicios
no se opone a tal verdad sobre el hombre; al contrario, ve en
ella un complemento de lo que resulta del análisis de la realidad
humana y, sobre todo, del espíritu humano.
Es muy significativo que el mismo libro del
Génesis, en la amplia descripción de la creación del hombre, ya
obliga a éste —al primer creado, Adán— a hacer un análisis parecido.
Lo que os vamos a leer puede «escandalizar» a alguno por el modo
arcaico de expresión; pero al mismo tiempo es imposible no sorprenderse
ante la actualidad de aquella narración cuando se tiene en cuenta
el meollo del problema.
He aquí el texto:
«Modeló Yavé Dios al hombre de la arcilla y
le inspiró en el rostro aliento de vida, y fue así el hombre ser
animado. Plantó luego Yavé Dios un jardín en Edén, al oriente,
y allí puso al hombre a quien formara. Hizo Yavé Dios brotar en
él de la tierra toda clase de árboles hermosos a la vista y sabrosos
al paladar, y en el medio del jardín el árbol de la vida y el
árbol de la ciencia del bien y del mal. Salía del Edén un río
que regaba el jardín y de allí se partía en cuatro brazos...
Tomó, pues, Yavé Dios al hombre, y le puso en
el jardín de Edén para que lo cultivase y guardase... Y se dijo
Yavé Dios: `No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle
una ayuda proporcionada a él'. Y Yavé Dios trajo ante el hombre
todos cuantos animales del campo y cuantas aves del cielo formó
de la tierra, para que viese cómo los llamaría, y fuese el nombre
de todos los vivientes el que él les diera. Y dio el hombre nombre
a todos los ganados y a todas las aves del cielo y a todas las
bestias del campo; pero entre todos ellos no había para el hombre
ayuda semejante a él» (Gén 2, 7‑20).
¿De qué somos testigos? De esto: el primer «hombre»
realiza el acto primero y fundamental de conocimiento del mundo.
Al mismo tiempo, este acto le permite conocerse y distinguirse
a sí mismo, «el hombre», de todas las otras criaturas y sobre
todo de quienes en cuanto «seres vivos» —dotados de vida vegetativa
y sensitiva— muestran proporcionalmente mayor semejanza con él,
«con el hombre», dotado también de vida vegetativa y sensitiva
Se podría decir que el primer hombre hace lo que de costumbre
realiza el hombre de todos los tiempos, es decir, reflexiona sobre
su propio ser y se pregunta quién es él.
Resultado de dicho proceso cognoscitivo es la
comprobación de la diferencia fundamental y esencial. Soy diferente.
Soy más «diferente» que «semejante». La descripción bíblica termina
diciendo: «No había para el hombre ayuda semejante a él» (Gén 2, 20).
. El misterio del Adviento 5. ¿Por qué hablamos hoy de todo esto? Lo hacemos
para comprender mejor el misterio del Adviento, para comprenderlo
desde los cimientos, y poder penetrar así con mayor profundidad
en nuestro cristianismo.
E1 Adviento significa «la Venida».
Si Dios «viene» al hombre, lo hace porque en
su ser humano ha puesto una «dimensión de espera» por cuyo medio
el hombre puede «acoger» a Dios, es capaz de hacerlo.
Ya el libro del Génesis, y sobre todo este capítulo,
lo explica cuando al hablar del hombre afirma que Dios lo «creó...
a su imagen» (Gén 1, 27).
6 de diciembre de 1978
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