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El Señor está cerca . Meditación sobre el Adviento
1, Nuestro encuentro de hoy nos brinda ocasión
para la cuarta y última meditación sobre el Adviento.
El Señor está cerca, nos lo recuerda cada día
la liturgia del Adviento. Esta cercanía del Señor la sentimos
todos: tanto nosotros, sacerdotes, rezando cada día las maravillosas
«antífonas mayores» del Adviento, como todos los cristianos que
tratan de preparar el corazón y la conciencia para su venida.
Sé que en este período los confesionarios de las iglesias de mi
patria, Polonia, están asediados (no menos que en Cuaresma). Pienso
que ocurra también así en Italia y dondequiera que un profundo
espíritu de fe hace sentir la necesidad de abrir el alma al Señor
que está para venir. La alegría mayor de esta espera del Adviento
es la que viven los niños. Recuerdo que precisamente ellos iban
deprisa, muy contentos, a las parroquias de mi patria para las
misas de la aurora (llamadas «Rorate...» por la palabra con que
se abre la liturgia: Rorate
coeli, «gotead, cielos, desde arriba» (Is 45, 8). Ellos
contaban día tras día los «peldaños» que todavía quedaban en la
«escalera celeste» por la que Jesús bajaría a la tierra, para
poderlo encontrar en la Nochebuena sobre el pesebre de Belén.
¡El Señor está cerca!
.
El pecado
2. Hace ya una semana hablábamos de este acercarse
del Señor. Efectivamente, éste era el tercer tema de las reflexiones
del miércoles, elegidas para el Adviento de este año. Hemos meditado
sucesivamente, trasladándonos a los orígenes mismos de la humanidad,
es decir, al libro del Génesis, las verdades fundamentales del
Adviento. Dios que crea (Elohim) y en esta creación se
revela simultáneamente a Sí mismo; el hombre, creado a imagen
y semejanza de Dios, «refleja» a Dios en el mundo visible creado.
Estos son los temas primeros y fundamentales de nuestras meditaciones
durante el Adviento. Después, el tercer tema puede resumirse brevemente
en la palabra: «gracia», «Dios quiere que todos los hombres
sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,
4). Dios quiere que el hombre se haga partícipe de su verdad,
de su amor, de su misterio, para que pueda participar en la vida
del mismo Dios. «E1 árbol de la vida» simboliza esta realidad
ya desde las primeras páginas de la Sagrada Escritura Pero en
estas mismas páginas nos encontramos también con otro árbol: el
libro del Génesis lo llama «el árbol de la ciencia del bien y
del mal» (Gén 2, 17). Para que el hombre pueda comer el
fruto del árbol de la vida, no debe tocar el fruto del árbol «de
la ciencia del bien y del mal». Esta expresión puede sonar a leyenda
arcaica. Pero profundizando más en «la realidad del hombre», como
nos es dado entenderla en su historia terrena —tal como a cada
uno nos habla de ella nuestra experiencia humana interior y nuestra
conciencia moral—, nos damos cuenta mejor de que no podemos permanecer
indiferentes, moviendo los hombros antes estas imágenes bíblicas
primitivas. ¡Cuánta carga de verdad existencial contienen acerca
del hombre! Verdad que cada uno de nosotros siente como propia.
Ovidio, el antiguo poeta romano, pagano, ¿acaso no ha dicho
de manera explícita: Video
meliora proboque, deteriora sequor: «Veo lo que es mejor y
lo apruebo, pero sigo lo peor» (Metamorfosis VII 20)? Sus palabras no
distan mucho de las que más tarde escribió San Pablo: «No sé lo
que hago; pues no pongo por obra lo que quiero, sino lo que aborrezco,
eso hago» (Rom 7, 15). El hombre mismo, después del pecado
original, está entre «el bien y el mal».
«La realidad del hombre» —la más profunda «realidad
del hombre»— parece
desenvolverse continuamente entre lo que desde el principio ha
sido definido como el «árbol de la vida» y «el árbol de la ciencia
del bien y del mal». Por esto, en nuestras meditaciones sobre
el Adviento, que miran a las leyes fundamentales, a las realidades
esenciales, no se puede excluir otro tema: esto es, el que se
expresa con la palabra: pecado.
.
La dimensión ética de la vida humana
3. Pecado. El catecismo nos dice, de manera
sencilla y fácil de recordar, que es la transgresión del mandamiento
de Dios. Indudablemente el pecado es la transgresión de un principio
moral, violación de una «norma» —y sobre esto todos están de acuerdo,
aun los que no quieren oír hablar de «los mandamientos de Dios»—.
También ellos están concordes en admitir que las principales normas
morales, los más elementales principios de conducta, sin los cuales
no es posible la vida y la convivencia entre los hombres, son
precisamente los que nosotros conocemos como «mandamientos de
Dios» (en particular, el cuarto, el quinto, el sexto, el séptimo
y el octavo). La vida del hombre, la convivencia entre los hombres,
se desarrolla en una dimensión ética, y ésta es su característica
esencial, y es también la dimensión esencial de la cultura humana.
Querría, sin embargo, que hoy nos centráramos
sobre aquel «primer pecado» que —a pesar de cuanto se piensa comúnmente—
está descrito con tanta precisión en el libro del Génesis, que
demuestra toda la profundidad de la «realidad del hombre» encerrada
en él. Este pecado «nace» al mismo tiempo «del exterior», es decir,
de la tentación, y «de dentro». La tentación se expresa con la
siguientes palabras del tentador: «Sabe Dios que el día en que
de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores
del bien y del mal» (Gén 3, 5). El contenido de la tentación
toca lo que el mismo Creador ha plasmado en el hombre —porque,
de hecho, ha sido creado a «semejanza de Dios», que quiere decir
«igual que Dios»—. Toca también al anhelo de conocer que hay en
el hombre y al anhelo de dignidad. Sólo que lo uno y lo otro se
falsifica de tal manera, que tanto el anhelo de conocer como el
de dignidad —es decir, la semejanza con Dios—, en el hecho de
la tentación, son utilizados para contraponer al hombre con Dios.
El tentador coloca al hombre contra Dios, sugiriéndole que Dios
es su adversario, el cual intenta mantener al hombre en el estado
de «ignorancia»; que pretende «limitarlo» para subyugarlo. El
tentador dice: «No, no moriréis; es que sabe Dios que el día en
que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores
del bien y del mal» (según la antigua versión: «seréis como Dios»
(Gén 3, 4‑5).
Es preciso meditar, más de una vez esta descripción
«arcaica». No sé si aun en la Sagrada Escritura se pueden encontrar
otros muchos pasajes en los que se describa la realidad del pecado
no sólo en su forma de origen, sino también en su esencia, esto
es, donde se presente la realidad del pecado en dimensiones tan
plenas y profundas, demostrando cómo el hombre haya utilizado
contra Dios precisamente
lo que en él había de Dios,
lo que debía servir para acercarlo a
Dios.
.
Viene el Señor
4. ¿Por qué hablamos hoy de todo esto? Para
comprender mejor el Adviento. Adviento quiere decir Dios que viene, porque quiere que «todos los hombres
sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,
4). Viene porque ha creado al mundo y al hombre por amor, y con
él ha establecido el orden de la gracia. Pero viene «por causa
del pecado», viene «a pesar del pecado», viene para quitar el
pecado.
Por eso no nos extrañamos de que, en la noche
de Navidad, no encuentre sitio en las casas de Belén y deba nacer
en un establo (en la cueva que servía de refugio a los animales).
Pero lo más importante es el hecho de que Él viene.
El adviento de cada año nos recuerda que la
gracia, es decir, la voluntad de Dios para salvar al .hombre,
es más poderosa que el pecado.
20 de diciembre de 1978
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