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Evangelio del día
Evangelio según San Lucas, capítulo 9, versículos del 18 al 22 26 de Setiembre de 2008 Semana XXV del Tiempo Ordinario CONFESION DE PEDRO
COMENTARIO 18 ss. Véase Mat. 16, 13 ss.; Marc. 8, 27 ss. Estaba orando a solas: Basta saber que Jesús cultivaba la soledad, para comprender que es bueno hacer lo mismo, y que en ello se encuentra un tesoro. No solamente en su Cuaresma del desierto (Mat. 4, 1 ss.; Luc. 4, 1 ss.), ni solamente antes de elegir sus discípulos, sino de un modo habitual buscaba la soledad del monte (Mat. 14, 23), o de la noche (Luc. 6, 12; Juan 8, 1 s.), o de Getsemaní, para ponerse en oración; y así nos enseña a que lo imitemos, exhortándonos a orar en la soledad, y en el secreto del aposento (Mat. 6, 5 ss.). Todas las biografías de hombres de pensamiento nos muestran que amaron la soledad, el silencio, el campo y que allí concibieron sus más grandes ideas. ¿Cuánto más será así cuando no se trata de puros conceptos terrenales o ensueños de poetas, sino de la realidad toda interior que se pasa entre el alma y Dios? Cuando vemos un paisaje, o sentimos una emoción, o se nos ocurre alguna idea, quisiéramos compartirla con los amigos como un desahogo sentimental. El día que nuestra fe llegue a ser bastante viva para recordar que Jesús, junto con el Padre (Juan 14, 23) y el Espíritu Santo (Juan 14, 16), habita siempre en los corazones de los que creen (Ef. 3, 17) y que, por tanto, siempre la soledad es estar con Él como Él estaba con el Padre (Juan 16, 32) pensando con Él (Juan 8, 16) y viviendo de Él (Juan 6, 57); entonces amaremos ese trato con Él real y durable, en conversación activísima y permanente; pues si se interrumpe puede reanudarse siempre al instante. Es allí donde Él nos indica las cosas de caridad y apostolado que Él quiere realicemos, sea por escrito o de obra o de palabra, cuando llegue el momento. "Nadie puede sin peligro aparecer, dice el Kempis, sino aquel que prefiera estar escondido". Cf. Cant. 1, 8 y nota. 20. Cf. Mat. 16, 13 ss. y notas. El Ungido o Mesías. Así también Marc. 8, 29. En Mat. 16, 16 se lee "el Hijo" de Dios, aunque algunos han leído como aquí ungido o "santo de Dios". 21. Cf. 8, 51 y nota. PUBLICIDAD |
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