V semana del tiempo ordinario
9 de Febrero de 2007
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Santoral


Lecturas de la liturgia
  • Primera Lectura: Génesis 3,1-8
    "Seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal"

    La serpiente era más astuta que las demás bestias del campo que el Señor había hecho. Y dijo a la mujer:
    - ¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?
    La mujer contestó a la serpiente:
    - Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; sólo del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: «No comáis de él ni lo toquéis, bajo pena de muerte».
    La serpiente replicó a la mujer:
    - No es verdad que tengáis que morir. Bien sabe Dios que cuando comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal.
    La mujer se dio cuenta de que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable porque daba inteligencia; y cogió un fruto, comió, se lo alargó a su marido, y él también comió.
    Se les abrieron los ojos a los dos, y descubrieron que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.
    Oyeron al Señor que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa; el hombre y su mujer se escondieron de la vista del Señor Dios entre los árboles del jardín.

  • Salmo Responsorial: 31
    "Dichoso el que está absuelto de su culpa."

    Dichoso el que está absuelto de su culpa,
    a quien le han sepultado su pecado;
    dichoso el hombre a quien el Señor
    no le apunta el delito.

    Había pecado, lo reconocí,
    no te encubrí mi delito;
    propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
    y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

    Por eso, que todo fiel te suplique
    en el momento de la desgracia:
    la crecida de las aguas caudalosas
    no lo alcanzará.

    Tú eres mi refugio, me libras del peligro,
    me rodeas de cantos de liberación.

  • Evangelio: Marcos 7,31-37
    "Hace oír a los sordos y hablar a los mudos"

    En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.
    Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo:
    - «Effetá», esto es: «Ábrete».
    Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad.
    Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían:
    - Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

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