Presentación del Señor en el Templo
2 de Febrero de 2007
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Liturgia de las Horas: Propio del Salterio
Color: Blanco

Santoral


Lecturas de la liturgia
  • Primera Lectura: Malaquías 3, 1-4
    ""Entrará en el santuario el Señor, a quien ustedes buscan""

    Los hijos de una familia son todos de la misma carne y sangre, y de nuestra carne y sangre participó también Jesús; así, muriendo, aniquiló al que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo, y liberó a todos los que por miedo a la muerte pasaban la vida entera como esclavos.
    Notad que tiende una mano a los hijos de Abrahán, no a los ángeles. Por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel en lo que a Dios se refiere, y expiar así los pecados del pueblo. Como él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella.

  • Salmo Responsorial: 23
    "El Señor, Dios de los ejércitos, es el Rey de la gloria."

    ¡Portones!, alzad los dinteles,
    que se alcen las antiguas compuertas:
    va a entrar el Rey de la gloria.

    ¿Quién es ese Rey de la gloria?
    El Señor, héroe valeroso;
    el Señor, héroe de la guerra.

    ¡Portones!, alzad los dinteles,
    que se alcen las antiguas compuertas:
    va a entrar el Rey de la gloria.

    ¿Quién es ese Rey de la gloria?
    El Señor, Dios de los ejércitos.
    Él es el Rey de la gloria.

  • Segunda Lectura: Hebreos 2, 14-18
    ""Tenía que asemejarse en todo a sus hermanos""

    Hermanos: Puesto que los hijos tenían en común la carne y la sangre, también Jesús las compartió, para poder destruir con su muerte al que tenía poder para matar, es decir, al diablo, y librar a aquellos a quienes el temor a la muerte tenía esclavizados de por vida.
    Porque ciertamente no ha venido en auxilio de los ángeles, sino en auxilio de la raza de Abrahán. Por eso tenía que ser hecho en todo semejante a sus hermanos, para llegar a ser un sumo sacerdote misericordioso y digno de confianza en las cosas de Dios, capaz de obtener el perdón de los pecados del pueblo.
    Precisamente porque él mismo fue sometido al sufrimiento y a la prueba, puede socorrer ahora a los que están bajo la prueba.

  • Evangelio: Lucas 2,22-40
    "Mis ojos han visto a tu Salvador"

    Cuando llegó el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones».
    Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el Consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu Santo, fue al templo.
    Cuando entraban con el Niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
    - Ahora, Señor, según tu promesa,
    puedes dejar a tu siervo irse en paz;
    porque mis ojos han visto a tu Salvador,
    a quien has presentado ante todos los pueblos:
    luz para alumbrar a las naciones,
    y gloria de tu pueblo, Israel.
    José y María, la madre de Jesús, estaban admirados por lo que se decía del niño.
    Simeón los bendijo diciendo a María, su madre:
    - Mira: éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti una espada te traspasará el alma.
    Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana: de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel.
    Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

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