3º Semana de Adviento
19 de Diciembre de 2006
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Santoral


Lecturas de la liturgia
  • Primera Lectura: Jueces 13, 2-7. 24-25a
    "El nacimiento de Sansón es anunciado por un ángel"

    En aquellos días, había un hombre de Sorá, de la tribu de Dan, llamado Manoj. Su mujer era estéril y no le había dado hijos.

    El ángel del Señor se apareció a la mujer y le dijo:
    «Tú eres estéril y no has tenido hijos, pero concebirás y darás a luz un hijo; procura no beber vino ni bebidas alcohólicas, ni comas nada impuro, porque vas a concebir y darás a luz un hijo. No pasará la navaja su cabeza, porque el niño estará consagrado a Dios desde el vientre de su madre. El empezará a salvar a Israel del poder de los filisteos».

    La mujer fue a su casa y dijo a su marido:
    «Ha venido a verme un hombre de Dios; su aspecto era terrible, como el de un ángel de Dios. No le he preguntado de dónde venía, ni él me ha dicho su nombre. Pero me dijo:
    «Vas a concebir y darás a luz un hijo. No bebas vino ni bebidas alcohólicas, ni comas nada impuro, porque el niño estará consagrado a Dios desde el vientre de su madre hasta el día de su muerte».

    La mujer dio a luz un hijo y le puso el nombre de Sansón. El niño creció y el Señor lo bendecía. El espíritu del Señor comenzó a actuar en él en el campamento de Dan.

  • Salmo Responsorial: 70
    "Que mi boca, Señor, no deje de alabarte"

    Sé para mí una roca de refugio, una fortaleza donde me salve, pues tú eres mi roca y mi fortaleza. Dios mío, rescátame de las manos del malvado.
    Que mi boca, Señor, no deje de alabarte.

    Porque tú eres mi esperanza, Señor, en ti confío, Señor, desde mi juventud. En ti me apoyaba antes de nacer, tú eres mi protector desde las entrañas de mi madre.
    Que mi boca, Señor, no deje de alabarte.

    Vendré a celebrar las hazañas del Señor, y recordaré que sólo tú puedes salvar. Desde mi juventud, Dios mío, me has instruido, y yo he proclamado tus maravillas hasta hoy.
    Que mi boca, Señor, no deje de alabarte.

  • Evangelio: Lucas 1, 5-25
    "El nacimiento de Juan es anunciado por un ángel"

    En tiempos de Herodes, rey de Judea, hubo un sacerdote, llamado Zacarías, del grupo sacerdotal de Abías, casado con una mujer de la descendencia de Aarón, llamada Isabel.

    Ambos eran irreprochables ante Dios y seguían escrupulosamente todos los mandamientos y preceptos del Señor. Pero no tenían hijos, porque Isabel era estéril y los dos eran ya de edad avanzada.

    Estaba un día Zacarías ejerciendo el servicio sacerdotal, tal como le correspondía por turno a su grupo. Según el rito sacerdotal, le tocó en suerte entrar en el santuario del Señor a ofrecer el incienso. Todo el pueblo estaba orando fuera mientras se ofrecía el incienso. Y el ángel del Señor se le apareció, de pie, a la derecha del altar del incienso. Al verlo, Zacarías se asustó y tuvo miedo. Pero el ángel le dijo:
    «No temas, Zacarías, tu petición ha sido escuchada. Isabel, tu mujer, te dará un hijo al que pondrás por nombre Juan. Te llenarás de gozo y alegría, y muchos se alegrarán de su nacimiento, porque será grande a los ojos del Señor. No beberá vino ni licor, quedará lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre y convertirá a muchos israelitas al Señor, su Dios. Será el precursor del Señor, con el espíritu y poder de Elías, para reconciliar a los padres con sus hijos, para inculcar a los rebeldes la sabiduría de los justos, y para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto».

    Zacarías dijo al ángel:
    «¿Cómo sabré que así sucederá? Porque yo soy viejo y mi mujer avanzada en años».

    El ángel le contestó:
    «Yo soy Gabriel, que estoy en la presencia de Dios, y he sido enviado para hablarte y darte esta buena noticia. Pero tú te quedarás mudo y no podrás hablar hasta que tengan lugar estas cosas, por no haber creído en mis palabras, que se cumplirán a su tiempo».

    El pueblo, entre tanto, estaba esperando a Zacarías y se extrañaba de que tardara tanto en salir del santuario. Cuando salió no podía hablarles, y comprendieron que había tenido una visión en el santuario. El les hacía señas, porque se había quedado mudo.

    Cumplidos los días de su ministerio litúrgico, regresó a casa. Algún tiempo después concibió su mujer Isabel, que no salió de casa durante cinco meses.Y decía:
    «Al hacer esto conmigo, el Señor me libró del desprecio de la gente».

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