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Mensaje de Su Santidad Juan Pablo II a los participantes en un Simposio sobre la Encíclica "Veritatis Splendor" Al venerado hermano 1. Me ha complacido saber que esa Congregación ha organizado un simposio sobre "la antropología de la teología moral según la encíclica Veritatis splendor". Diez años después de su publicación, el valor doctrinal de la encíclica Veritatis splendor resulta más actual que nunca. En efecto, es luminoso el destino de los que, llamados a la salvación mediante la fe en Jesucristo, "luz verdadera que ilumina a todo hombre" (Jn 1, 9), acogen y viven la verdad que él comunica o, más exactamente, la verdad que él es, convirtiéndose también ellos en "sal de la tierra" y "luz del mundo" (cf. Mt 5, 13. 14). El misterio de la encarnación del Hijo de Dios, "centro del cosmos y de la historia" (Redemptor hominis, 1), constituye el verdadero horizonte del ser y del actuar del hombre. Jesucristo no sólo da una respuesta sabia a los interrogantes religiosos y morales de la humanidad, sino que él en persona se presenta como respuesta decisiva, porque en su misterio de Verbo encarnado encuentra verdadera luz el misterio de la persona humana (cf. Gaudium et spes, 22). A semejanza del joven del evangelio (cf. Mt 19, 16), también el hombre del tercer milenio se dirige a Jesús, Maestro bueno, para obtener de él la luz de la verdad sobre lo que es bien y sobre lo que es mal. 2. Recomenzar desde Cristo, contemplar su rostro y perseverar en su seguimiento: estas son las enseñanzas que la Veritatis splendor sigue proponiéndonos. Más allá de todos los cambios culturales efímeros, hay realidades esenciales que no cambian, sino que encuentran su fundamento último en Cristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre: "Él es el "Principio" que, habiendo asumido la naturaleza humana, la ilumina definitivamente en sus elementos constitutivos y en su dinamismo de caridad hacia Dios y el prójimo" (n. 53). Por tanto, la referencia fontal de la moral cristiana no es la cultura del hombre, sino el proyecto de Dios en la creación y en la redención. En efecto, en el misterio pascual y en el misterio de nuestra adopción filial se manifiesta en todo su esplendor la dignidad originaria de la humanidad. 3. Ciertamente, hoy resulta cada vez más arduo para los pastores de la Iglesia, para los estudiosos y para los maestros de moral cristiana acompañar a los fieles en la formulación de juicios conformes a la verdad, en un clima de contestación de la verdad salvífica y de relativismo generalizado ante la ley moral. Por consiguiente, exhorto a todos los participantes en el simposio a profundizar en el vínculo esencial que existe entre la verdad, el bien y la libertad. Esta relación, además de en la naturaleza del ser humano, tiene su fundamento ontológico en la Encarnación, y se encuentra renovada e iluminada en el acontecimiento histórico-salvífico de la cruz de nuestro Redentor. Por tanto, el secreto formativo de la Iglesia está en tener la mirada fija en Cristo crucificado y en anunciar su sacrificio redentor: "La contemplación de Jesús crucificado es el camino real por el que la Iglesia debe avanzar cada día si quiere comprender el pleno significado de la libertad: el don de uno mismo en el servicio a Dios y a los hermanos. La comunión con el Señor crucificado y resucitado es la fuente inagotable de la que la Iglesia se alimenta incesantemente para vivir en la libertad, darse y servir" (ib., 87). La verdad de la moral cristiana, confirmada por la cruz de Jesús, en el Espíritu Santo se ha convertido en la ley nueva del pueblo de Dios. Por eso, la respuesta que da a la pregunta del hombre contemporáneo sobre la felicidad tiene la fuerza y la sabiduría de Cristo crucificado, Verdad que se entrega por amor. 4. En conclusión, a todos los que participáis en ese importante simposio deseo expresaros mi agradecimiento y un deseo. Mi agradecimiento va, ante todo, a vosotros por la colaboración fiel y leal que prestáis al magisterio de la Iglesia con vuestro trabajo de investigación y profundización de la doctrina católica en el campo moral. Esta obediencia a la verdad es el mejor camino para su comprensión y explicitación. Mi deseo es que el trabajo llevado a cabo en ese simposio, vuestras reflexiones y vuestras sabias intuiciones iluminen cada vez más a los pastores y a todos los fieles, para mantener en la Iglesia la communio caritatis que se funda en la communio veritatis. A todos, mi bendición. Castelgandolfo, 24 de septiembre de 2003 |
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